Otros indicadores de las transformaciones de nuestra sociedad

Por EQUIPO AICTS / 22 de julio de 2024

20 de junio de 2024. El Confidencial publica un extenso reportaje con el título "Viaje a la España que vive de cuidar a los mayores: 'somos la mayor empresa de la zona'". Firmado por Guillermo Cid y Ana Ruiz, el mismo se centra en aquellos territorios, ciudades y localidades, incluso comarcas, en las que las principales empleadoras privadas son las empresas dedicadas a la atención a las personas mayores, tanto en residencias como en centros de día, así como el conjunto de actividades auxiliares. El principal ejemplo que ilustra el reportaje es la localidad soriana de Arcos de Jalón, que cuenta con poco más de 1.500 habitantes en una de las zonas más despobladas del país. Pero, también aparecen otros en los que se muestra cómo surgen empresas, pequeñas y medianas, que se dedican a estos servicios, convirtiéndose en uno de los pilares básicos de las comunidades, tanto en el mantenimiento del empleo como de la población. Es precisamente el hecho de que no pocas personas mayores estén dejando también sus municipios de origen, para irse a vivir cerca de sus hijos e hijas, o de más servicios, lo que pone precisamente en riesgo estas actividades y empresas, indicándose igualmente que el hecho de que se cierre una residencia de personas mayores implica un punto de inflexión para localidades y comarcas. Finalmente, y como un elemento determinante, es un sector en el que mayoritariamente están empleadas mujeres, como es conocido, lo que también tiene su influencia en la permanencia en el medio rural y en las localidades medias y pequeñas.

Como hemos indicado, el escenario descrito por el interesante y amplio reportaje de El Confidencial nos muestra una serie de transformaciones de nuestras sociedades, y en las que se encuentran interrelacionadas las variables de empleo y de territorio. Es un hecho contrastado que los cuidados se han convertido desde hace más de dos décadas en uno de los pilares básicos en la creación de puestos de trabajo desde los Servicios Sociales. En este sentido, el envejecimiento de la población y los avances que se han producido en la atención a estos colectivos, junto a la dependencia, han sido claves para la puesta en valor de los mismos. Cada vez son más necesarios estos servicios ya que la población usuaria no va dejar de crecer, debido a la evolución de la estructura demográfica. La variable territorial también es determinante ya que, como se puede comprobar en las últimas décadas, el envejecimiento de la población también es diferente en función del territorio. Por un lado, en el heterogéneo medio rural, no hay que olvidar que buena parte del mismo cuenta con municipios con una pirámide de población invertida, compuesta por personas mayores. Este hecho no se observa con esa crudeza en otro tipo de localidades y municipios, incluso territorios, pero no son pocas las pequeñas y medianas ciudades, así como comarcas y provincias enteras, en las que la población mayor de 65 años puede superar el 30% de la población. Y es una tendencia constante  que no para. Ojo, con esto no queremos decir que el envejecimiento de la población no es positivo, al contrario, el hecho de que cada vez más personas lleguen a edades más avanzadas, y lo hagan en buenas condiciones de vida, es un indicador de la calidad y nivel de vida. Pero, por el otro lado, nos encontramos con natalidades muy reducidas y crecimientos vegetativos negativos, compensándose con la llegada de población inmigrante, lo que ha dado lugar al crecimiento de la población.

Los ejemplos recogidos en el reportaje de El Confidencial son un indicador de una realidad, con casos de éxito que, lamentablemente, tampoco son la mayoría. De hecho, una de las cuestiones más relevantes de este proceso es cómo se presta un servicio para el que, en no pocos casos, pueden faltar trabajadores y trabajadoras, recordemos que es un sector predominante femenino, que no residen en las localidades en las que se presta el servicio y que, por lo tanto, dependen de la movilidad. Esta es una cuestión central ya que supone generar oportunidades en unos territorios y localidades a través de un servicio pero, como ocurre en otros tantos casos, trabajadores y trabajadoras no están allí arraigadas. Esto no es una crítica ni un juicio, es una realidad y es una de las grandes paradojas a las que se enfrentan las políticas territoriales y de lucha contra la despoblación. En algunas de las investigaciones y trabajos en los que participamos integrantes de AICTS, lo hemos constatado de primera mano. Además, como se ha señalado anteriormente, no es menos cierto que en no pocas ocasiones esas personas mayores, considerando que lo mejor es que permanezcan en su entorno cercano, no pueden hacerlo, por lo que la demanda de estos servicios en estas localidades y zonas se vería reducida. 

Por lo tanto, un reportaje interesante e ilustrativo de casos de éxito de generación de empleo y actividades en el medio rural y similares a través de la prestación de servicios a personas mayores. Un escenario que muestra las transformaciones sociales, territoriales y económicas, pero que también encierra no pocas paradojas y debates sobre cómo abordar estos procesos. Incidir en unos servicios de calidad, con unos empleos con buenas condiciones, y garantizar la permanencia de las personas mayores en sus entornos, siempre que sea posible, debe ir de la mano. 




















































 

 

 


 



 

 
















No se llega

Por EQUIPO AICTS / 15 de julio de 2024

Llevamos más de una década y media, camino de dos, analizando la evolución de la estructura social y cómo la misma ha virado en este periodo. Hay decenas, centeneres, de estudios, diagnósticos, análisis de todo tipo. Hay factores y variables que siguen determinando las desigualdades, hay otras que son nuevas. Los cambios han sido constantes y acelerados. En este periodo, hemos vivido la crisis sistémica de 2008, con la confirmación del cambio del paradigma y la evolución del capitalismo neoliberal de la Globalización apoyado en las TIC. Fue un gran crack, de dimensiones muy profundas. Se barrió con la perspectiva de futuro, con el concepto de mejora, con ciertos resortes del Estado de Bienestar (no todos), y las clases medias regresaron a la casilla de salida en parte. Los colectivos situados en los lugares más precarios, en situaciones de exclusión social, perdieron también la dimensión aspiracional. La clase media iba a quedar mucho más lejos, a la vez que se redefinía. El papel del nivel de estudios en los procesos de movilidad social iba a cambiar también. La meritocracia había existido en un contexto muy determinado, pero ahora ya no iba a darse. El origen socioeconómico, los diversos capitales en términos de Bourdieu, iban a ser más concluyentes. Sin embargo, el sistema no se vio cuestionado, todos estos colectivos y clases se irían adaptando a una nueva realidad, que iba cambiando a gran velocidad. La recuperación fue macroeconómica, las grandes empresas, mientras que en el día a día, cotidianamente, los efectos se daban de forma ralentizada. Se comenzó a vivir al día. Luego, llegó el Covid-19, la pandemia y el temor a que una crisis de esas dimensiones pudiese llevarse por delante los restos de un sistema que se va debilitando. La respuesta a esta crisis fue distinta, la ortodoxia económica no se impuso y se generaron medidas para afrontar el difícil escenario. Sin embargo, fue un parche. En 2022, la guerra de Ucrania, el aumento de los precios de los combustibles, el incremento del nivel de vida, la situación de los intereses bancarios, la inestabilidad geopolítica... Dos años de una especie de tormenta perfecta que ha ido socavando todavía más a las clases trabajadoras y medias. Casi dos décadas después de la crisis de 2008, y con todo lo que estamos viviendo, tampoco han cambiado las estructuras económicas y productivas. Al contrario, se han intensificado las tendencias anteriores, las de la división internacional del trabajo marcada en buena medida por las deslocalizaciones y la pérdida de músculo industrial de las sociedades occidentales. El empleo se ha precarizado y, con las condiciones actuales y la combinación del incremento de los costes de la vida, no se llega. Y cada vez es más evidente. Y, cuando se hace, es a través del endeudamiento en no pocas ocasiones.

