Desigualdad

Por EQUIPO AICTS / 11 de enero 2021

Una de las cuestiones centrales del debate en la actualidad es el referido a la desigualdad. En realidad, siempre ha estado ahí aunque con diferentes intensidades a lo largo del tiempo. Es cierto que, desde 2008, la cuestión de la desiguladad volvió a alcanzar una nueva relevancia por la crisis que comenzó ese año y sus consecuencias. Hasta entonces, las dos décadas anteriores se habían basado en una especie de estructura social en la que se consolidaban las clases medias pero sobre una base de barro. Y es que, esas clases medias nuevas y aspiracionales, así como las consolidadas, lo hicieron en relación al estatus, a sus diferentes signos y aspectos, mientras que lo material quedaba en un segundo plano y en una especie de subsistencia o de "vivir al día". La crisis de 2008 dinamitó todo aquello, demostrando que el sistema se había construido sobre bases muy diferentes a las décadas de consolidación del Estado de Bienestar. En su momento, ya señalamos cómo la clase media volvía a sus orígenes. Recientemente, obras como las de César Rendueles también han abordado cómo se ha transformado el modelo, centrándose en cuestiones centrales como la meritocracia.

En realidad, todo este escenario hasta el 2008 también escondía un contingente de exclusión social que no se quería ver o que quedaba oculto. Había colectivos que siempre estuvieron al borde de la misma, grupos de población procedentes de las clases trabajadoras, barrios humildes de las grandes ciudades protagonistas de los éxodos rurales del pasado, y la inmigración que en el caso de España marcaría la primera década del siglo XXI. Con la crisis de 2008, fueron estos grupos vulnerables los más afectados y a ellos se unió buena parte de las clases medias. Con la recuperación económica de la segunda mitad de los 2010, nos encontramos ante la paradoja de un crecimiento que no se veía reflejado en las clases trabajadoras y medias. Al contrario, su situación se había vuelto más precarica, el nivel de vida había crecido y el Estado de Bienestar se había adelgazado, lo que implicaba un menor número de transferencias sociales. Las transformaciones de la Globalización se aceleraron y el escenario se fue volviendo más complejo. Pero, mientras tanto, parecía que lo que iba a pasar es que se regresaría a ese momento anterior mientras que las contradicciones del sistema se iban agudizando, lo que daba lugar a no pocos cambios y riesgos en forma de movimientos populistas de extrema derecha que instrumentalizaban el descontento, aunque no contaban con soluciones para el mismo.

Y, en esto llegó la pandemia COVID-19, de la que ya hemos hablado largo y tendido en relación a la desigualdad. Como hemos venido señalando, lo que no cambia, empeora, y eso es lo que ocurrirá con la desigualdad que, si no se toman medidas muy estructurales y no parece, será cada vez más creciente. Ya hemos observado cómo se han producido un deterioro de las condiciones de vida de los grupos más vulnerables y de parte de las clases medias, especialmente aquellas vinculadas a los sectores económicos más afectados por la pandemia. Es decir, en no pocos casos, trabajos no cualificados, de salarios no muy elevados y relacionados con la hostelería, el turismo, etc. Ahí queda la situación de este último, un pilar fundamental de la economía española, pero también de la hostelería y la restauración. Los ERTEs, el aumento del desempleo y las bajas contrataciones en periodos tan importantes como las campañas de verano y de Navidad marcan la tendencia que viene a corto y medio plazo. 

COVID-19 está afectando a los colectivos más vulnerables de la estructura social, muchos de los cuales vienen ya con una mochila bastante pesada de la crisis anterior. Las rentas más bajas son las que se están viendo más afectadas por la crisis debido también a la situación ya mencionada en relación al empleo. Es significativo el impacto que está teniendo en grupos como los jóvenes y los inmigrantes, la mayor parte de los mismos con unas bases menos sólidas para afrontar la situación. Y, en todo este proceso tampoco puede dejarse de señalarse la situación de los niños y adolescentes, determinados por la situación de su hogar y de sus progenitores. De nuevo, la vulnerabilidad de una parte de este colectivo ha quedado de manifiesto. Mientras tanto, ese Estado de Bienestar determinante en la cohesión social con políticas que fueron determinantes en la consolidación de las clases medias, y que se ha visto reducido en las últimas tres décadas, especialmente en la última, también mostró sus costuras con el inicio de la pandemia. De la Sanidad a la Educación, pasando por los Servicios Sociales, fueron muchos los ámbitos en los que se mostraron los impactos de las políticas neoliberales. Aunque las respuestas de las administraciones han sido claves, queda mucho camino por recorrer para afrontar esa recuperación de un Estado de Bienestar que tiene que ser clave para afrontar los siguientes y complicados pasos. Pero, no cabe duda que tendrán que darse cambios más estructurales. Si no se producen, la situación será todavía mucho más grave y la desigualdad irá en aumento. 

Claro que, todo esto también hay que verlo desde una perspectiva más global. Y es que no debemos olvidar, al contrario, hay que decirlo muchas veces, que el acceso a las vacunas contra la COVID-19 va a ser también muy desigual. Y es que no todos los países van a acceder al mismo ritmo a las vacunas. De hecho, mientras que en Occidente ya se han comenzado las vacunaciones, y se aceleran ante la llegada de la tercera ola y de las mutaciones del virus, en muchos más países queda tiempo para que lleguen. Este hecho lo han reflejado numerosos expertos e incluso se estima que la vacuna no llegará a los países más pobres hasta el año 2023 o 2024. Las consecuencias son terribles, con todas las implicaciones que se quieran tener en consideración. Y, de nuevo, la desigualdad llama a la desigualdad y no se articulan soluciones ante ello. Desigualdad global, desigualdad interna, en fin, brechas que se expanden.










