La situación de la dependencia

Por EQUIPO AICTS / 3 de octubre de 2022

Uno de los principales avances de nuestro Estado de Bienestar se produjo en 2006 con la aprobación de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Conocida popularmente como la "Ley de dependencia", supuso la culminación de un largo periodo de demandas y trabajos para abordar una de las asignaturas pendientes del Estado de Bienestar español, dentro de un escenario en el que los Servicios Sociales son el ámbito que menos se ha desarrollado del mismo. Este trabajo, que ni mucho menos debe darse por concluido, implicó el reconocimiento de situaciones y derechos que no estaban siendo tenidas en cuenta hasta la fecha. Especialmente relevante fue la cuestión de los cuidadores, mayoritariamente cuidadoras, que no contaban con ninguna prestación ni reconocimiento, cuando estaban dedicando parte, e incluso toda su vida, al cuidado de familiares en situación de dependencia. Igualmente, se generaron una serie de prestaciones y servicios claves para las personas en esa situación. Y, dentro de todo este trabajo de generación de una ley como la que estamos comentando, participaron diferentes actores y sectores de la sociedad.

Tampoco debemos olvidar el escenario que se generó con la crisis sistémica de 2008 y los recortes y ajustes presupuestarios que se produjeron a partir del año 2010, siendo superiores en el primer lustro de la segunda década del siglo XXI. Sin duda alguna, la dependencia se vio afectada por estos recortes en los presupuestos, como el conjunto de las políticas públicas y, especialmente, las vinculadas a los Derechos Sociales, como por ejemplo los ámbitos educativos y sanitarios. Además, el desarrollo de la "Ley de dependencia" también tenía sus variaciones en función de las Comunidades Autónomas, con diferencias entre los territorios. De esta forma, se generaba una nueva situación de desigualdad vinculada, como también comentamos en la entrada al Blog de AICTS de la semana pasada, a la variable territorial.

Más de una década y media después de la aprobación de la citada ley hay que reseñar la iniciativa del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 de realizar una evaluación del sistema de dependencia en nuestro país. Este documento, titulado Informe de evaluación del sistema de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia (SAAD), ha sido elaborado por un grupo de reconocidos expertos, es ambicioso y voluminoso y cuenta con un análisis pormenorizado de fuentes secundarias que abordan las dimensiones y variables vinculadas a la atención a la dependencia, desde las cuestiones presupuestarias hasta la situación de los cuidados, entre otras, para finalizar con unas recomendaciones. El diagnóstico muestra cómo el sistema precisa de mejoras, que es necesario incrementar los sistemas de inspección y que los escenarios más complejos se dan en el ámbito de los hogares, ya que sería fundamental llevar a cabo mejoras en relación a la atención. Hay que destacar la cuestión presupuestaria, con una inversión en prestaciones en dependencia que representó el 0,82% del Producto Interior Bruto (PIB), alejado de los gastos que se ven en el resto de los países europeos, aunque también cabe reseñar el incremento que se ha producido en el empleo vinculado a la dependencia. Por lo tanto, un documento muy relevante que invita a la reflexión y a la necesidad de profundizar en las medidas para atender a las personas en situación de dependencia, así como a sus cuidadores y cuidadoras. 

 



 
















Desigualdad y atención sanitaria

Por EQUIPO AICTS / 26 de septiembre de 2022

Recientemente, la Cadena SER publicó la noticia de las desigualdades sanitarias en función de la zona de residencia, tanto a nivel municipal como autonómico. Este hecho manifestó cómo influye el lugar de residencia a la hora de recibir atención sanitaria en todos los ámbitos, desde el de la primaria a la especializada, además de las listas de espera para operaciones. Los datos muestran una desigualdad manifiesta que también se vincula al estado y evolución de nuestros sistemas sanitarios. A pocos meses del tercer aniversario del inicio de la pandemia COVID-19, cabe recordar cómo ese momento fue un punto de inflexión para los mismos. Por un lado, porque su capacidad para afrontar la situación fue encomiable, en un escenario de emergencia e incertidumbre, aunque también se basó esa respuesta en un personal sanitario y auxiliar, y aquí hay que incluir a todo el personal, sanitario y no sanitario, que se fajó en un contexto tan complejo, y que sufrió las consecuencias en fallecimientos, contagios, depresiones, estrés, etc. Pero, por otro lado, también fue un momento en el que se vieron las costuras de ese sistema sanitario, en el caso español tan acostumbrados como estábamos a pensar que éramos la envidia de los vecinos europeos, pero no. Los años de recortes también pasaron factura, así como las políticas de privatizaciones, y la pandemia COVID-19 los manifestón. Finalmente, un estudio reciente de The Lancet también ha mostrado los fallos y errores que se cometieron por parte de los gobiernos y organismos en la propia gestión de la pandemia, hecho que perjudicó principalmente a los colectivos vulnerables. Obviamente, habrá personas que puedan señalar que, a posteriori, es fácil señalar estos errores, pero no es menos cierto que es preciso conocer en qué se acertó y en qué se falló, especialmente, para escenarios futuros. 

Como hemos señalado en otras ocasiones en relación a determinados derechos, los denominados sociales, estos fueron un avance determinante ya que permitían que se cubriesen necesidades vitales. La evolución de estos derechos se vio marcada también por la construcción de sociedades cohesionadas y corresponsables, fundamentalmente a través del modelo del Estado de Bienestar. Fueron hitos, sin duda alguna. Y este acceso a la sanidad permitió también la prevención, un aspecto fundamental. En caso contrario, podemos mirar qué ocurre en sociedades como la de Estados Unidos y la cuestión sanitaria. Sin embargo, tampoco la sanidad se ha visto exenta de las tendencias privatizadoras y de desigualdades que están vinculadas a los niveles de renta. Y, como muestra la noticia de la SER, al lugar de residencia.