Dos indicadores recientes nos muestran esta cruda realidad, ambos publicados en sendos artículos de El País. El primero de ellos, el pasado 10 de julio, indica que la riqueza mundial ha crecido pero, esta situación, no se produce en España. Además, según el estudio de USB del que se extraen estos datos, desde 2008, en nuestro país la desigualdad ha aumentado un 20%. Toda una muestra del escenario descrito en el párrafo anterior. España es uno de esos países que, en el contexto actual y con la evolución del sistema económico, se encuentra en una posición de mayor debilidad por las condiciones de su estructura productiva. Durante estas décadas, hemos escuchado en tantas ocasiones que hay que cambiar el modelo productivo, primero para no depender de la construcción (recordemos la "burbuja inmobiliaria") y del turismo y, luego, para adaptarnos a la economía verde, a la digitalización, la sostenibilidad, etc. No vamos por ese camino y, al contrario, como hemos indicado anteriormente, hemos intensificado el modelo con el turismo desbocado. La desigualdad sigue incrementándose y no parece que vaya a ir a menos. La riqueza ha crecido, pero se concentra cada vez en menos manos, otro signo de nuestros tiempos que, en no pocas cuestiones, implican un retroceso.

En otro indicador, indisoluble del anterior, se recogía unas semanas antes. Partiendo de los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la Plataforma de Infancia mostraba cómo el 37,1% de los adolescentes españoles están en riesgo de exclusión social y que 900.000 no tienen cubiertas sus necesidades del día a día. Con importantes diferencias territoriales, especialmente entre regiones del norte y el sur, nos encontramos con una serie de colectivos, infancia y adolescentes que, al depender de sus hogares, están en una situación de vulnerabilidad. Sin duda alguna, es uno de los indicadores más alarmantes de los que nos podemos encontrar al analizar estos escenarios. Existen no pocos hogares en los que los progenitores o bien están en desempleo, o bien cuentan con trabajos inestables, temporales, precarios, etc. Este hecho, impacta no solo en padres y madres, obviamente, sino también en sus descendientes. Y, como en todo, se produce un "efecto Mateo", unas condiciones de partida más precarias que, en no pocos casos, se van reproduciendo, aunque no tienen porque. Aquí entran en juego las políticas públicas, redistributivas y equitativas. Pero, estas poco pueden hacer frente a unas condiciones estructurales que se imponen.

Por lo tanto, las desigualdades van en aumento y muchas familias, hogares, personas, no llegan a fin de mes, pueden no cubrir necesidades básicas, no afrontan gastos imprevistos, o no pueden permitirse irse de vacaciones al menos una semana. Esta es una realidad que se impone. Sí, ciertamente, nuestros datos macroeconómicos van mejorando, se saca pecho de ellos, y vemos cómo bares, restaurantes y hoteles están llenos, el turismo nos pone delante del espejo una imagen que no es real ya que, por un lado, no son pocas las personas que, legítimamente, han decidido "vivir el momento" y, por otra, las condiciones laborales en parte del sector son las que son. Por lo tanto, mientras que no abordemos determinados cambios estructurales, y el contexto actual no los favorece, el escenario va a ir a peor. Se lleva mucho tiempo lanzando alertas...





















































 

 

 


 



 

 
















El impacto del barrio de residencia

Por EQUIPO AICTS / 08 de julio de 2024

No dejamos en el Blog de AICTS las cuestiones vinculadas a la vivienda y, especialmente, los lugares de residencia. Específicamente, cómo se articula la segregación espacial y su impacto en la calidad de vida y sus condiciones. Obviamente, no es una novedad, ni mucho menos. Pero, las investigaciones siguen mostrándonos cómo estas desigualdades siguen presentes y se incrementan incluso. Recientemente, un estudio en la ciudad de Sevilla, a cargo de la Oficina de Cooperación de la Universidad de Sevilla, que cuenta con algunos de los barrios con menor nivel de renta del país, ha mostrado cómo los residentes en estos pueden llegar a contar con una esperanza de vida de hasta nueve años menos que los que viven en los barrios ricos. Son diferentes variables las que incidirían en esta importante diferencia en la esperanza de vida, centradas todas ellas en las condiciones de vida, y vinculadas al acceso al mercado de trabajo, la situación de las propias viviendas, los niveles de estrés, estilos de vida, etc. En Ethic, otro reportaje remarcaba que esas diferencias entre barrios ricos y pobres, en este caso en la ciudad de Madrid, donde también se incidía en cuestiones como los desplazamientos diarios de los barrios periféricos a los centros de las ciudades para ir a trabajar, especialmente en el caso de trabajadores y trabajadoras vinculadas al sector servicios no cualificado. 

Como decíamos, nada nuevo que no se haya reflejado a lo largo de décadas en otros estudios. Se podrá decir que, obviamente y menos mal, nos podríamos retrotaer a otras épocas donde se daban situaciones de vulnerabilidad residencial muy explícitos. Incluso, hasta no hace mucho tiempo, relativamente, eran frecuentes poblados chabolistas no muy alejados de los centros de las grandes ciudades. También se pueden recordar, y no es algo muy lejano, lo ocurrido en los barrios que iban absorviendo la población que procedía de la España rural y de otras ciudades a trabajar a las grandes ciudades, como Madrid y Barcelona, especialmente, pero que también se daba en el Gran Bilbao, Sevilla, Valencia, Zaragoza, etc. En no pocas ocasiones, fueron barrios que fueron surgiendo para ir acomodando a estos colectivos, que contaban con importantes carencias de servicios, incluso básicos, pero también educativos y sanitarios. En este sentido, fue clave el movimiento vecinal que, desde la década de los sesenta hasta prácticamente el comienzo de los ochenta del siglo XX. Tampoco deben olvidarse las soluciones dadas a todo este proceso, a través de barrios que configuraron el mapa de las ciudades y que, en no pocos casos, contaban con viviendas pequeñas y escasa calidad. La morfología de nuestras ciudades está compuesta en buena parte por esta clase de barrios que, a partir del siglo XXI, también han sido lugar de residencia de una buena parte de la población de origen extranjero, que encontró en los mismos viviendas a precios asequibles. Recordemos, como hemos hecho en otros casos, que una parte de los hijos e hijas de esos barrios se desplazaron a otros barrios nuevos, en ocasiones periféricos, como un signo de movilidad social. 