Año 2021: entre la esperanza y la incertidumbre

Por EQUIPO AICTS / 02 de enero 2021

No somos muy partidarios de hacer predicciones ni tampoco tenemos una bola de cristal que nos permita ver el futuro, obviamente. Y, todo ello, en un contexto marcado por la pandemia de la COVID-19 que ha trastocado nuestra realidad. Han pasado diez meses, casi un año, desde un marzo de 2020 en el que un virus ha provocado el mayor cambio de las últimas décadas. Asombrados por nuestra propia vulnerabilidad, las consecuencias se han dejado notar en todos los ámbitos, comenzando por las decenas de miles de fallecidos y fallecidas y siguiendo por todas las situaciones que se están generando. A continuación, dejamos una serie de aspectos que serán determinantes en este próximo 2021, que creemos que tampoco se diferenciará mucho de la mayor parte del 2020 que hemos vivido. No es ser pesimista sino ser realista y conscientes de lo que nos toca vivir. 

1. La Ciencia, el virus y las vacunas

Terminamos el 2020 con las noticias de las vacunas que comenzaban a llegar. De esta forma, la Ciencia había conseguido un avance sin precedentes fruto de la investigación pero no únicamente de este año sino desde hace mucho tiempo. La Ciencia es fundamental y determinante en nuestras sociedades y por ese motivo debe insistirse en la inversión en la misma. Sabemos, y se advierte continuamente de la reducción de los recursos en investigación científica, y la pandemia de la COVID-19 ha demostrado su innegable valor. Pero no solo en ese ámbito sino en el conjunto de la actividad cientítica, incluidas por supuesto las Ciencias Sociales. Por lo tanto, habrá que tener en consideración también que en 2021 habrá más avances pero que los mismos no serán inmediatos sino que costará tiempo. 

Pero, el virus no se ha ido ni se irá tan fácilmente, al contrario. Es un hecho constatado que hasta que no se haya conseguido una inmunidad prácticamente global, las medidas se tendrán que mantener. No se puede bajar la guardia ni pensar que el camino ya está recorrido. Queda muchísimo tiempo para ello y debemos ser conscientes, no caer en ciertas premisas y optimismos que no se cumplen. Además, se ha demostrado que el virus siempre está al acecho y que, cuando se relajan las precauciones, se produce un aumento de los contagios. Igualmente, la COVID-19 es un ser vivo que va mutando, va transformándose y adaptándose, y ya se alerta del peligro de las nuevas variaciones y cepas que van apareciendo y ante las que habrá que estar atentos, ser prudentes y dar respuesta.

2. La Salud y los cuidados

El impacto de la COVID-19 en las personas mayores ha sido una grandísima tragedia. Los primeros meses fueron terribles en ese sentido con decenas de miles de fallecidos, muchos de ellos en residencias. Hay que tener en consideración este factor para ser conscientes de la necesidad de los cuidados, especialmente de las personas más vulnerables ante el virus. Hay aspectos que no son negociables y uno de ellos es el que nos compete. Es una cuestión que va más allá de la solidaridad intergeneracional sino que habla de nuestro valor como sociedades y comunidades.

También fue el momento de descubrir las carencias de nuestros servicios públicos, comenzando por la Sanidad y los Servicios Sociales. Años de recortes y ajustes del Estado de Bienestar, de decisiones en contra de los intereses del conjunto, de políticas de corte neoliberal que priorizan las visiones mercantilistas y el individualismo, como valor supremo de nuestra época, nos han colocado en un escenario en el que las tensiones sobre los servicios públicos se han acrecentado. De esta forma, y en gran medida por el trabajo de sus profesionales, no han colapsado y han realizado una labor titánica. No estaría de más recordar que no hay que depender de este hecho sino volver a modelos de sociedad en los que la prioridad sea la cohesión social y eso solo es posible desde la corresponsabilidad. 

3. Las desigualdades y las políticas

La pandemia de la COVID-19 tiene un impacto fundamental en la desigualdad en el sentido de que la incrementa. De esta forma, las bases de las desigualdades ya marcan el camino de las consecuencias de la pandemia en todos los ámbitos. Lo es en el acceso a las vacunas (y aquí hablamos de diferencias entre países), lo es en las condiciones para hacer frente a la pandemia, lo es en el impacto económico y en el empleo, lo es...en todo. Todo esto va tener sus consecuencias en 2021, con un impacto mayor de lo vivido en 2020, lo cual tendrá consecuencias para nuestra cohesión social. En el ámbito económico, y en países como España, las consecuencias serán muy duras con aumento del desempleo y precarización de ciertos sectores que se habían convertido en centrales de nuestra economía. 

Y es aquí donde las políticas cobran una especial importancia para evitar estos procesos. Hay que ser valientes y tener una mirada a medio y largo plazo. De acuerdo que la Unión Europea reaccionó rápido pero no parece que esto vaya a ser suficiente. Y es que hay muchas personas y familias que no pueden quedarse en los márgenes de una recuperación a la que va a costar llegar. Además, está por ver qué ocurre a partir de 2022, que seguramente será un año que marque mucho más la dirección en la que vayamos que 2021. Las políticas deben regresar a modelos basados en las ya señaladas cohesión social y corresponsabilidad, abandonar las recetas neoliberales y buscar una redistribución más justa. Y no dejarnos seducir por cantos de sirena basados en procesos que pueden tener una doble cara, como la digitalización.