Estas desigualdades relacionadas con la residencia no tienen cabida en sociedades basadas en principios de igualdad y de equidad, o no tendrían que tenerlo. En el caso español, un país descentralizado con las competencias sanitarias asumidas por las Comunidades Autónomas, tendrían que producirse mecanismos que redujesen esas desigualdades. Creemos que la descentralización es positiva y que permite un servicio más cercano al ciudadano, con un conocimiento más amplio de los entornos y sus necesidades. Igualmente, también implica que en cada territorio, en este caso Comunidad Autónoma, puedan implementarse unos programas y políticas que están determinadas por la ideología del partido en cada uno de los gobiernos, que determinarán los presupuestos que se destinan a cada partida. Estos aspectos están ahí, no cabe duda, pero no tendrían que generar unas desigualdades tan amplias. Como tampoco si nos encontramos residiendo en barrios ricos o en barrios pobres. Al contrario, es precisamente en base a la equidad en los segundos en los que debe hacerse un mayor esfuerzo.

Lamentablemente, la realidad es otra y, seguramente como en tantos otros aspectos, la pandemia del COVID-19 no haya servido para mejorar. Puede que, en este caso, incluso al contrario. Sí, recordamos cómo salíamos a los balcones hace dos años y medio como reconocimiento a nuestro personal del sistema sanitario, pero ¿cuánto ha mejorado el mismo? ¿Se han solucionado las disfunciones que estaban presentes y que, en ocasiones, quedaron al descubierto por la pandemia? ¿Cómo se pueden seguir reproduciendo estas desigualdades en el acceso a los servicios sanitarios en función de los lugares de residencia? En fin, queda camino de nuevo por recorrer. 


 
















Comedor escolar

Por EQUIPO AICTS / 19 de septiembre de 2022

Los análisis de los sistemas educativos y de las funciones que cumple la educación, en relación a la igualdad de oportunidades y a la reducción o amplificación de las desigualdades sociales, prestan una gran atención a los servicios complementarios y a todos los aspectos que rodean al sistema educativo. Muchos de ellos, como insistiremos, son fundamentales para que se produzca un aprovechamiento de las oportunidades que ofrece la educación. Con una educación universal, obligatoria y gratuita, fruto de la evolución de los Derechos Sociales, las desigualdades no se dan tanto en los costes directos, que no están presentes por la gratuidad señalada en la educación obligatoria, aunque también pesan aspectos como la elección de centro y el "efecto compañero", sino en otros aspectos complementarios.

Libros de texto, material escolar y, en otro nivel, actividades complementarias y extraescolares, son fundamentales en la reproducción de las desigualdades. Pero, no es menos cierto que con las transformaciones sociales vividas en las últimas décadas, otros ámbitos son fundamentales para analizar el papel de la escuela. Hablamos de aspectos vinculados a la conciliación y a cómo se han desarrollado servicios que antes no existían o no eran tan mayoritarios. Servicios como el de madrugadores, en el que las familias pueden dejar a sus hijos e hijas antes del inicio de las clases por los horarios de trabajo. El comedor escolar, otro aspecto fundamental, que se ha convertido en un gasto de las familias fundamental. O las actividades extraescolares que ofrecen los centros, además de la vinculación con los tipos de jornada, continua o partida. 

Sobre el comedor escolar se publicó a comienzos de septiembre un artículo en El País en el que se señalaba su papel y cómo no llega en España a uno de cada diez usuarios con ayuda para el mismo. En este sentido, también se indicaba que no pocos hogares con bajos ingresos se quedaban fuera de estas ayudas. Sobre el comedor escolar se ha venido también escribiendo y analizando su papel en la última década, especialmente con la crisis de 2008. Se señalaba que había muchas familias cuyos hijos e hijas podían contar con una comida que cumpliese todas las prerrogativas nutricionales gracias a este servicio. También se indicaba que, en los meses de verano, al no contar con dicho servicio, estos niños y niñas podrían no contar con una alimentación adecuada. Cuando realizamos estudios en el ámbito escolar, especialmente en el caso de etnografías escolares, encontramos no pocas situaciones y experiencias en las que se ofertan, por ejemplo, servicio de desayunos, fundamentalmente en centros  de especial dificultad, así como se articulan ayudas para familias vulnerables. Obviamente, no se llega a todo.

El comedor escolar es uno de esos servicios complementarios claves de los sistemas educativos. Son servicios en los que tendrían que producirse más ayudas e inversiones por parte de las Administraciones Públicas ya que, de esta forma, se llegaría a prestar una cobertura de estos servicios necesaria para el buen desarrollo de niños y niñas. Es también una realidad que, en casos de falta de variedad en la dieta, o con una elevada presencia de alimentos procesados, porque son más baratos, o directamente con determinadas carencias y dificultades para completar la cesta de la compra, se producen impactos negativos en niños y niñas que afectan a su rendimiento escolar. El comedor escolar ha servido para evitar algunos de estos escenarios. Y, en un contexto como el actual, con el aumento de la inflación como indicaba el artículo de El País, con más familias con dificultades y con mayores recortes en las cestas de la compra, su función puede ser más determinante. 