Recapitulando, y volviendo a los indicadores tradicionales, acceso al mercado de trabajo y condiciones de las viviendas, siguen teniendo una elevada influencia en las trayectorias vitales. Son barrios que, cada vez en mayor medida, albergan a esos trabajadores y trabajadoras de sectores no cualificados que cuentan con salarios bajos. Además, y como hemos señalado anteriormente, no son pocos los casos, casi podríamos decir que son mayoría, los que tienen que realizar desplazamientos para acceder a sus puestos de trabajo, por encima incluso de una hora. Son cuestiones que inciden en la calidad de vida. De la misma forma, el estado de las viviendas es determinante, y puede tenerse en cuenta el hecho de contar con una vivienda que pueda tener una calefacción adecuada en invierno o que pueda afrontar las cada vez más frecuentes olas de calor en verano. Viviendas que, por otra parte, y debido al nivel económico de sus residentes, también cuentan con dificultades para su rehabilitación y adaptación. De la misma forma, también se hacía referencia a estilos de vida, pero habría que ver si estos no están marcados precisamente por las condiciones estructurales que marcan a esos barrios. 

Finalmente, no debemos olvidar otro aspecto clave, como bien se apunta en el estudio referido a Madrid, como es el desconocimiento entre los propios barrios y realidades que las conforman. Para muchas personas de barrios de nivel medio - alto y alto, los otros barrios, y sus habitantes, no existen. Como ocurre en tantas otras cuestiones, no se tiene en consideración a los otros. Y, cuando se hace, en no pocas ocasiones se realiza desde una mirada paternalista. 





















































 

 

 


 



 

 
















Vivir en cualquier parte

Por EQUIPO AICTS / 01 de julio de 2024

Dentro de los imaginarios colectivos en los que nos desenvolvemos, hay cuestiones que nos quedaban muy lejanas pero que han llegado hasta aquí, y de forma acelerada. Las películas y series norteamericanas han sido prolijas en la visibilización de fenómenos vinculados a las viviendas en caravanas, los famosos parques que jalonan no pocas vías de ese país, o las situaciones vinculadas a una elevada exclusión social, como los campamentos de tiendas de campaña o los vehículos como lugares de residencia. Este fenómeno no es inhabitual en una sociedad como la norteamericana, donde la desigualdad social es muy elevada y existen colectivos que, a pesar de contar con trabajo, o trabajos, no pueden acceder a una vivienda digna. Son grupos sociales que, en no pocas ocasiones, suelen retratarse desde la marginalidad y, en el peor de los casos, con estereotipos vinculados al "red neck" y demás. No es el caso de la excelente película Nomadland que, en 2020, fue estrenada con la dirección de Chloé Zaho y protagonizada por Frances McDormand. La película se basada en el libro Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century de Jessica Bruder, que en España fue publicado por Capitán Swing. La obra muestra, generalmente, la situación de precariedad de estos colectivos, incluso de personas que han perdido su vivienda debido a haber dejado de contar con empleo. El libro y la película muestran cómo estas personas tienen que buscar lugares donde aparcar sus vehículos, hecho que no siempre es posible. En definitiva, un retrato descarnado de una situación que va a más.

En el caso español, situaciones como la descrita estaban centrados en colectivos muy marginales, por ejemplo trabajadores y trabajadoras temporeros, así como grupos muy vulnerables. Campamentos construidos con cualquier material eran más habituales en el pasado, pero siguen dándose en casos como estos trabajadores en lugares como Huelva y Almería, especialmente. También hay situaciones de infravivienda en estos grupos, alojándose en naves donde no cuentan con las mínimas condiciones de habitabilidad. A pesar de los esfuerzos que se han realizado en las dos últimas décadas y, como hemos señalado, no es una situación erradicada.

En los últimos años, el proceso vuelve a acelerarse con otro fenómeno del que los medios de comunicación se han ido haciendo eco. El incremento de los precios de las viviendas, tanto en alquiler como en compra en propiedad, debido a la evolución de la demanda y a la presión de la turistificación en determinadas zonas, ha dado lugar a situaciones complicadas en estos lugares en los que, a pesar de contar con empleos cualificados, por ejemplo funcionarios, no se puede acceder a una vivienda. El País publicó el pasado 23 de junio de 2024 el artículo "El infierno de vivir en Ibiza: trabajadores en caravanas y habitaciones a 1.000 euros", firmado por Antonio Jiménez Barca, en el que se reflejaba la situación en Ibiza, uno de los destinos turísticos que sufre más la presión de la vivienda. Las escenas son muy impactantes y el escenario que se perfila no es nada favorable. Seguramente, a este ritmo, se reproducirá en otros lugares. Además, no olvidemos que el incremento de los precios de las viviendas y la turistificación ha expulsado del centro de las ciudades a sus habitantes que van saliendo de los barrios centrales a los periféricos. Es un proceso que viene dándose desde hace años pero que, en la actualidad, se ha extendido de las grandes metrópolis a casi cualquier tipo de ciudad y, especialmente, a las que han hecho del turismo una de sus razones de ser, y no son pocas las que han extendido esta apuesta.

La cuestión de la vivienda sigue en el centro del debate pero las soluciones no llegan. Las situaciones en las que el acceso a una vivienda, en propiedad o alquiler, determinan los proyectos de vida, se van incrementando en el sentido de las dificultades para su accesibilidad. En la actualidad, y en el caso español, los datos muestran cómo numerosas familias destinan más del 40% de sus ingresos para afrontar la compra o el alquiler de la vivienda. Situaciones como las que se dan en Ibiza no se deben considerar una excepción, aunque concurran varios factores específicos, ya que no parecen darse límites a la escalada de precios. 




















































 

 

 


 



 

 
















Estudiantes vulnerables y éxito escolar

Por EQUIPO AICTS / 24 de junio de 2024

No dejamos en AICTS el ámbito educativo. Si en la anterior entrada hacíamos referencia a los colectivos que estudian y trabajan, en este caso nos vamos a centrar en los colectivos que proceden de colectivos vulnerables y de ámbitos en situación de exclusión social, o en riesgo, y que consiguen avanzar en el sistema educativo. El artículo de Ignacio Zafra en El País el pasado 22 de junio, y con título "Estudiantes que han tenido éxito este curso venciendo a la adversidad: 'Son supervivientes'", nos presenta historias que nos llevan a chicos y chicas en situaciones muy complicadas y que han logrado sacar sus estudios adelante. Hace unos años, este fenómeno contó con una calificación que se ha venido utilizando desde entonces, "estudiantes resilientes", tomando en consideración un concepto como el de la resiliencia que, desde hace mucho, se viene empleando para todo. Eran estudiantes que, partiendo de unas condiciones socioeconómicas muy complejas, conseguían seguir con sus estudios e incluso llegar a la Universidad. De esta forma, chicos y chicas de clases sociales muy humildes, en situaciones de pobreza o exclusión social, inmigrantes y personas de otras culturas, situaciones personales complicadas, etc., se incluían en ese grupo. Pero, como hemos señalado, es la variable socioeconómica la que determina el proceso.