4. Vencedores y perdedores

Recapitulando lo anterior, hay vencedores y perdedores. Y aquí los procesos no son nuevos sino que se basan en los que ya estaban ocurriendo en los años anteriores y que se vieron acelerados por la crisis de 2008, auténtico punto de inflexión. Como hemos señalado en otros artículos de este Blog, crisis como la actual pueden suponer un cambio de tendencia o reforzar lo que estaba ocurriendo. Este es el proceso en el que estamos encaminados y por eso se debe insistir en que las políticas tienen que contar con otros rumbos y direcciones. La tierra prometida de la Globalización de carácter neoliberal está siendo lo más parecido a una serie o película distópica en los que las bases de la sociedad se van debilitando, pero no nos damos cuenta de ello porque no hay escenarios catastróficos. 

Las elites han ido ganando cada vez más posiciones mientras que las clases medias y trabajadoras iban reduciendo su margen de acción. La desigualdad se ha convertido en más estructural si cabe y la promesa de la movilidad a través del ascensor social se ha roto. Los indicadores del pasado ya no funcionan y una sociedad como la nuestra, con numerosos medios y herramientas, se ha centrado en el consumo individualista e individualizado para acumular signos de estatus. Además, estas acciones se han llevado a todos los campos, incluida la política. Hay que generar más cohesión social para evitar estos escenarios que pueden dar lugar a una crisis más profunda. 

5. La esperanza

Cuando comenzó la pandemia de la COVID-19, muchas personas señalaron que saldríamos mejores de lo que entramos, y la realidad ha demostrado que no es así. Sin embargo, no queremos cerrar este artículo sin tener una esperanza, la esperanza de que podamos como sociedades llegar a nuevos acuerdos y consensos, que tengamos la paciencia suficiente para afrontar un año 2021 que no será nada fácil, para no caer en cortoplacismos que no llevan a ninguna parte, y seguir confiando en los avances científicos, que vendrán. Pero, también hay que destacar que las fuerzas a las que nos enfrentamos son poderosas, un sistema que se ha consolidado y ha impuesto un sistema de valores que hemos comprado. Sí, no solo está en nuestras manos, pero algo podemos hacer. 








Resultados educativos

Por EQUIPO AICTS / 19 de diciembre 2020

Una de las principales noticias que suelen aparecer vinculadas a la educación es la que hace referencia a los resultados académicos de los estudiantes. Es un hecho recurrente ya que, cuando se publican las conclusiones del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos (PISA) de la OCDE, los medios de comunicación analizan los mismos y, especialmente, la comparación tanto entre países como, en el caso de España, entre Comunidades Autónomas. También son recurrentes las interpretaciones del Estudio de las Tendencias en Matemáticas y Ciencias (TIMSS) de la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA). Estas son algunas de las pruebas más importantes que diagnostican el rendimiento académico y lo interrelacionan con otras variables como el origen socioeconómico, los efectos escuela y compañero, o las condiciones ambientales en las que los estudiantes desarrollan su trabajo, junto con otros aspectos familiares y del hogar. 

Sin duda alguna, son importantes herramientas que sirven tanto para plasmar una fotografía de la situación de los sistemas educativos como para medir la evolución de los mismos, ya que permiten ver una trayectoria. Pero, por otro lado, también implican ciertos riesgos como la sacralización de estos indicadores, en el sentido de utilizarlos para señalar las bondades de un sistema educativo, nacional o regional, como para indicar sus debilidades, especialmente en la comparación. Obviamente, debemos distinguir todo lo que implica la comunicación política del valor de las pruebas y de su relevancia, siendo un instrumento útil para el análisis de los sistemas educativos aunque, lógciamente, no debe fiarse completamente el mismo a los mismos ya que existen numerosas variables y aspectos que no se recogen en estas pruebas, sin olvidar el papel de lo cualitativo.

Estos días se han publicado los resultados de las pruebas de TIMSS 2019, lo que ha provocado una nueva revisión del sistema educativo. TIMSS realiza pruebas en el ámbito de Matemáticas y Ciencias en alumnos de 4º de Primaria y 2º de Educación Secundaria (ESO). Ya el informe PISA que salió hace un año mostró el descenso y la distancia de los estudiantes españoles en estas materias, y TIMSS 2019 lo que demuestra es esa tendencia, con la existencia de una distancia importante entre los resultados españoles y la media de la OCDE y de la Unión Europea, incluso con ligero retroceso en las puntuaciones en Matemáticas y Ciencias. De esta forma, el escenario que se muestra no es muy positivo.

El sistema educativo español siempre se encuentra en cuestión, especialmente internamente, convertida la educación en una auténtica batalla donde entran en consideración cuestiones más ideológicas. Este hecho distorsiona una realidad y su percepción, como hemos podido comprobar con la aprobación reciente de la LOMLOE. Sin duda alguna, el sistema educativo español, recordemos que las competencias en esta materia están transferidas a las Comunidades Autónomas, precisa seguir incidiendo en su mejora. Hay desigualdades que se han convertido en estructurales, aunque no es menos cierto que nuestro sistema educativo ha hecho importantes avances en el impacto de las diferencias socioeconómicas en los resultados escolares, pero siguen existiendo variables que, en parte, influyen en los mismos. La situación de la segregación escolar o la situación de diferentes colectivos, especialmente de origen extranjero, sigue mostrando diferencias importantes. Es necesario prestar una mayor atención si cabe a esas condiciones ambientales y contextuales en las que se encuentran los estudiantes y dotar de mayores recursos al sistema para evitar o reducir estas brechas que existen. Sin embargo, el escenario actual derivado de la pandemia COVID-19 no nos hace ser muy optimistas y su impacto se dejará notar en los próximos años. De esta forma, si no se producen determinadas actuaciones, el susto en los resultados futuros puede ser todavía más grande. 