 


 
















Nuevo inicio de curso escolar

Por EQUIPO AICTS / 12 de septiembre de 2022

Es un lugar común ineludible. Una de esas noticias que comienzan a aparecer ya a mediados de agosto. Es el inicio de curso escolar que, cada comienzo de septiembre, supone el retorno de millones de estudiantes a las aulas. E, igualmente, el comienzo de la rutina y de los ritmos habituales del mismo que se ven finalizados por los meses de julio y agosto. El inicio del curso escolar suele ocupar numerosas páginas de periódicos, webs, artículos, reportajes, etc. En general, se aborda la situación de las familias de cara al mismo y se hace hincapié en los costes escolares. También se incide en aspectos vinculados a las políticas educativas, aunque en menor medida. Y, en los últimos dos años, ha estado marcado por la pandemia del covid-19 y las medidas para abordarla. Precisamente, ya a finales de agosto se señalaba en los medios de comunicación que los comedores escolares, último reducto de las actuaciones contra el covid-19, recuperaban la normalidad. Aunque ahora, con todo lo ocurrido en estos dos años y medio, parezca muy lejano, no lo es tanto, ni mucho menos, que las medidas para abordar la pandemia y las dudas sobre la presencialidad, eran la norma. Afortunadamente, estamos en un escenario diferente en ese sentido.

Sin embargo, la incertidumbre sigue presente en relación al curso escolar y se presentan desafíos, nuevos y antiguos. De esta forma, El País titulaba su artículo sobre la cuestión de esta forma: "Inflación, las cicatrices de la pandemia y una nueva ley: el triple reto de la vuelta al cole". En relación a la pandemia de la covid-19, añadir a lo indicado anteriormente que, como bien indica el artículo de El País, no se contará con buena parte de los recursos que se pusieron en funcionamiento para abordar la situación derivada de covid-19, lo cual incide en unas peores condiciones de abordar el curso escolar. De esta forma, la nueva ley, la LOMLOE, implica también unos cambios en el sistema educativo para los que todavía no se han articulado recursos. En este sentido, toda nueva ley también supone transformaciones que se suman a la incertidumbre.

En donde se hace un mayor hincapié es en la cuestión de los costes de la vuelta al cole. Es un clásico, como decíamos también anteriormente, pero en este caso se suma la inflación de los últimos meses. De esta forma, el incremento de los precios en general vendría a suponer un encarecimiento de la vuelta a la escuela en costes indirectos, vinculados al material escolar, libros, etc., y luego incidiremos en las actividades extraescolares y refuerzos. Hay artículos que cifran el impacto de la misma, por ejemplo en Crónica Global se señalan estudios que sitúan el gasto de 300 a 500 euros, aunque es necesario tener en consideración la importante variabilidad que puede darse en las familias, tipos de centros e incluso territorios. Además, también tiene que contarse con el papel del propio sistema educativo a la hora de abordar las desigualdades. Sin embargo, no es menos cierto que las familias tendrán que asumir un coste mayor en esos gastos y que estas no están en igualdad de condiciones para abordarlo. Debemos recordar las tasas de pobreza infantil de nuestro país, las cuales señalan que 2,7 millones de niños y adolescentes viven en hogares con bajos ingresos. Y es que, hay acciones que toman las familias que no son una novedad sino que son similares a las de hace unas décadas, las que vivimos generaciones anteriores. Acciones que estaban ya presentes en colectivos vulnerables y que se van extendiendo a otras capas sociales. 

Y retornamos a un punto del que solemos escribir en este blog, es el que hace referencia a las desigualdades y a cómo se han ido articulando y ampliando en cuestiones relacionadas con la educación. Recordemos que, desde la crisis de 2008, el incremento del gasto de las familias en educación ha venido siendo una constante. Igualmente, diversos estudios muestran cómo las clases sociales altas y medias - altas han ido ampliando el mismo en cuestiones como las extraescolares y los refuerzos. Es un ámbito al que no llegan, ni mucho menos, todas las familias, aunque también existen programas como el PROA, entre otros, para acercar estos mecanismos al conjunto del alumnado, especialmente el que se encuentra en situación de vulnerabilidad. Pero, no cabe duda que hay muchas familias que han realizado esfuerzos para dar esos refuerzos a sus hijos y que, con el aumento de la inflación, lo van a tener más difícil. 

En definitiva, un comienzo de curso que viene marcado por las incertidumbres, por un escenario complejo en el que puede darse un aumento de las desigualdades. Corresponde a las políticas públicas poner los medios posibles para que aminorar estas consecuencias y evitarlas. Lo que pasa es que, en la actualidad, los factores externos al propio sistema educativo no van muy a su favor.


 


 
















La reproducción

Por EQUIPO AICTS / 5 de septiembre de 2022

Una de las principales corrientes en la Sociología de la Educación es la denominada "reproduccionista", marcada en buena medida por las obras de Pierre Bourdieu. A grandes rasgos, y especialmente a través del papel de los capitales (económicos, culturales, simbólicos, sociales, etc.), del "habitus" y de la posición en la estructura social, se reproduciría la estructura social debido a que las condiciones de partida no son similares para todos los individuos. Bourdieu prestó especial atención al sistema educativo y al papel de la cultura, destacando obras clásicas como La reproducción. Elementos para una teoría del sistema educativo, junto a Jean-Claude Passeron, también junto a este autor se encuentra Los herederos. Los estudiantes y la cultura; Capital cultural, escuela y espacio social; sin olvidar el papel que desempeña un trabajo como La distinción. Criterios y bases sociales del gusto. A pesar de sus limitaciones, como todas las teorías, sus críticas y limitaciones, Bourdieu sigue siendo un referente fundamental para la Sociología y sus marcos teóricos y metodológicos siguen siendo muy útiles y necesarios para explicar nuestro mundo y su deriva, siendo empleado como una de las bases de no pocas investigaciones y estudios.