La clase social importa, vaya si lo hace, y especialmente se ha dejado notar en mayor medida en las últimas décadas en el sistema educativo. Como hemos señalado en otras entradas, la universalidad de la Educación y la llegada de las clases trabajadoras, medias aspiracionales y medias a los estudios superiores puede considerarse uno de los grandes logros de sociedades como las nuestras, especialmente las vinculadas al Estado del Bienestar y a la cohesión social. El camino no fue fácil y se mantenían barreras que eran difíciles de superar. Había, por ejemplo, una clara vinculación de ciertos estudios, los de Formación Profesional, con las clases más populares. El fracaso y abandono escolar también era mayor en estas. Por el otro lado, la gratuidad de los estudios obligatorios y las ayudas y becas para acceder a la Universidad, junto con los esfuerzos familiares y de los propios implicados, hicieron que importantes colectivos llegasen a la Universidad, como decíamos anteriormente, siendo los primeros de sus familias en la mayor parte de los casos. La Educación, por lo tanto, se convertía en la herramienta que manejaba el ascensor social, y se veía ese acceso a estudios superiores como un paso determinante para la movilidad de clase. La evolución de los sistemas educativos hacia modelos comprensivos, basados en la inclusión, fue un paso más en este proceso. 

Sin embargo, la crisis de 2008 puso de manifiesto que el ascensor social se había roto y que la Educación no iba a ser el mecanismo para permitirla. De hecho, aunque se produjesen avances en la inclusión, el origen socioeconómico iba a marcar en mayor medida el avance en el sistema educativo. También pasaba antes, no podemos ser ingenuos, pero se daban situaciones como un descenso de los presupuestos y la inversión educativa en los años de la crisis, recuperada años después, así como las evidencias de escenarios de desigualdad como la concentración de determinados colectivos, especialmente los más vulnerables, en determinados centros educativos, de difícil desempeño, condicionados por el lugar de residencia. Nada nuevo tampoco. Igualmente, en estos años también surgieron discursos que cuestionaban el concepto de meritocracia. De nuevo, no hay que ser ingenuos. La meritocracia, el pensar que todo depende del esfuerzo de uno, no existía, o no lo hacía de forma pura, pero también se lanzaban mensajes sobre el hecho de que todas las cartas estaban marcadas y que, en definitiva, los destinos estarían definidos. En algunas de las investigaciones realizadas por integrantes de AICTS sobre estas cuestiones, no hemos encontrado personas que creyesen a pies juntillas en la meritocracia, mostrando que conocían el impacto del origen socioeconómico y que no podrían acceder a algunas recursos o acciones (tipo de extraescolares, posibilidad de apoyar en los estudios, estudios universitarios, cambiar de ciudad para estudiar, etc.) que otros colectivos sí podían hacer, debido precisamente a ese origen socioeconómico. Igualmente, también se incidía en que la escuela no estaba pensada para ciertos colectivos, identificando la institución escolar con la Burguesía, inicialmente, y con las clases medias posteriormente. Este hecho se ha dado pero, de nuevo, no encontramos apenas colectivos que respondan a esta situación. 

Los estudiantes denominados resilientes, que superan esas posiciones de partida, no son tampoco una novedad, han existido siempre. Ciertamente, habría que analizar qué hace que una persona sea resiliente, no creemos que alguien nazca resiliente. En algunas de las investigaciones comentadas, observamos cómo estos colectivos habían contado con un fuerte apoyo familiar, en el sentido de dar valor a la Educación, así como que se daba en mayor medida en el caso de las chicas que los chicos. Eran también personas que habían adquirido responsabilidades desde muy jóvenes, como por ejemplo cuidar a hermanos pequeños o realizar tareas de la casa. Además, junto a las acciones individuales y familiares, también señalaban el valor otorgado al propio sistema educativo, a las ayudas que habían recibido desde el mismo, así como al papel de determinados docentes, que les habían apoyado e impulsado. No, no se negaban situaciones negativas, al contrario, pero la visión sobre la Educación era positiva, aunque reconocían que, a medida que avanzaban en el sistema educativo, el origen socioeconómico se hacía más manifiesto. En definitiva, una mirada hacia colectivos que consiguen avanzar en la Educación a pesar de su procedencia social, lo que también demuestra que hay cosas que funcionan, sin negar las que no. 


















































 

 

 


 



 

 
















Estudiar y trabajar

Por EQUIPO AICTS / 17 de junio de 2024

Hay cuestiones que parecen remitir a otros tiempos pero que, aunque no lo parezca, son muy actuales. Y más en los tiempos que corren. No suelen salir en los medios de comunicación pero, de vez en cuando, artículos y reportajes se hacen eco. Un ejemplo de ello es "Cada vez más jóvenes estudian y trabajan, pero van a petar: 'Si no hago nada, creo que no sirvo'", que firmaba en El Confidencial Héctor García Barnés el pasado 1 de junio de 2024. El artículo de García Barnés señalaba que más de un tercio de los jóvenes españoles menores de 30 años compatibilizan trabajo y estudios. En el mismo, además de los análisis de diferentes sociólogos, se presentan algunos testimonios de jóvenes que están en esa situación, destacando el esfuerzo cada vez mayor que tienen que realizar, especialmente en entornos más competitivos como en los que nos encontramos.

Estudiar y trabajar a la vez nos remite a otras épocas, en cierto sentido, y era uno de esos procesos que casi se veían como superados. Lo que ocurría no es que hubiese pasado ese hecho, sino que no se hablaba de ello. Las generaciones anteriores, aquellas que venían de las clases trabajadoras y agrícolas, que eran clases medias aspiracionales, se encontraron con un acceso a los niveles de estudios superiores que no habían tenido sus padres. Como hemos señalado en otras ocasiones, estudiar en la Universidad era algo reservado, mayoritariamente, a las clases medias - altas y altas. No obstante, no eran pocas las personas que no llegaban a estos estudios. Y, parte de los que lo hacían, además de contar con becas en no pocos casos, también lo compatibilizaban con trabajos. Estos solían darsel, especialmente, en épocas estivales, o incluso los fines de semana. Eran empleos en la hostelería, la restauración o en campañas del sector primario, también en trabajos temporales en la industria. Trabajos en los que se podía ganar un dinero que se reservaba para los meses de estudio, especialmente si se hacía fuera de su ciudad y región de origen. En general, los salarios no eran bajos, y había oportunidades laborales en estos sectores. Posteriormente, tras la década de los noventa del siglo XX, se observaba cómo este fenómeno no era tan frecuente, especialmente en ámbitos como la hostelería y la restauración, pero también en el sector primario, mientras que en el secundario desaparecían esos empleos. No cabe duda de que, igualmente, había ocupaciones caracterizadas por su dureza que no contaban con una elevada demanda por parte de la población autóctona. Tampoco se daban las necesidades de épocas pasadas. Por otra parte, la mirada sobre los jóvenes se centraba en aquellos años en el fenómeno ni-ni, ni estudian ni trabajan, aunque no era ni mucho menos el grupo más amplio de la juventud. Pero, se categorizaba a buena parte de la misma de esta forma. 