La salud mental en tiempos de COVID-19

Por EQUIPO AICTS / 12 de diciembre 2020

La pandemia de COVID-19 marca casi todo, es un hecho. Pero, como ocurre en cualquier contexto, hay escenarios que quedan en un segundo plano. No es menos cierto que, desde marzo, se ha escrito, analizado y hablado de todos los aspectos de nuestra sociedad y cómo se están transformando, y cómo quedarán. Uno de ellos es el impacto psicológico de la pandemia COVID-19 y las consecuencias tanto de la misma, desde un punto de vista sanitario, como de las medidas que se están llevando a cabo para afrontarla, desde el confinamiento hasta la reducción de los contactos sociales. Sin duda alguna, es un elemento central y determinante ya que es un hecho que sus consecuencias también se verán a medio y largo plazo. Además, no afecta de la misma forma a todo el mundo y, por otro lado, los medios de atención a la salud mental en España son limitados. De esta forma, nos encontramos con otro reto importante ya que, no cabe duda, que las demandas en ese sentido aumentarán. 

Desde el punto de vista psicológico, la COVID-19 está afectando a todos los ámbitos. Primero, aquellas personas que sufren la enfermedad y sus consecuencias, aunque aquí habría una amplia variedad de escenarios, pero está documentado el impacto que tiene en los pacientes que han estado en la UCI, por ejemplo. Igualmente, no podemos dejar de señalar la situación de los familiares de las personas afectadas y, especialmente, de las fallecidas, muchísimas de las cuales no han podido despedirse de sus seres queridos o han vivido el duelo en unas condiciones durísimas. Pero, por otra parte, hay que recordar también todo lo que se relaciona con el ya señalado confinamiento de marzo a mayo, cómo afecta a los individuos y cómo depende, en parte, de las condiciones del mismo, así como esas medidas necesarias de restricción del contacto social, que implica una menor sociabilidad, elemento central de sociedades como las nuestras.

Pero, la salud mental también debe estar presente a la hora de afrontar las consecuencias de la pandemia COVID-19 en la variable laboral y económica. Es decir, nos encontramos ante un escenario de pérdida de puestos de trabajo, de precarización y, especialmente, de incertidumbre ante el futuro. Y esto ocurre ante un hecho imprevisible. Muchas personas y familias ven como tanto sus condiciones de vida como sus proyectos no solo se tambalean sino que se detienen o se trucan. La mayor parte del resto de la sociedad, observa el aumento del riesgo y afronta un futuro con unas perspectivas complejas. Es decir, cómo gestinar esa incertidumbre, ese escenario que se ha institucionalizado, también es central.

Obviamente, hay diferencias entre los colectivos. Se ha insistido mucho en estos meses del impacto emocional de las medidas para afrontar la COVID-19 en las personas mayores. Tanto en residencias como en sus domicilios, este colectivo ha tenido que reducir drásticamente sus contactos con sus seres queridos ya que es el grupo de mayor riesgo. De esta forma, se ha producido un impacto en su salud mental y emocional ya que ese aspecto relacional es clave para su bienestar. También se ha incidido en a situación de los jóvenes, uno de los colectivos también señalado en estos meses como hemos comentado en otras entradas del Blog, incluso empleando el impacto emocional como una forma de explicación a determinados comportamientos. En todo caso, lo que sí que puede tener unas consecuencias es esa incertidumbre a la que se enfrentan unas generaciones que, antes de la COVID-19, ya lo tenían complicado.

En definitiva, unas consecuencias en el ámbito de la salud mental que, seguramente, están por ver en toda su dimensión, pero que precisarán de más recursos y medios para afrontarlas. Sí, desde la Psicología se habla de la capacidad de adaptación del ser humano a determinadas situaciones, que se da, y se emplea el concepto de resiliencia, pero no cabe duda que ni todo el mundo tiene la misma capacidad de adaptación, las mismas herramientas y medios, así como la capacidad de ser resiliente. 









Educación, brechas y futuro

Por EQUIPO AICTS / 5 de diciembre 2020

El día a día de la pandemia COVID-19 nos lleva a centrarnos en lo cotidiano, en la adaptación continua y en la necesidad de estar atentos y atentas. En una tarea institucional, colectiva e individual, vivimos sumidos en un proceso que consiste en ir siguiendo hasta que llegue la anelada vacuna. Mientras se anuncian las que están cerca de ponerse en marcha, no es menos cierto que también habría que ser realistas con los plazos debido a que se pueden generar expectativas que no se cumplan. Y es que, lógicamente, esto no va a ser una cuestión de un día para otro, no todo el mundo se va a vacunar el mismo día/semana/mes. Así que, seguimos en ese proceso de adaptación continua que decíamos, viviendo la "segunda ola", conteniendo la respiración ante el mes de diciembre que viene (las Navidades como ese punto de "temor") y las previsiones de "tercera ola". Pero, mientras tanto, la cifra de fallecidos sigue ahí, creciendo, a la par que las incertidumbres se mantienen. 