Como hemos señalado en otras ocasiones, la expansión de la educación como Derecho Social, el avance de las clases trabajadoras y medias hacia estudios superiores, la incorporación de la mujer a los mismos, etc., fueron avances que no se pueden explicar sin el papel del Estado del Bienestar. Y en este contexto también encajan perfectamente las teorías y hallazgos de Bourdieu y sus compañeros. El papel otorgado a la educación, el acceso a bienes culturales, la influencia de los "habitus", la naturaleza del sistema escolar, etc., implicaba que el mismo jugaba, y sigue haciéndolo, un papel paradójico en el que se produce una reproducción de las desigualdades sociales a través de la educación pero, a su vez, también es el principal mecanismo para reducir las mismas. Es decir, un escenario de tensión en el que los sistemas educativos se desenvuelven. También hemos incidido en numerosas ocasiones en el "efecto Mateo" así como en el debate de la meritocracia, todo ello arraigado en la obra de Bourdieu.

Nuestro mundo está retornando a un mayor peso de los orígenes sociales y económicos en las trayectorias educativas y académicas, con sus consecuencias. Es cierto que, en las décadas pasadas, cuando numerosas personas de orígenes socioeconómicos humildes lograron llegar a niveles educativos que antes estaban cerrados para las clases más altas, se generó una expectativa de que la meritocracia funcionaba. Obviamente, todo esto tendrían muchos matices, pero sí que se produjo un avance. El ascensor social funcionaría vinculado al nivel educativo, pero se seguían manteniendo escenarios de desigualdad que funcionaban de forma más sutil. Es posible también que ese escenario de ascensor social pudiese funcionar en un contexto y periodo determinado, con unas condiciones muy específicas. La reproducción tenía elementos vinculados al tipo de carreras a los que se accedía, a los lugares a los que ir a estudiar, etc. Hoy, estas diferencias se han intensificado y de una reproducción sutil hemos pasado a una situación en la que ya es más explícita. Sí, hay una universalización de la educación, nuestros sistemas educativos funcionan mejor de lo que en muchas ocasiones se suele plantear, y muchas personas siguen accediendo a la universidad. En el lado contrario, con todo esto ya no basta, lamentablemente y de nuevo los orígenes socioeconómicos marcan el camino a través del "efecto Mateo". De hecho, no es casualidad que en la última década haya crecido la inversión de las familias en ayudas extraescolares, academias, etc. Claro que no todo el mundo se las puede permitir. Y, además, los indicadores y datos nos siguen mostrando que es mejor contar con el mayor nivel de estudios posible que no tenerlos para acceder al mercado laboral. Sí, es una obviedad, pero conviene recordarla porque a veces, en función de determinadas visiones a uno y otro lado del tablero político, parece que se olvida o que se quiere olvidar.

En relación a todas estas cuestiones, dos artículos han aparecido en los últimos días en los medios de comunicación. Retomamos de nuevo a Héctor García Barnés para recoger su artículo "Si quieres ser CEO, que tu padre sea CEO: los trabajos que más pasan de padres a hijos", en El Confidencial. El mismo es un acertado análisis de las condiciones que se van transmitiendo generacionalmente en función de una serie de condiciones que están vinculadas a esos puntos de partida socioeconómicos y culturales. Sin caer en el determinismo y con diversos testimonios, García Bernés presenta indicadores sobre la cuestión. Unos días antes, El País publicaba un reportaje titulado "Padres que fabricaban, hijos que reparten: la precariedad que florece donde muere la industria". Firmado por Emilio Sánchez Hidalgo, presentaba el escenario del Corredor del Henares, entre Madrid y Guadalajara, y recogía uno de los fenómenos a los que también nos hemos referido en otras ocasiones como es el hundimiento del sector secundario y el hecho de que esos empleos están siendo sustituidos por otros muy precarios. Y, como bien señala Sánchez Hidalgo, son los hijos de los primeros los que caen en los segundos. Es decir, Bourdieu sigue estando muy presente y siendo muy relevante para explicar el momento actual, y lo que está por venir.


 


 
















Modelo de sociedad

Por EQUIPO AICTS / 29 de agosto de 2022

Ahora que termina el mes de agosto y asistimos a los prolegómenos del inicio de un nuevo curso, del académico al resto, toca observar los retos a los que nos vamos a enfrentar, y a lo largo de las entradas de este blog hemos ido recogiendo algunas cuestiones, basándonos también en los indicadores, diagnósticos, análisis y reflexiones que hemos ido viendo. No cabe duda de que algo importante se ha ido quebrando de forma acelerada en el último año, aunque las bases de dicho proceso ya estaban presentes desde la crisis sistémica de 2008. Sobre todas estas cuestiones se ha escrito tanto que no es pertinente regresar a dicho punto, aunque explique muy bien de dónde venimos. Si la evolución del capitalismo, basado en dos pilares como el neoliberalismo y la globalización, había ido derivando en una transformación de nuestro mundo de la fuimos conscientes explícitamente con la crisis de 2008, sus consecuencias no permitieron corregir la dirección en la que nos encontrábamos. Luego apareció la recuperación macroeconómica, la crisis de la pandemia covid-19 y una nueva vuelta de tuerca con todo el escenario que va desde las crisis de las materias primas, la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el aumento de la inflación, etc. 

Se había construido una sociedad basada en la cohesión social, su legitimidad y la corresponsabilidad. Había ocurrido en la segunda mitad del siglo XX en el mundo occidental y se había convertido en la referencia para buena parte del mundo. Los Derechos Sociales y el Estado de Bienestar, con sus contradicciones y sombras, fueron determinantes en un mundo en el que se cubrían las necesidades básicas y se avanzaba en escenarios como la Sanidad, la Educación y la protección social hasta escenarios desconocidos hasta el momento. Obviamente, las desigualdades continuaban existiendo, la estructura social está ahí y los orígenes socioeconómicos seguían marcando, pero había un concepto de progreso y un sentido de lo común que, lamentablemente, se ha roto. Ese es el lugar en el que nos encontramos en este momento, aunque había que precisar algunas cuestiones, como veremos a continuación.