La crisis de 2008 supuso un gran punto de inflexión, altamente ya referido. En el caso de la Educación, y del acceso a los estudios superiores, supuso un mayor impacto para la influencia del origen social. Si la cualificación había sido el pasaporte de la movilidad y del ascensor social, desde entonces se constató su ruptura. Se sabía que estaba trucado y que la meritocracia no existía, pero no cabe duda de que la transformación de nuestras sociedades se había debido, en buena medida, por este proceso. En este nuevo contexto, jóvenes procedentes de las clases trabajadoras y medias iban a tenerlo más complicado. En algunas de las investigaciones que se han llevado a cabo desde integrantes de AICTS, se ha constatado cómo era en la Universidad cuando los estudiantes eran más conscientes de las desigualdades sociales y del impacto de su origen. De esta forma, y como bien refleja el reportaje de García Barnés, cada vez más estudiantes tienen que trabajar para poder llevar a cabo sus estudios. Pero, no solamente eso, sino que la trayectoria formativa no acaba con un Grado universitario. Al contrario, Máster y Doctorado se han incorporado a la misma de forma ya claramente institucionalizada. Y no solo un máster, incluso varios. Este hecho supone un esfuerzo inmenso para no pocas personas. Trabajar y estudiar a la vez no es una opción sino una necesidad. Y la presión, crece. Además, habría que añadir en este proceso a los jóvenes en Formación Profesional, tanto en Grado Medio como Superior, parte de los cuales también llegan a la Universidad a través de las diferentes pasarales previstas para ello. Y no son pocos los que también trabajan y estudian a la vez.

En definitiva, un escenario que nos muestra una vez más los cambios que se han producido en la estructura social y cómo impacta en las desigualdades. En el caso de la Educación, seguimos manteniendo nuestra creencia en su valor, y los datos no lo desmienten: el riesgo de caer en el riesgo de exclusión social es mayor a menor nivel de estudios. Se cuestiona la importancia de contar con un determinado nivel de estudios, especialmente universitario, incluso no son pocos los discursos, interesados, que inciden en que hay muchos titulados y demasiada oferta formativa. No es cierto. El problema es de nuestra estructura productiva. Mientras tanto, debería apoyarse el hecho de que todas las personas que quieran estudiar, puedan hacerlo, con independencia de su origen social. Hay esfuerzos enormes, especialmente si tienes que desplazarte de ciudad, y más si es una gran ciudad como Madrid o Barcelona, con el incremento del coste de la vida y de los precios de la vivienda. Las becas y ayudas al estudio no cubren todos estos gastos. Por lo tanto, la presión aumenta, como bien señala el interesante y necesario artículo de García Barnés. 



















































 

 

 


 



 

 
















El aumento de las exigencias

Por EQUIPO AICTS / 10 de junio de 2024

Como en otras cuestiones, no es la primera vez que en el Blog de AICTS abordamos cuestiones relacionadas con el mundo del trabajo y sus transformaciones. De hecho, son frecuentes debido a las consecuencias que tiene en todos los ámbitos de la vida. Nuestras sociedades se articulan alrededor del trabajo, tanto como medio de vida como configurador de nuestras identidades, así como determinante de las posiciones en la estructura social. Es un hecho obvio e indiscutible y sobre el que se ha venido teorizando a lo largo de siglos. Podrán señalarse procesos como los denominados "la gran desconexión" y similares, personas que deciden elegir otra forma de vida dejando de lado trabajos cualificados y bien remunerados. Pero, esto es una excepción y no se puede hacer de la anécdota una categoría. Otra cuestión bien diferente es el hecho de que hay también personas que deciden no aceptar determinadas condiciones laborales, incluyendo las salariales, pero tampoco es la generalidad porque hay unas necesidades que cubrir. 

El mundo del trabajo se ha ido transformando en las dos últimas décadas como consecuencia de la evolución del capitalismo neoliberal de la Globalización. El trabajo fue perdiendo su posición, convirtiéndose de forma explícita en un factor más de producción, que ya lo era. De esta forma, parte del crecimiento económico se ha basado en el deterioro de las condiciones de trabajo. Una realidad que se va viendo continuamente. A la par que se reducen los empleos con buenas condiciones, aumentan los que se encuentran en situación precaria. Una dualización del mercado de trabajo que da lugar a que, de esta forma, el acceso a los primeros, cada vez más reducidos, depende en mayor medida de los orígenes socioeconómicos. Es un hecho que se observa claramente en trabajos cualificados. Si bien este proceso había operado de forma sutil, o indirecta, ahora ya es totalmente explícita.

A estos cambios en el mundo del trabajo se añade un factor fundamental como es el incremento de las exigencias y de las demandas a los trabajadores y trabajadoras. Seguramente no hay sector o empleo en el que no se esté dando este hecho, sean cualificados o no cualificados. Parece que estamos en una carrera sin freno que nos lleva, cada día, a tener un mayor rendimiento y productividad, aunque luego acusen a países y sectores de no serlo. Cada vez se va produciendo un incremento de las funciones, de tener que abordar más tareas. En cualquier conversación, estas cuestiones salen a relucir y muestran un creciente y profundo malestar en nuestras sociedades. Además, el incremento del coste de la vida, de los precios, de los intereses bancarios, etc., ha dado lugar a un escenario en el que se juntan estos dos polos. Se trabaja más y con mayor presión pero, a la vez, los rendimientos del empleo son cada vez menores. Esta precarización de la vida se está cebando con las clases trabajadoras y medias, que han visto cómo se han deteriorado sus condiciones de vida.

Sin duda alguna, el impacto de las tecnologías y de la digitalización ha sido fundamental para este escenario. Especialmente se puede apreciar en trabajos cualificados, donde la burocratización se ha incrementado de forma exponencial, apoyada en las TIC. Todo este escenario, como hemos comentando, lo ha descrito de forma clara la antrópologa e integrante del CSIC, Remedios Zafra, en sus obras. El País publicó hace unas semanas los resultados de un estudio en el que se indicaba que el 44% de los trabajadores se sentía estresado, teniendo su impacto en todos los ámbitos de la vida. Y, en este contexto, el impacto de las tecnologías es uno de los factores determinantes. Al mismo tiempo, The Conversation y Ethic también lanzaron el artículo de Francisco Trujillo Pons "Tecnoestrés, fatiga informática y el derecho a la desconexión digital en el ámbito laboral", mucho más explícito en ese sentido, ya que incidía en las consecuencias de la digitalización. Este hecho tuvo su punto de inflexión, como hemos visto en otros artículos, con la pandemia del Covid-19. En ese contexto, las tecnologías eran un medio necesario para llevar a cabo no pocas actividades. Sin duda alguna, la más destacada fue la impartición de la docencia en el ámbito educativo, por el cierre de las escuelas, institutos y universidades. Sin embargo, el cambio fue más allá y tras la pandemia, se produjo un escenario en el que se producía un retorno a la actividad física y presencial pero, a su vez, lo digital se mantuvo y se intensificó. Este hecho ha dado lugar a una sobrecarga y a una falta de desconexión laboral. Actividades, reuniones online, correos electrónicos continuos (a cualquier hora y en cualquier momento), procedimientos electrónicos (que ya son la gran mayoría), etc., son una realidad que agota a trabajadores y trabajadoras. Y todo ello unido a un aumento de la exigencia en los empleos.