En este sentido, no hay que dejar de lado recuperar algunos de los aspectos clave de estos meses. Es el caso de la Educación y de la situación de los colegios e institutos. Tras tres meses de curso escolar 2020/21, es un hecho que la escuela ha sido uno de los ámbitos que ha sido menos vulnerable a los contagios, una vez que las acciones de prevención y protocolos están funcionando. Sin embargo, las brechas y desigualdades que está generando la pandemia de la COVID-19 tienen visos de convertirse en estructurales. Hace unas semanas se publicó un interesante estudio de la Fundación SM bajo el título Volvemos a clase que se centraba en una encuesta a docentes y alumnos sobre las clases on line durante el confinamiento, y posteriormente. Los resultados son claros, la docencia on line agrandaría la brecha entre los estudiantes y supondría un aumento de la desigualdad ya que hay colectivos que irían perdiendo aprendizajes y contenidos. Este es un riesgo que ya se advertía desde el primer minuto de la pandemia, el cierre de centros educativos y el confinamiento. La encuesta también refleja la preferencia de los estudiantes por estar de forma presencial en los centros, hecho fundamental no solo para el ya señalado aprendizaje sino para el bienestar emocional y físico. De hecho, un estudio de UNICEF también ha alertado sobre los efectos de este proceso, que en los últimos meses se ha podido reducir por la presencialidad pero que tiene otras dimensiones a través de la suspensión de actividades deportivas colectivas, actividades complementarias y extraescolares.

La brecha educativa es una de las cuestiones más complejas de resolver, sin duda alguna, y viene de atrás, siendo la pandemia un factor de reproducción más de la misma ya que no todos los alumnos, familias y centros están en la misma posición. Las diferencias en el acceso y uso a los dispositivos tecnológicos fueron claves hace unos meses, y se constanta que todavía quedan actuaciones por realizar que no se llevaron a cabo. Es papel de las administraciones públicas y de las autoridades educativas actuar sobre estos escenarios para evitar que los puntos de partida sigan creciendo en el devenir de las trayectorias educativas de niños y niñas, chicos y chicas, que más se han visto afectados por la pandemia. No es una cuestión de aquí y ahora únicamente sino de sentarse las bases de desigualdades futuras ya que implicará que estos colectivos estén en una posición de dificultad mayor. Seguramente, esto ya está ocurriendo aunque no tenemos suficientes datos para hacer proyecciones, pero podemos inferirlas.

Y, finalmente, todo esto opera en un contexto global, general. Es decir, no podemos entender este proceso sin contar las bases estructurales de nuestra sociedad. Si en la crisis de 2008, España redujo las partidas educativas mientras otros países europeos las aumentaban, se demuestra que ese es el camino que no debe acometerse. Pero, el escenario es incierto y la crisis económica golperará con fuerza a España. En estas circunstancias, hay colectivos que van a tener una peor situación, y son esos grupos sociales en un escenario de vulnerabilidad y riesgo de exclusión social los que contarán con menos posibilidades. Hay correlaciones entre el abandono escolar temprano, el fracaso escolar y el paro en los jóvenes, España está a la cabeza en este sentido, y el origen socioeconómico. En definitiva, hay que actuar sectorialmente y globalmente, en ese marco general, pero no sabemos si estamos en ese camino. En el caso de que no se tenga en cuenta la doble perspectiva, la desigualdad seguirá reproduciéndose e intensificando.









No se hablaba de la inmigración

Por EQUIPO AICTS / 27 de noviembre 2020

Los acontecimientos de las Islas Canarias, en relación a las nuevas rutas migratorias, han puesto el foco en el fenómeno de la inmigración, en un muy segundo plano estos meses de pandemia de la COVID-19. Las imágenes que estamos viendo estas semanas nos han recordado que los procesos migratorios no se detienen, ni con una pandemia. Muchas personas y sus familias se juegan la vida en una búsqueda de un futuro mejor que el que cuentan en sus países de origen. En muchas ocasiones, salen de los mismos debido a situaciones de guerras, conflictos o por escenarios generados por catástrofes naturales, etc. En otros muchos, el motivo es la pobreza o que las sociedades de origen no ofrecen unas oportunidades. Cuando se habla de las migraciones, algunos discursos parecen olvidar, muchas veces de forma consciente, de que estamos hablando de una necesidad, que casi nadie se convierte en inmigrante de forma voluntaria. Se pone en riesgo la vida propia y la de sus familiares, y en no pocos casos se pierde, por esa necesidad. 

Canarias se ha convertido en esa imagen de las migraciones, comparándose con Lesbos o con Lampedusa, otros lugares que han adquirido ese protagonismo en la llegada de inmigrantes a través de diversas rutas. Por cierto, que se apunta la peligrosidad de la que llega a Canarias. De esta forma, la situación de las migraciones se vuelve a poner encima de la mesa, en el sentido de cómo abordarla, qué decisiones tomar, etc. En todo caso, no parece que la solución sea sencilla, al contrario. Además, estamos en un contexto tan complejo que hace que cualquier aspecto precise de un análisis profundo. Pero no se puede nunca mirar hacia otro lado ni dejar de lado a unas personas que se están jugando la vida. Queda claro que Europa, y todos los países que la conforman, han fallado en estos cometidos. De la misma manera que no se ha conseguido poner las bases para que las condiciones de vida mejoren en los países de origen, otro fracaso.

Durante los meses pasados, se focalizó la cuestión de la inmigración en los trabajadores temporales en las zonas agrícolas. Primero fue en la zona de Lleida y luego en otros territorios. Hubo focos pero también muchos controles que evitaron escenarios complejos en colectivos que suelen encontrarse en una situación de vulnerabilidad y de estigmatización. Las condiciones precarias de estos trabajadores precisan de una intervención urgente, a pesar de los avances de los últimos años. Pero, en un contexto de pandemia como la provocada por la COVID-19, las situaciones de desigualdad y de precariedad se agudizan e intensifican.