Hace unas semanas escribimos un artículo en este mismo blog en el que nuestras reflexiones hacían referencia a las visiones optimistas y pesimistas sobre el momento actual y lo que vendría más adelante. Nuestro objetivo era también analizar esas tendencias, desde el punto de vista constructivo. Los indicadores, como ya señalamos en el texto, nos invitan a ser pesimistas, y un ejemplo muy claro es todo lo que está ocurriendo con los jóvenes, de lo que también venimos escribiendo desde que comenzamos con este blog. Además, el verano que se va acercando al final nos ha mostrado una cara muy clara en relación al cambio climático con unas temperaturas que han convertido los meses de junio, julio y agosto en prácticamente una ola de calor permanente, sin apenas lluvias y con un incendios forestales por toda la geografía. Es decir, un escenario apocalíptico. Es evidente que el cambio climático es el gran desafío de nuestro tiempo y que llevará a medidas y actuaciones necesarias para mitigarlo.

El escenario de futuro, y de presente, pasa por retomar a un proyecto común de sociedad basado en esos Derechos Sociales que hemos señalado. Retomar las bases del Estado de Bienestar pero siendo conscientes de que no estamos en el mismo escenario en el que surgió y se desarrolló. Al contrario, ahora es muy diferente y eso nos lleva a nuevos retos. Hay que ser consciente de que también se ha producido una importante digitalización de nuestras sociedades y que la misma debe ser aprovechada en un sentido favorable para esos retos que nos están llegando, evitando a su vez que se generen nuevas brechas y desigualdades. Los debates son numerosos y debe aprovecharse la capacidad de nuestras sociedades para salir de tantos y tantos escenarios negativos en los que se han visto envueltas a lo largo de la Historia. Son puntos de inflexión y aunque ahora nos parece imposible prácticamente salir de este círculo vicioso, es necesario que nos propongamos encontrar ese hueco para hacerlo, como ha ocurrido en otras ocasiones. Nuestras sociedades deben volver a construirse sobre la cohesión social, la ciudadanía, la igualdad, los derechos y tantos principios que, lamentablemente, en algunos casos siguen estando pero sobre el papel. Y, en otros casos, están presente, siendo además en los que nos socializado y desenvuelto. Aprovechemos ese potencial. 

 


 
















Sobre los jóvenes

Por EQUIPO AICTS / 22 de agosto de 2022

Una de las cuestiones que más hemos tratado en el Blog de AICTS es la referida a la situación de la juventud. A lo largo de estos años hemos ido abordando aspectos de este colectivo y del escenario en el que se encuentran. En las dos últimas semanas, la polémica desatada por las declaraciones de la periodista Elisa Beni en Espejo Público de Antena 3, acerca de los motivos por los que los jóvenes no podían emanciparse, generaron numerosísimas críticas a la misma, especialmente en Redes Sociales. Los datos contradicen las afirmaciones de Beni en todos los sentidos, siendo respondidas por artículos y columnas de opinión en los que se hacía referencia a informes y datos contrastados. De esta forma, seguimos observando una realidad que no es muy halagüeña para buena parte de este colectivo.

Hay que partir del hecho de que a todo el mundo no le va igual, obviamente. Como también venimos observando regularmente, la estructura social y la posición en la misma marca, y cada día más. Estamos en unos contextos en los que las desigualdades crecen, y este hecho es otra realidad. Además, dependes cada vez más de las mochilas que puedas traer de casa, tanto desde el punto de vista económico como desde el capital relacional. En este sentido, Héctor García Barnés apuntaba un aspecto clave en El Confidencial sobre lal cultura del esfuerzo que viene a este caso, y es que en función de ese origen social también hay un peso distinto del esfuerzo. ¿Hay jóvenes que tienen una vida como la descrita por Beni? Claro, pero no son la mayoría y dependen en buena medida de ese origen socioeconómico. En el otro lado de la balanza, numerosos jóvenes que viven de trabajos precarios, de trabajos temporales y estacionales, medias jornada, falsos autónomos, empleos uberizados, etc. 

La emancipación ha sido uno de los aspectos más abordados estas semanas. Los indicadores no dejan lugar a dudas, como el reciente estudio del Consejo de la Juventud de España. Por no incidir en datos ya señalados, y a pesar del ligero aumento de la misma tras los dos años de pandemia, y con una trayectoria descendente de quince años (ojo, una década y media), los datos son demoledores. Cabe destacar que, con los salarios de los jóvenes, la mayoría no podrían cumplir con los requisitos de los bancos para acceder a la vivienda a través del endeudamiento, que es la única opción para la grandísima mayoría porque el alquiler también ha aumentado su coste. Igualmente, se produce una brecha de género en el sentido de que son más los hombres que se emancipan en solitario que las mujeres. Del aumento de los alquileres también cabe indicar situaciones y escenarios que se dan, especialmente en las grandes ciudades, por las que numerosas personas, jóvenes o no, que viven en pisos compartidos porque se no se pueden permitir otra opción.

Y esto nos lleva de nuevo a las condiciones materiales y laborales. La juventud está siendo uno de los colectivos más golpeados por las sucesivas crisis que vivimos en la última década y media. Hacer comparaciones con el pasado es prácticamente imposible porque las condiciones eran muy diferentes, partiendo de que las dificultades de acceso a la vivienda han sido secularmente complejas. Si tomamos el ejemplo de las generaciones justo anteriores a las actuales, las que entraron al mercado de la vivienda a partir de la segunda mitad de la década de los noventa del siglo XX hasta la crisis de 2008, sus escenarios eran distintos. Vivieron una burbuja inmobiliaria que encareció extraordinariamente el precio de la vivienda, lo que dificultó el acceso. Además, la cultura de nuestro país ha sido de propiedad, quedando en un segundo plano, incluso como una opción no planteable, el alquiler. Y hablamos de unos años en los que había diferencias entre compra y alquiler. Pero son generaciones que, partiendo de una emancipación más tardía que en los vecinos europeos, contaban en mayor medida con colchones familiares que les servían de apoyo, así como una inserción laboral más factible que la actual. De esta forma, su acceso a la vivienda era complejo, pero las tasas de emancipación han ido descendiendo desde entonces.