En todo caso, el escenario en el que nos encontramos es global, son factores asociados a un mismo proceso que es el debilitamiento del trabajo dentro de un sistema que está generando numerosas desigualdades. Los cambios en el mundo del trabajo son un indicador de la transformación de nuestro mundo. Y este escenario va a peor. 



















































 

 

 


 



 

 
















Los cambios de las ciudades

Por EQUIPO AICTS / 03 de junio de 2024

Si en la entrada anterior del Blog señalábamos las transformaciones que se estaban produciendo en el sistema en el que nos encontramos, y que dicho proceso nos lleva a otro escenario, que todavía se está vislumbrando, en esta ocasión vamos a centrar esta cuestión en la evolución de las ciudades. Es una cuestión que está centrando un elevado número de análisis, tanto en publicaciones como en artículos de prensa, reportajes, etc. Es un hecho evidente que, las transformaciones del sistema que comentábamos en la entrada anterior, han dado lugar a una serie de cambios estructurales en las dinámicas urbanas, tanto desde un punto de vista de articulación como internos. Y si los primeros han contribuido a una nueva configuración territorial, los segundos comenzaron en las grandes ciudades y se han ampliado a no pocas medianas y pequeñas. De esta forma, las piezas en el tablero se han movido, dando lugar a un nuevo espacio. En este sentido, el periodista de El Confidencial Esteban Hernández, es uno de los principales referentes a la hora de analizar esta evolución y el 2 de junio publicaba un interesante y atinado artículo bajo el título "Taylor Swift, Florentino y Pola de Siero: la clave de la política contemporánea", en la que presentaba las tendencias globales y sus consecuencias en las ciudades y territorios, con la pugna entre dos visiones que no se definen claramente políticamente y que se agruparían entre las apuestas por el comercio y el turismo, con un enfoque global, frente a otro modelo compuesto por los resortes de sectores más tradicionales, lo que queda de la industria y de los comercios y hostelería más centrada en el barrio, y las clases trabajadoras, simplificando los dos modelos.

Que la Globalización ha sido protagonizada por las grandes ciudades o metrópolis globales es un hecho indiscutible. Este escenario ha dado lugar a unos desequilibrios territoriales, con una especie de "efecto Mateo territorial" que ya hemos comentado en otras ocasiones. Fue Isabel Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, la que señaló hace unos años que ella competía con Londres. No le faltaba razón. En la evolución que se ha dado en estas dos décadas, estas grandes ciudades no han dejado de ganar población y de concentrar actividades productivas. Recordemos que, allá por los noventa y primera década del siglo XXI, se nos decía que podríamos vivir en cualquier lugar y trabajar de lo que quisiéramos. Ya no era necesario estar en el lugar donde se ubicaba la empresa. Este mantra se ha intensificado desde la pandemia del Covid-19. Y, si bien es cierto que hay personas que han podido hacerlo, no es la mayoría. Al contrario, la concentración en las grandes ciudades es mayor. Una vez más, convertimos la anécdota en categoría. 

Por el camino, estas grandes ciudades se han centrando también en el turismo. En la actualidad, este sector, tan paradójico, se ha convertido en un fin en sí mismo. Las grandes ciudades han ido convirtiendo sus centros urbanos en una especie de parque temático homogeneizado. Es decir, en todas ellas se repiten las mismas tiendas y franquicias, lo que hace reconocible al turista la experiencia, y se potencian formas de ocio que van desde la gastronomía y las zonas de bares a los grandes eventos. Los conciertos de Taylor Swift son un ejemplo, pero son cada vez más innacesibles para buena parte de la población que no puede pagar las entradas o el desplazamiento y alojamiento, ya no decimos si sumanos todo. Los centros de las ciudades han ido perdiendo sus habitantes y lo que antes eran viviendas, e incluso zonas de oficinas, han dado lugar a alojamientos turísticos. Trabajadores y trabajadoras de sectores de Servicios, indispensables para el turismo como la restauración, la hostelería o el comercio, pero también de otros ámbitos, incluso cualificados, residen en barrios periféricos, incluso en otras ciudades periféricas de estas grandes urbes, ante la imposibilidad de poder adquirir una vivienda en el centro o cerca del mismo, dando lugar a grandes desplazamientos diarios para poder ir a trabajar. Esta tendencia aparece en todas las grandes ciudades y su evolución la ha explicado bien Jorge Dioni López en obras como El malestar de las ciudades

En el otro lado, las ciudades medias y pequeñas, situadas generalmente en regiones que han ido quedando en segundo plano con la Globalización. Caracterizadas por una elevada diversidad de escenarios, comparten la sensación de retroceso, a pesar de que sus niveles de vida y estándares de calidad de la misma suelen ser más elevados que las grandes ciudades. Pero, no son pocas de ellas las que han perdido sus industrias en las décadas pasadas, que cuentan con las Administraciones Públicas como las entidades con más trabajadores, y que ven cómo parte de sus generaciones más jóvenes se van a estas grandes ciudades en busca de mejores oportunidades. A pesar de sus bondades y a pesar de las posibilidades de las TIC, su futuro no se presenta muy optimista. Además, están reproduciendo en mayor o menor medida el modelo de las grandes ciudades, con apuestas por el comercio y el turismo, como señalaba Estaban Hernández en su artículo ya referido anteriormente. No son pocas las localidades de estas características que se han lanzado, especialmente tras la pandemia, a potenciar ese turismo de fin de semana que ha ido acabando también con los cascos antiguos, así como con el comercio de estas zonas, tensionando a sus habitantes. E, igualmente, el aumento de los precios de la vivienda es una constante, junto con el desarrollo de los pisos y alojamientos turísticos. Escenario, a otra escala obviamente, similar a lo que señalábamos de las grandes ciudades. 

Como hemos visto, el modelo funciona en una doble dirección, la estructural y la específica en el caso de las ciudades, replicándose las acciones que se llevan a cabo a nivel global y que, en su conjunto, han contribuido a los desequilibrios territoriales. Pero, el modelo ha sido asumido e institucionalizado por no pocos agentes, en todos los ámbitos, dando lugar a una especie de huida hacia adelante. Consecuencia, un amplio impacto en la cohesión social, un aumento de las desigualdades. Sí, hay un crecimiento económico, pero no está redistribuido y, en parte, se basa también en la precarización de las condiciones laborales. Y, de la misma forma, la pregunta más importante que debemos hacernos es si es este el modelo que queremos, ¿qué queremos ser?




















































 

 

 


 



 

 
















Las ruinas del sistema

Por EQUIPO AICTS / 27 de mayo de 2024

El día 25 de mayo de 2024, El País publicaba un extenso artículo bajo el título "El modelo neoliberal se somete a revisión: así se está cocinando el nuevo orden económico mundial", firmado por Alicia González. Sin duda alguna, constituía un análisis muy interesante de la deriva del mismo y de las transformaciones que se estaban produciendo en relación al sistema económico que se ha institucionalizado en estas décadas y que, como se viene observando en el día a día, no está funcionando. El sistema económico basado en el capitalismo neoliberal de la Globalización, sustentando como un elemento determinante en las tecnologías, ha dado lugar a un incremento de la desigualdad en no pocos ámbitos, así como a unas tensiones que están afectando al ámbito político. Hemos comprado un modelo, contra el que tampoco había una gran capacidad de resistencia, que se ha demostrado que contaba con las bases de su autodestrucción. Esto no quiere decir, como en otras ocasiones, que se abogue por una vuelta al pasado, ni que nos lleve el análisis a la nostalgia o la melancolía. No, se trata de ver qué funciona y qué no. Y, obviamente, el escenario es muy complicado.