Finalmente, dentro de todo el proceso migratorio, es necesario no olvidarse de la situación de los menores no acompañados, y de aquellos que dejan de serlo estando en este escenario. Es fundamental dar una respuesta a esta situación, son un colectivo todavía más vulnerable que cuenta con escenarios de incertidumbre y desamparo. Atender a estos menores, e insistimos en aquellas personas que cumplen los dieciocho años cuando son menores no acompañados y dejan de serlo, es una cuestión de Derechos Humanos y de solidaridad, como el conjunto de la inmigración. La pandemia COVID-19, como venimos manteniendo en este Blog, supondrá nuevos retos y desafíos, pero no dejemos de observar los que ya estaban presentes anteriormente. 










Un tejido que se va deshilachando

Por EQUIPO AICTS / 20 de noviembre 2020

El impacto económico de la pandemia COVID-19 está todavía lejos de poder ser diagnosticado en toda su extensión. Ciertamente, a lo largo de estos meses hemos ido viendo cómo las previsiones se hacían peores, en el sentido de incrementar el descenso del PIB español hasta límites dramáticos. Por otra parte, las previsiones presupuestarias quedan siempre en una especie de suspenso ya que hay que partir de que no conocemos el escenario, en función de si aparece la vacuna a corto, medio o largo plazo. Además, el impacto de los fondos europeos será visible más adelante, seguramente, pero nada, o casi nada, se puede saber de ese medio y largo plazo. Finalmente, España ha tenido que aumentar su endeudamiento, obviamente, para hacer frente a este escenario tan complejo. Y, mientras tanto, la vida se complica para la mayor parte de los ciudadanos y ciudadanas, muchos de ellos con sus empleos en ERTE, perdidos, o en una situación de incertidumbre.

Una encuesta de 40dB para El País ha señalado que el 50,5% de los españoles han perdido ingresos por culpa de la pandemia. Todavía más dramático es en el caso de los jóvenes, como ya indicábamos en el post anterior, cifra que asciende al 68,1% en los que tienen de 18 a 24 años y al 66% de 25 a 34 años. La encuesta da algunas claves más como por ejemplo que el 57% han recortado gastos de ocio y tiempo libre, el 25,5% han tenido que recortar en gastos de primera necesidad, un 15,4% han dejado de poner la calefacción o el aire acondicionado y un 11,9% retrasar el pago de recibos. También destaca que el 11,1% han pedido ayuda a vecinos, familiares y amigos y que un 10,7% han tenido que hacerlo a instituciones públicas. Ciertamente, nos encontramos ante un escenario que no es nuevo, ya lo vimos a partir de 2008, pero todo apunta que las consecuencias serán peores.

El mismo El País publicaba el domingo 16 de noviembre un reportaje sobre comercios que estaban al borde del cierre. No cabe duda que la situación del pequeño comercio es uno de los principales indicadores de las consecuencias de la COVID-19. Los cierres por los confinamientos y las medidas de restricciones para contener la segunda ola va dejando una catarata de tiendas y comercios cerrados en las ciudades. Dar un paseo por nuestras calles es ir viendo esas huellas. Y, como decíamos anteriormente, no parece que tengamos motivos para ser muy optimistas. Ahora que llegan las navidades, las cuales serán muy diferentes, se hacen llamamientos para que los consumidores compren en sus comercios de barrio, evitando las plataformas electrónicas.

Y aquí encontramos, de nuevo, otra de las grandes paradojas de nuestro tiempo. El cierre de pequeños negocios en el centro de las ciudades se acelera por la COVID-19 pero ya venía de antes. Hay que entender el papel de estas tiendas y comercios, muy vinculados al ascenso de las clases medias y a la movilidad social. El periodista Estaban Hernández lo expresa en su último libro Así empieza todo: la guerra oculta del siglo XXI (Ariel), del que hablaremos en próximas semanas. Los pequeños comercios de las ciudades, la mayor parte formados por autónomos con unos pocos empleados en el mejor de los casos, tuvieron que lidiar con la llegada de los grandes centros comerciales y de las franquicias. Este proceso provocó una sangría que fue cambiando y transformando nuestras calles. No, no se trata de una mirada nostálgica, como modelo tenía sus pros y contras, como todo. Algunos sectores desaparecieron del todo, ejemplo las tiendas de discos. Otros, aguantan pero descendiendo su volumen, como las librerías. Y podemos sumar casos como las mercerías, tiendas de ropa, etc. Con la llegada del comercio electrónico, el proceso se ha acelerado. Algunas plataformas fueron causa y efecto de todo este escenario. Además, en algunos casos no había otra vía para adquirir ciertos productos ya que habían desaparecido esas tiendas en no pocos lugares. A la vez, se nos decía que España tenía que ganar en digitalización y aumentar el peso del comercio electrónico. 

La pandemia COVID-19 ha tenido como consecuencia el aumento del comercio electrónico y la compra a través de plataformas. Durante unos meses, no quedó otro remedio por el cierre de los comercios. Pero, esta situación hizo, como hemos señalado, que se cerrasen parte de los mismos. El camino está trazado y, ante el escenario actual, el pequeño comercio afronta una nueva crisis que va a tener consecuencias sobre la estructura social, la cual sigue cambiando a pasos acelerados. El valor y el significado de este tejido va reduciéndose y ya recordamos aquellas tiendas que estaban o vemos ese local vacío del que queda el cartel. Nuestros centros se vacían y transforman en un proceso que se relacionaba también con la turistificación, en suspenso por el impacto de la pandemia. Pero, como siempre señalamos, son situaciones que cuentan con no pocos factores, interrelacionados. Transformaciones aceleradas en todo caso.