Por lo tanto, retornamos a esos escenarios complejos de la juventud, a esos escenarios que hay que seguir señalando y abordando porque estas generaciones son el futuro de nuestras sociedades y nos estamos jugando la cohesión social. Sería mejor no culpabilizar ni generalizar en relación a un colectivo que cada vez lo está teniendo peor, aunque haya una parte reducida de la juventud a la que le vaya muy muy bien. Pero, a la mayoría, no. Luego nos seguimos echando las manos a la cabeza en relación a numerosas cuestiones, comenzando por unos escenarios demográficos regresivos. En fin, que nada, seguimos sin aprender. 


 
















Pesimismo vs. optimismo

Por EQUIPO AICTS / 15 de agosto de 2022

Vivimos en unas épocas que son un tanto ciclotímicas o incluso disonantes. Por un lado, observamos una realidad con unos indicadores complicados, en relación a las condiciones de vida y a las perspectivas de futuro. Por no hablar del escenario que nos deja el cambio climático y la ola de calor de este verano. Por otro lado hay visiones que muestran cómo el presente y el futuro no son tan negativos, es decir, partiendo de la evolución de nuestras sociedades, en primer lugar, y siguiendo por el hecho de que las crisis que se vienen sucediendo no van a tener tanto impacto en nuestras condiciones de vida. Además, tras dos años de pandemia, el turismo parece haberse recuperado y hay motivos para contar esperanzas en relación al futuro. Nosotros estamos más en la primera línea, en ese pesimismo/realismo que está presente en una buena parte de los diagnósticos, aunque nos tachen de "cenizos". 

En primer lugar, no cabe duda de que las crisis sucesivas están afectando a nuestras condiciones de vida. Seguramente las transformaciones de las sociedades, ojo que hablamos de los países más desarrollados, nos hacen ver ciertos indicadores en relación a estas condiciones de vida que están funcionando correctamente, pero otros no. El periodista de El Confidencial, Héctor García Barnés, recogía en Twitter hace unas semanas un artículo de Max Fisher en el New York Times que tenía por título "No, el mundo no se está cayendo a pedazos". Los argumentos de Fisher en relación a ciertos indicadores, así como el valor de las tecnologías y la digitalización, son interesantes. En cierto sentido, recuerdan también a los de Steven Pinker. Es un optimismo basado en la capacidad de la humanidad para seguir adelante y superar las crisis y retos a los que se enfrenta. En El Confidencial, Javier Jorrín hacía referencia a la desmitificación de las crisis que vienen, señalando que las economías están más preparadas en la actualidad para afrontar los escenarios problemáticos que en 2008, por ejemplo. Un optimismo que se argumenta con indicadores y variables macroeconómicas. Y, finalmente, estos meses también hemos observado la presencia de mensajes políticos e institucionales sobre lo bien que va la economía y el futuro que nos espera.

A comienzos de agosto, un integrante de AICTS se tomó un café con un representante de una entidad del Tercer Sector, de las más especializadas en el trabajo y atención con personas en exclusión social y en riesgo de caer en la misma. Esta persona nos comentó que estaban muy preocupados porque habían visto cómo se estaba incrementando el número de familias y personas a las que les cortan la luz. Igualmente, también indicó que temían la llegada de la campaña escolar en septiembre porque habría muchas familias con dificultades para abordar el inicio del curso y los gastos derivados del mismo. Este hecho es recurrente y, a lo largo de este verano se observan esas imágenes en medios de comunicación y en Redes Sociales de una sociedad en vacaciones, especialmente tras dos años de pandemia, pero también hay que recordar que una de cada tres personas no se puede permitir ni una semana de vacaciones, en parte por dificultades económicas. 

En definitiva, nuestras sociedades están cada vez más desequilibradas y esto supone un riesgo enorme para una cohesión social cada vez más tocada, y con riesgo de empeorar en función de las condiciones que se están generando en los últimos meses. Hay gente a la que le va muy bien, gente a la que le va bien y, cada vez más, gente a la que le iba regular que le puede ir mal. Esto lo vimos en la crisis de 2008, cuando la estructura social sufrió una transformación que se basó en la precarización de condiciones laborales y de vida. En definitiva, tenemos que evitar que estos escenarios se repitan. La evolución de nuestras sociedades, con sus luces y sombras, no debe hacernos dejar de ver que hay condiciones estructuralels que están cambiando. Una de ellas es la situación de los jóvenes en relación a sus generaciones mayores, con un descenso de su nivel de renta, hecho que está más que constatado. Podemos regresar a Héctor García Barnés y su recomendable libro Futurofobia (Plaza Janés, 2022), donde argumenta que se ha roto con la idea de progreso y que la nostalgia se centra en un pasado que percibimios como mejor. 

Queremos ser optimistas, queremos creer que podemos afrontar estos retos y desafíos a partir de una generación de condiciones que permitan que la cohesión social sea una realidad. Que las condiciones de vida sean dignas y no precarizadas. Que los empleos cuenten con buenos salarios, además de los aspectos que podríamos definir como "de calidad". Pero no parecen que los procesos vayan por esos caminos. Al contrario, parece de nuevo que la factura las van a pagar los de siempre. De esta forma, el pesimismo es más bien un realismo. Sí, hay gente a la que le va bien, y muy bien. Pero también hay mucha gente a la que no le va nada bien. Hay que volver a crear proyectos colectivos basados en la cohesión social, la corresponsabilidad, unas políticas públicas que respondan a estos desafíos del presente. Queremos ser optimistas, como decíamos, pero no vemos argumentos. 