Venimos de donde venimos y hay que ser conscientes de estos mimbres. El modelo neoliberal comenzó a desarrollarse en los años setenta del siglo XX, auspiciado por unos mantras basados en las bondades del libre mercado, de la necesidade de evitar la intervención estatal, de la ineficiencia de los servicios públicos gestionados por las Administraciones Públicas, junto con el crecimiento de un sistema de valores centrados en un individualismo y consumismo que alcanzaría su máxima expresión décadas después. El contexto en el que estos principios comenzaban a institucionalizarse se sustentaba, paradójicamente, en unas sociedades que habían crecido y alcanzado niveles de bienestar, igualdad y movilidad nunca vistos gracias, en buena medida, al Estado de Bienestar, al Estado Social y de Derecho, y a unos principios de regulación estatal, junto con un desarrollo de los servicios públicos. Es una paradoja, como decimos, pero también es una cuestión que debemos observar con mirada crítica y autocrítica. Thatcher primero, en Reino Unido, y Reagan después, en Estados Unidos, fueron perfeccionando el modelo que, en la década de los noventa sería también asumido por la izquierda socialdemócrata. El neoliberalismo económico parecía un lugar de destino, recordemos el final del comunismo, y podría ser un precio asumible a pagar a cambio de avanzar en Derechos Sociales. La ortodoxia neoliberal se fue imponiendo y, por el camino, las cuestiones materiales dejaron de ser centrales en las reividincaciones políticas, también en la mayor parte de la izquierda no socialdemócrata, incluyendo la que vendría después.

Pero quedaba otro paso determinante. Si en los ochenta y noventa del siglo XX habíamos asistido a un avance en este proceso en ocasiones sutil, en el siglo XXI la Globalización lo aceleró hacia su siguiente estadio. Las deslocalizaciones y desmantelaciones industriales de los ochenta y noventa encajaban con un relato. Un progreso hacia una nueva sociedad que, como había pasado de la agricultura y ganadería a la industria, ahora lo hacía al Sector Servicios, a la cualificación, a la innovación (no olviden esta palabra). Las necesidades materiales estaban cubiertas, la formación aumentaba exponencialmente y el libre comercio iba a permitir que, a través de las interacciones e interdependencias, llegasen los bienes y servicios. Las fábricas del mundo estarían en China y en otros muchos lugares. El error estratégico de Occidente, como ha sido denominado en no pocas ocasiones. El siglo XXI, como decíamos, aceleró ese proceso pero las costuras del modelo ya dejaron ver de forma explícita y directa con la crisis sistémica de 2008. Aquello puso encima de la mesa la realidad. El sistema no funcionaba. Las clases medias retornaron al pasado y los colectivos más vulnerables acabaron todavía más indefensos.

Como la receta para salir de la crisis se basó en más neoliberalismo y ortodoxia, como no se podía cambiar de caballo para cruzar el río, las consecuencias todavía serían peores. La macroeconomía crecía tras superar el enorme susto de la crisis. Además, el sistema de valores intensificaría cuestiones como la culpabilidad, individual (esas personas que habían comprado más de la cuenta) y territorial (esos países que se basaban en valores hedonistas), o la falta de adaptación a los nuevos tiempos y oportunidades. Colectivos, regiones, sectores que eran también presentados como no innovadores, anclados en el pasado, etc. Ahí ya se fue configurando un escenario en el que no había diferencias ideológicas en ocasiones y las contradicciones se intensificaban. Además, los "perdedores de la Globalización" se iban escorando hacia la extrema derecha, aunque esta tampoco iba a dar soluciones. En el lado de la izquierda, las cuestiones materiales quedaban de nuevo en un segundo plano y las guerras culturales se convertirían en el centro del debate. De esta forma, las desigualdades se manifestarían en diversos ámbitos, pero también se verían diferentes visiones y mundos. 

¿Dónde estamos? Entre un mundo que no acaba de morir y otro que no acaba de nacer, recurriendo a la conocida frase de Gramsci. Ahí nos encontramos. El modelo cuenta con numerosas fallas y no funciona. Mirar al pasado puede ser útil para aprender lo que se hizo bien, pero no para seguir repitiendo los mismos errores. En el otro lado, seguir con el camino actual, que es lo que está presente en no pocas visiones y decisiones políticas. La autorregulación del mercado y del sistema, la interdependencia, las bondades del libre mercado, etc., no han funcionado. No volveremos a lo que hubo antes, nos toca construir un nuevo sistema que tenga como bases la cohesión social y territorial, el que las condiciones materiales estén aseguradas, como los Derechos Sociales, el que haya una perspectiva de futuro. En lo que estamos, no es eso, aunque nos lo vistan con grandes palabras y conceptos. No, no es eso. Es lo contrario. 














































 

 

 


 



 

 
















La inmigración

Por EQUIPO AICTS / 20 de mayo de 2024

La inmigración es una de esas cuestiones que siempre está presente porque la inmigración es tan antigua como el propio mundo. Siempre ha habido personas desplazándose por diversos motivos, el más importante es el de mejorar sus condiciones de vida y contar con un presente y futuro más factible que el que tienen en sus lugares de origen. Obviamente, en no pocas ocasiones es un hecho marcado porque la vida está en riesgo en sus propios países, bien sea por conflictos y guerras, bien por catástrofes naturales, o por la pobreza existente en los mismos. En definitiva, situaciones que siguen estando presentes y que marcan un proceso que seguirá aumentando. También han cambiado nuestras propias sociedades, receptoras de la inmigración, que tienen que enfrentarse a una serie de retos y desafíos vinculados a la inmigración. Sociedades que se constituyeron, como todas, a través una homogenización mediante la construcción de Estados - Nación y de identidades nacionales. En este contexto, también hay que tener en cuenta diversas situaciones como los países derivados de la propia inmigración, Estados Unidos por ejemplo, o los que contaban con sistemas coloniales a través de los cuales también se nutrían las metrópolis, Francia o Inglaterra. De esta forma, la asimilación de los inmigrantes, el adaptarse a la sociedad receptora, dejando de lado la de origen, caso de Estados Unidos; el ideal republicano de la integración pero con enormes dificultades derivadas de variables socioeconómicas especialmente, caso de Francia; o un tratamiento de la diversidad cultural basado en la separación y creación de compartimentos estanco, pero con bajas interrelaciones, ocurrido en Inglaterra, son algunos de los procesos clásicos para abordar la inmigración.

Sin embargo, y afortunadamente, la evolución hacia reconocimientos de la diversidad cultural y el valor del multiculturalismo, poniendo el foco en el reconocimiento de las culturas, con las teorías de Kymlicka entre otros como punto de partida, supusieron un cambio que intentaba avanzar hacia la interculturalidad, intentando dejar de lado escenarios más asimilacionistas, que también se encontraban escondidos en algunos planteamientos basados en la integración. La inmigración creció en Europa, y en el caso de España especialmente, con el inicio del siglo XXI. Además de la Globalización, sus consecuencias y la generación de una economía más interrelacionada; el incremento de la movilidad; las oportunidades en las sociedades occidentales; o escenarios producidos en relación a crisis derivadas de conflictos bélicos, Siria y Ucrania especialmente, derivaron en un aumento de la inmigración. Finalmente, y en relación con lo anterior, también se deriva la necesidad de trabajadores y trabajadoras en no pocos sectores. Y, finalmente, una crisis demográfica que afecta a las sociedades occidentales, envejecidas y con una baja natalidad. Estos dos últimos factores ponen el foco en una inmigración funcional, lo que también sitúa una cierta mirada instrumental en el colectivo de inmigrantes, considerándolos como una necesidad. Esta posición supondría repetir errores pasados a la hora de abordar su inclusión. 