La juventud ante un nuevo desafío (o el mismo)

Por EQUIPO AICTS / 16 de noviembre 2020

Tenemos que seguir insistiendo en todo lo relacionado con nuestra juventud, uno de los colectivos que se verán más afectados por el impacto de las consecuencias de la pandemia COVID-19. En el Blog de AICTS hemos venido haciendo referencia a esta situación, enlazándolo con el escenario que ya se venía observando secularmente. No conviene olvidarlo. Y es que los jóvenes han sido un colectivo que, tradicionalmente, han estado en una situación de vulnerabilidad en relación a su inserción sociolaboral. Los indicadores son muy evidentes, y se han ido intensificando. Alto desempleo juvenil; dificultades para alcanzar un empleo de su formación y, cuando se consigue, se tardan años; empleos precarios, tanto salarialmente como en sus condiciones; retraso en la emancipación; dificultades para establecer un proyecto de vida; retraso en la edad del primer hijo; etc. Y toda esta situación se hace mucho más complicada en aquellos colectivos en situación de riesgo de exclusión social, parte de sus integrantes no acaban los estudios de Secundaria, se ven abocados a la economía informal, etc.

Estos escenarios, como decíamos, no son nuevos, al contrario. Ya se venían estableciendo desde las dos últimas décadas, habiéndose intensificado con la crisis de 2008. Si a comienzos de 2000, como hemos señalado en otras ocasiones, el problema de los jóvenes era el "mileurismo", una década después se hacía referencia a la "generación mejor formada", a una "generación perdida", o a cómo muchos de ellos y ellas tenían que dejar nuestro país en busca de mejores oportunidades. Pero, esto también tenía un efecto negativo por el mensaje que se trasladaba a los que se quedaban. En definitiva, los jóvenes fueron uno de los colectivos cuya situación empeoró más rápidamente con la crisis de 2008 y sus funestas consecuencias. Además, vieron cómo se encarecían sus estudios universitarios, las transferencias sociales descendían, las promesas de la movilidad social se rompían y se instalaban en un contexto más voluble. Por otra parte, categorizaciones como "ni-ni" hicieron un flaco favor a los jóvenes que se vieron todos y todas metidos en el "mismo saco". Como en otras ocasiones, los jóvenes eran culpabilizados de una situación que tenía mucho de estructural.

Las políticas públicas tampoco acertaban con una solución para los jóvenes, la cual pasa por su mejor inserción laboral. Pero, el modelo productivo español no está pensado para los jóvenes. En este contexto, llegó la consabida pandemia de la COVID-19 que supuso un golpe de nuevo en este colectivo. Los jóvenes se vieron con una nueva crisis, está más global y compleja, que tendrá consecuencias muy evidentes. Desde un punto de vista de la cohesión social, puede ser un punto de inflexión ya que este colectivo está en una situación de vulnerabilidad ante un mercado de trabajo más complejo e inestable. Las voces de alarma ya llevan sonando mucho tiempo, desde numerosos ámbitos se señala que debe darse una solución a los jóvenes, y más en este contexto de pandemia.

Sin embargo, los meses de pandemia han supuesto poner el foco en la juventud en otras direcciones, lo cual también ha generado un efecto contrario. Se ha producido una culpabilización al conjunto de la juventud sobre la expansión de segunda ola, por sus actividades de ocio y de sociabilidad. Es un hecho que ha habido jóvenes que lo han hecho mal, como jóvenes que lo han hecho bien. Y como se han producido comportamientos en el conjunto de la sociedad que han incidido en la expansión de esa segunda ola, pero no exclusivamente de los jóvenes. Por otra parte, también se ha infantilizado en no pocas ocasiones a los jóvenes, no habiendo contado con su voz, sus experiencias y sus sentimientos ante la situación, pero también siendo conscientes de que es un escenario que nos está afectando a todos y todas. Sin embargo, las consecuencias de la pandemia serán muy graves en sus proyectos de vida y en sus expectativas, que ya estaban muy tocadas en el pasado. De esta forma, son necesarios cambios estructurales, de una vez por todas, porque nos estamos jugando el futuro de nuestras sociedades. Y ese futuro pasa por los jóvenes.












Los riesgos para la Universidad en un tiempo de pandemia

Por EQUIPO AICTS / 9 de noviembre 2020

Hace unos meses, cuando analizábamos en el Blog de AICTS los impactos y consecuencias de la pandemia COVID-19 en diferentes ámbitos, hacíamos referencia a lo que estaba ocurriendo y podría pasar en relación al sistema universitario. Por una parte, como en el caso del conjunto de la educación, había que tener en consideración el impacto del cierre de las aulas durante los meses finales del curso 2019/2020. Este hecho incidía en aspectos como la preparación de las universidades por la digitalización, hecho aprovechado por los deterministas tecnológicos para trasladar las bondades de un modelo on line que tiene otras derivadas. Pero, de nuevo, la realidad se impuso y volvió a constatarse el valor y la necesidad de esa presencialidad en no pocas ocasiones. En cuanto a las brechas digitales, estas aparecieron también a través tanto de la de acceso como, y especialmente, la de uso. Por otro lado, las investigaciones también se vieron afectadas porque buena parte de ellas tuvieron que detenerse, aplazarse e incluso suspenderse.