 
















Todo va rápido

Por EQUIPO AICTS / 8 de agosto de 2022

Estamos en agosto y seguro que hay personas que leen este blog que piensan que estamos sumidos en el pesimismo. Ya en julio hacíamos referencia al otoño que nos están anunciando. Ciertamente, estamos pesimistas ante la situación en la que nos encontramos. Como señalábamos en entradas anteriores, se ha indicado que en este verano se está aprovechando, por parte de la ciudadanía, para una especie de "disfrute" debido a los dos años de pandemia y a las consecuencias de los dos años y medio casi de pandemia. Que el otoño será muy complicado debido a las condiciones energéticas derivadas de la guerra de Ucrania y de los cambios en los tableros geopolíticos. El aumento de los precios, la inflación, la escasez de ciertas materias primas y el incremento de los tipos de interés por parte del Banco de Europa son indicadores de un futuro inmediato no muy positivo. Al contrario. Y, a todo ello, hay que sumar las consecuencias del cambio climático, más acelerado de lo que se indicaba hace unos pocos años.

Obviamente, estas son consecuencias en parte de la deriva de un sistema como el nuestro, basado en la aceleración del capitalismo neoliberal a través de los caminos que se decidieron para la globalización. Si la segunda mitad del siglo XX en Occidente contó con el modelo de Estado de Bienestar, lo que llevamos del siglo XXI ha ido en otra dirección. Y, en estos momentos, parece que nos encontramos ante una especie de "tormenta perfecta" que dará lugar a un desequilibrio y a unas desigualdades cada vez mayores. Las consecuencias para las distintas cohesiones, comenzando por la social y la territorial, así como para la legitimidad del sistema. Este último hecho también está claramente visibilizado en el aumento de las opciones políticas de corte populista, especialmente de extrema derecha. 

La crisis sistémica de 2008, que se va quedando atrás como una especie de pesadilla pero menor en comparación con la que viene, presentó numerosas contradicciones de nuestro mundo. El peso de la economía financiera frente a la real, la precarización, el descenso de las políticas públicas, la precarización de condiciones laborales... Fue un shock, muy importante, y las medidas que se tomaron para afrontarlo se lanzaron sobre las clases trabajadoras. Luego, llegó una época de recuperación macroeconómica pero aquellas cifras no se veían reflejadas en buena parte de una ciudadanía que se anclaba en la precariedad. Con la pandemia del covid-19, la incertidumbre se ampliaba pero, en parte, las medidas de los organismos nacionales y supranacionales para abordar las consecuencias de la pandemia consistieron en no repetir medidas ortodoxas recientes. De esta forma, parecía que habíamos aprendido la lección de lo ocurrido en 2008. Pero, la pandemia de covid-19 y sus consecuencias también fueron intensificando la precariedad y la pobreza

Cuando la pandemia se fue mitigando debido a los efectos de las vacunas, parecía que podría entrarse en una nueva etapa de mayor optimismo, con una visión política que recuperase parte de los principios que constituyeron unas sociedades más cohesionadas. Pero llegó la guerra de Ucrania, como exponente de crisis más amplias y concatenadas. De esta forma, nuestro escenario es negativo pero es el momento de dar pasos adelante y estos no pueden basarse en recetas que, como hemos visto en las dos últimas décadas, no dan resultado sino que inciden en la desigualdad. Es necesario recuperar sectores económicos, tanto el primario y el secundario, que permita una mayor autonomía territorial. También por mejorar las condiciones materiales de los trabajadores y trabajadoras, un paso decisivo y determinante. Y, obviamente, por una estrategia y una planificación, por tener un plan que implique esa cohesión que hemos venido señalando. Esperemos que no sea tarde. 


 
















Sostenibilidad y digitalización

Por EQUIPO AICTS / 1 de agosto de 2022

Los últimos años están siendo marcados por dos principios que rigen todos los planes y estrategias de nuestras sociedades: sostenibilidad y digitalización. Desde los fondos europeos de los Next Generation hasta los planes de reconstrucción vinculados al impacto de la covid-19, hay un proceso de transformación que está vinculado a estos dos ámbitos. No hay nada que discutir en relación al fondo de la cuestión. Por un lado, la sostenibilidad es una cuestión central y determinante, en sus tres dimensiones: medioambiental, económica y social. La crisis climática es una realidad que se ha acelerado enormemente. Las olas de calor que estamos viviendo en estos veranos, los incendios vinculados a los mismos, los fenómenos metereológicos extremos y las consecuencias de los mismos, están a la orden del día. De esta forma, nuestro mundo precisa de una transformación global pero está lejos de poder darse, y especialmente en un contexto como el actual con la crisis geopolítica derivada de la guerra de Ucrania. Sin embargo, la sostenibilidad es un principio que debe ser central para nuestro presente y futuro, así como para el planeta que dejemos para las siguientes generaciones.

La digitalización también aparece en todos los planes. No cabe duda que nuestro mundo también ha acelerado la misma, especialmente en el contexto de la pandemia covid-19. De esta forma, la implementación en todos los niveles de nuestra vida de lo digital es otra realidad indiscutible. Va teniendo sus ventajas, todos lo hemos podido observar. Nos permitió en su momento teletrabajar, permite reuniones digitales, agiliza no pocos trámites burocráticos y administrativos, entre otras cuestiones. La digitalización, como decíamos, se presenta también como un horizonte necesario y fundamental, en ocasiones también se señala como la solución a no pocos desequilibrios, como los territoriales o la despoblación del medio rural.