Una de las consecuencias más indeseadas de la transformación de nuestras sociedades hacia una mayor diversidad cultural ha sido el incremento de discursos racistas y xenófobos. En el crecimiento de partidos y corrientes de ultraderecha ha estado presente, y así sigue, el discurso que va en contra de este proceso y colectivo. Miradas centradas en unas sociedades homogéneas y que ven a la inmigración como una amenaza, tanto en el sentido identitario como en el acceso a los servicios públicos. Se produce, de esta forma, la generación de un "chivo expiatorio" que cala en una parte de la sociedad. Es, sin duda alguna, uno de los escenarios más complejos a los que se enfrentan nuestras sociedades. 

Obviamente, también hay que tener en cuenta los retos que implica la creación de sociedades más diversas culturalmente, en todos los estadios de las mismas. Hay que partir de tres presupuestos principales. El primero, la dificultad del propio proceso. En no pocas ocasiones, no se ve, o no se quiere ver, la dificultad del mismo. Las teorías son más fáciles que la práctica, y este hecho se observa claramente en ámbitos como el educativo. Negar la complejidad del escenario generado es uno de los primeros y más graves errores que se cometen. En segundo lugar, el hecho de que generar una sociedad intercultural implica partir de unos presupuestos comunes, que deben ser asumidos por toda la comunidad. Tampoco se da en ocasiones, y esa base debe estar en los Derechos Humanos. Y, finalmente, la propia diversidad del colectivo inmigrante que, también generalmente, suele verse como un todo homogéneo. Al contrario, la diversidad del mismo es un elemento que les caracteriza, generándose un elevado número de escenarios. Por lo tanto, el reto de la diversida cultural en nuestras sociedades no se sencillo y es un proceso que tiene su tiempo y ritmos. Debemos dejar de mirar a la inmigración y a los inmigrantes, porque esto va de personas, no lo olvidemos, de forma instrumental y funcional y ser conscientes que son mucho más que los que vienen a llevar a cabo ciertos trabajos o los que van a ayudarnos a mantener nuestras estructuras demográficas. 














































 

 

 


 



 

 
















El tiempo pasado

Por EQUIPO AICTS / 13 de mayo de 2024

No es la primera vez que en este Blog abordamos cuestiones vinculadas a las comparaciones con los tiempos pasados y las corrientes que se definen como nostálgicas. En nuestro tiempo, asistimos una vez más a situaciones encontradas y escenarios binarios, sí o no, con respecto a cualquier tema. La nostalgia es una de ellas y viene operando en los últimos años a través de libros, artículos, etc., que se llevan también a posicionamientos políticos. El ser humano mira hacia el pasado, con mayor o menor grado de nostalgia en función de las situaciones. Hay personas y colectivos para los que el tiempo pasado fue mejor. Este hecho puede deberse al paso del tiempo, a escenarios favorables, etc. En otros casos, se da el caso contrario, el pasado es una etapa a superar que ya se debe quedar olvidada. El momento actual, muy marcado por la velocidad y los cambios constantes, es muy dado a que se produzcan esas visiones nostálgicas. 

En no pocas ocasiones, esa mirada al pasado está marcada por un proceso. El mismo es el que ha caracterizado nuestro sistema en el sentido de que, hasta hace poco tiempo, concretamente se podría precisar que la crisis de 2008, la evolución de las sociedades había sido siempre hacia adelante, de mejora permanente. Este factor también puede ser precisable en numerosas direcciones, tanto desde la concepción del capitalismo (el crecimiento como medio y fin) como en que no afectaba a todo el mundo por igual. Sin embargo, había también argumentos para una visión positiva del proceso. Se habían dado ganancias en numerosos ámbitos. Desde cuestiones de Derechos a las materiales, la tendencia era positiva. Seguramente no habrá una década que escenfique mejor esa situación como la de los noventa del siglo XX. A partir de ese momento, el cambio de sistema, el neoliberalismo, marca un punto de inflexión que tiene su punto clave con la crisis sistémica de 2008. Cambian el escenario y la inestabilidad se va convirtiendo en una constante. Este proceso, vinculado a una falta de perspectiva de futuro, genera miradas nostálgicas en las que en el pasado parecía ofrecer una hoja de ruta más clara y definida, más oportunidades. Como decíamos, esto se podría cumplir en parte.

En el lado contrario, la crítica a las miradas nostálgicas viene marcada por una visión que incide en que son colectivos que no se han adaptado a los cambios que se han producido en la sociedad. En no pocas ocasiones, se incide en un determinismo vinculado a no haber sido capaces de dar respuesta a estas transformaciones. Obviamente, dentro de estas miradas, se produce también una graduación. Por un lado, una parte de las visiones que critican la nostalgia se centran en que habría una pérdida de poder de determinados grupos y colectivos, lo que daría lugar a que viesen el pasado de esa forma y que quisieran recuperar el mismo. También hay opiniones que señalan que son personas y colectivos que se van quedando atrás. Y, por otro lado, no son pocos los que observan que sí, que se ha dado un cambio y que la época actual se caracteriza por la inestabilidad y la incertidumbre pero que, para solucionar la misma, no se puede caer en la nostalgia ya que la misma no supone el motor que podría dar lugar a una forma más eficiente de afrontar el escenario actual. 

Las bases del debate están sobre la mesa y, como hemos señalado, lleva ya unos años produciéndose. En no pocas ocasiones, la visión nostálgica se ha vinculado a posiciones reaccionarias y/o conservadoras, aunque también se han utilizado desde ámbitos de la izquierda. Sin embargo, este debate tendría que servirnos para abordar qué tipo de sociedad estamos generando y se está desarrollando. No cabe duda de que, la mirada hacia el pasado, tiene sus límites y que de la nostalgia se puede pasar a la melancolía o a una posición que no permita articular soluciones al momento actual. Por el otro lado, es necesario entender los cambios que se están produciendo continuamente, que están afectando negativamente a una buena parte de la sociedad, y que se observan ciertas regresiones con respecto a los avances que se habían logrado. De esta forma, tendríamos que ser muy conscientes de dónde venimos y a dónde queremos ir. Todos los cambios y posiciones ganadas no tendrían que perderse en un periodo como el actual que, por otra parte, también es cierto que ofrece oportunidades y herramientas para avanzar en los mismos. Pero, no se está dando el caso. Que la nostalgia ha sido instrumentalizada por determinadas posiciones políticas, es un hecho. Que hay colectivos que miran al pasado por los cambios que se están dando, y no en un sentido político o reaccionario, también. El desafío sigue siendo mayúsculo, del pasado se pueden encontrar enseñanzas, aunque tampoco se debe caer en determinadas trampas, que son instrumentalizadas. La legitimidad se gana construyendo presentes y futuros mejores, cosa que no estamos consiguiendo.