De acuerdo pero, ¿hay caras b de estos procesos? Sí, y lo importante es cómo se tienen que evitar las mismas. Que las consecuencias de las medidas tomadas en relación a la sostenibilidad y la digitalización, y las que se vayan a realizar, no afecten negativamente a los colectivos más vulnerables y en posiciones de mayor desigualdad. Y, de nuevo, esa parece la dirección en la que nos encontramos. La digitalización ya está dejando personas y colectivos que se van quedando atrás. Si la brecha digital avanzó del acceso al uso, se consolida en mayor medida en relación a la segunda. De esta forma, lo ocurrido con los servicios bancarios y las personas mayores, que se extiende a la Administración y las sedes electrónicas correspondientes, puede profundizarse. 

En relación a la sostenibilidad, los datos e indicadores también son claros, como lo muestran numerosos estudios e informes. La rentas más bajas son las más perjudicadas por las medidas tomadas en ese sentido, así como se agudizan los desequilibrios territoriales. Y es que no son pocos colectivos y empleos los que se ven más penalizados por ellas, por ejemplo en todo lo relacionado con el transporte y la dependencia de los combustibles fósiles. Es decir, no todas las personas están en la misma posición y situación para abordar este escenario, el cual también se verá intensificado por el aumento de los precios que ya estamos viviendo claramente.

Sostenibilidad y digitalización son los caminos trazados pero hay que ir generando los mecanismos para evitar los impactos de los mismos en los colectivos más vulnerables frente a dichas medidas. De otra forma, se intensificarán las desigualdades y se perderá la legitimidad de ciertas medidas a tomar para una parte de la sociedad. Diagnósticos y planificación son cada vez más necesarios, especialmente ante los escenarios complejos y cambiantes en los que nos encontramos. 



 
















Condiciones de trabajo y tipos de empleo

Por EQUIPO AICTS / 25 de julio de 2022

El pasado 15 de julio por la tarde, en plena ola de calor en España, el barrendero José Antonio González falleció en Madrid por un golpe de calor. Fue una noticia que, durante unos días, estuvo muy presente en los medios de comunicación. No fue el único, lamentablemente a lo largo de los días se fueron conociendo más casos de trabajadores que fallecían en este escenario, además de las personas que perecen debido a las consecuencias de la ola de calor. El caso de José Antonio González escenificaba una serie de cuestiones que hacen referencia a los tipos de empleo y a las condiciones de trabajo. Es decir, nos encontramos en no pocas ocasiones con empleos precarios, con situaciones en las que no se cumplen ciertos requisitos, especialmente en un momento tan complicado como el derivado de las olas de calor que estamos viviendo, y que serán más frecuentes según se indica desde las agencias metereológicas. Hay trabajos que se desarrollan al aire libre, que se encuentran más expuestos a las condiciones climatológicas, pero no es menos cierto que deben ponerse las condiciones para evitar o minimizar esos riesgos. Por ejemplo, la realización de dichas actividades en otras horas del día, así como poner a disposición de los trabajadores los medios necesarios para que esto no ocurra. Pero no es así en un mercado laboral que ha precarizado no pocos empleos de estas características.

Por su parte, en Ethic escribía Ramón Oliver el interesante artículo "Elogio de los trabajadores esenciales". Recordarán cuando, en los momentos más crudos de la pandemia de la covid-19, en la primavera de 2020, la sociedad pareció darse cuenta de los numerosos trabajadores que, con salarios reducidos y condiciones precarias, son determinantes para el funcionamiento de la misma. Limpieza, cajeros y cajeras de los supermercados, entre otros muchos. Oliver hace una crítica sobre cómo nuestro sistema ha ido minusvalorando a los mismos, también relacionándolo con el papel de la meritocracia, en cierto sentido. De lo que no cabe duda es que estos colectivos han ido perdiendo condiciones de trabajo.

Y es que es necesario volver la vista a la evolución de nuestro mercado laboral y a la estructura que se ha ido generando en las últimas décadas. La transformación de esas condiciones laborales en un sentido negativo, la precariedad, los salarios insuficientes, y la falta de perspectivas han generado un escenario dantesco. Este hecho se puede vincular a las transformaciones que también hemos ido señañando en relación a la uberización. Con respecto al primer grupo de trabajadores, se observan procesos como el peso de las subcontratas, la derivación a empresas de servicios que abarcan todo pero que se basan en unos salarios bajos. De hecho, no son pocos los concursos de las Administraciones Públicas donde las mismas encuentran un nicho de mercado rebajando sus propuestas a límites que no son razonables. Además, sus posibilidades en las negociaciones colectivas, e incluso en la posibilidad de articularse de esa forma, se reducen. 

Es lamentable lo que está ocurriendo con las condiciones de trabajo de nuestra sociedad, agudizado en los colectivos que ya se encontraban en condiciones más vulnerables. Pero, la aceleración de este proceso abarca cada vez a más capas y colectivos. No nos engañemos, el sistema va en una dirección de polarización más amplia, con un menor peso de los empleos con buenas condiciones y salarios y un mayor peso de la precariedad, y todavía por debajo queda el grupo más afectado por la uberización y las nuevas formas de empleo. De esta forma, como también hemos venido indicando, se va rompiendo la cohesión social. De esta forma, nuestras sociedades entran en riesgos cada vez más amplios porque los ciudadanos y ciudadanas precisan de estabilidad y de unas buenas condiciones materiales de vida, de tener sus necesidades cubiertas y que sus hijos e hijas cuentan con una perspectiva de porvenir. Todo esto, lamentablemente, cada vez se cumple en menor medida o para menos personas y colectivos.