El comienzo del curso 2020/2021 generaba las dudas pertinentes por las medidas para prevenir los contagios del virus COVID-19. En clases que, por sus dimensiones, hacían imposible la presencialidad, se estableció el modelo on line. Por otra parte, se mantenían en no pocos casos los grupos reducidos, situados en veinticinco personas. Pero, algunas regiones ya han establecido la virtualidad de todas las clases, con el impacto consiguiente. Por otra parte, también hay que tener en cuenta las diferencias entre las regiones y ciudades, no es lo mismo las grandes universidades, que precisan sistemas de transporte público con los riesgos que implica, que las más reducidas y situadas en localidades de menos dimensiones.

Sin embargo, las consecuencias de la COVID-19 ya se dejan sentir en las universidades en otros sentidos. El País alertaba de esta situación en dos direcciones en un artículo del 2 de noviembre. Por una parte, se explicitaba el "riesgo de deserción" ante las clases on line, lo que implica un cambio en las metodologías y, además, la suspensión de prácticas en diferentes ámbitos en las que son imprescindibles. Por otra parte, también se produjo el hecho del aumento de matrículas en determinados grados, bien por la elección del mismo o bien por la cercanía al domicilio familiar ante la posibilidad de nuevos confinamientos, lo que ha dado lugar a que muchas personas no puedan estudiar el grado elegido, hecho que habría pasado en cursos anteriores con las notas disponibles. Además, también se incidía en el cambio en la vida universitaria y en las sociabilidades con unos campus que no tienen nada que ver con los cursos pasados.

Obviamente, las situaciones son diferentes en función del tipo de universidad y de localidades en las que se ubican, como hemos señalado en el caso de las medidas. Pero, no cabe duda de que los riesgos y las incertidumbres se han incrementado en estos meses, a la par que el esfuerzo de la comunidad universitaria se intensifica para dar respuesta a la situación tan compleja en la que nos encontramos. De la adaptación que tiene que darse, y va para largo, y de los principios que la guíen depende que el modelo de Universidad corrija o frene ciertas tendencias muy vinculadas a la mercantilización de la educación superior y de la competitividad en la investigación. Y es que, en definitiva, debe primarse la función social de la Universidad como un elemento vector de la misma, especialmente en tiempos convulsos como los actuales, que ya venían con tendencias que cuestionaban el papel de los estudios superiores y que ven cómo la movilidad social, asociada a la educación, se ha quebrado. No hacer una universidad elitista no depende únicamente de nosotros, pero tenemos parte de los medios para evitarlo. 














La dureza de un noviembre de 2020

Por EQUIPO AICTS / 31 de octubre 2020

Termina un mes de octubre que nos ha llevado a una segunda ola de la pandemia de la COVID-19 que, de forma acelerada, nos devuelve prácticamente a la casilla de salida, a marzo de 2020. El desánimo cunde en una sociedad sobre la que pesa, como una sombra alargada, el confinamiento domiciliario en el mismo sentido que los meses de marzo, abril y mayo. Aquel momento fue durísimo, el impacto de la situación sanitaria, los fallecimientos, y la sensación de incertidumbre se fueron imponiendo hasta que se consiguió "doblar y aplanar la curva". De esta forma, nuestras sociedades tuvieron un regreso a una cierta "normalidad" que se sabía iba a estar condicionada por la COVID-19. Mascarillas, hidrogeles, distancias, etc., se hicieron cotidianos en una nueva sociabilidad que rompía con algunas de nuestras convenciones sociales. Mientras tanto, se trataba de recuperar la economía, especialmente en aquellos sectores con un mayor impacto de la COVID-19, como todo lo vinculado con el turismo, el ocio y la cultura. Parte de ellos no llegaron apenas a situarse en la línea de salida y, el resto, se enfrentaron a los escenarios que vimos estos meses pasados. Además, la vuelta al colegio era el horizonte de "temor" más importante.

Sin embargo, las advertencias de lo que podía pasar estaban ahí, parte de los epidemiólogos advertían de lo que podía ocurrir. Y está pasando. Ahora mismo, a punto de comenzar noviembre, la mayor parte de las Comunidades Autónomas españolas tienen medidas de restricción de los movimientos, algunas han cerrado la hostelería y la restauración, mientras que los contagios y las hospitalizaciones, así como los fallecimientos, crecen. En otros países de Europa, ya se han adoptado medidas más contundentes. De esta forma, se trata de ver si se puede evitar el confinamiento total, la paralización de la actividad y el cierre de las escuelas, mediante las acciones de restricciones, cada vez más duras. 

Se avecina un mes de noviembre durísimo, con la incertidumbre y el temor a lo que está por venir. Por una parte, un virus que es incontrolable y que no da tregua. Por otra parte, una solución que ya no se vende como cercana, a través de vacunas y remedios que puedan atajar en el corto plazo la situación. Ni siquiera en el medio. Este es uno de los grandes cambios de los últimos dos meses, ese optimismo que aparecía en relación a los remedios contra el virus y el contar con una vacuna incluso en otoño han ido descendiendo, incluso desapareciendo. De esta forma, se impone la realidad más cruda. La esperanza es necesaria, por supuesto, pero también unas expectativas realistas que no se basen en deseos que no se pueden cumplir, como se ha visto. 

También hemos señalado en otras entradas el papel de las administraciones y de la ciudadanía, cómo la mezcla de una falta de previsión y de actuaciones apresuradas, junto con una parte de la sociedad, que creemos minoritaria, ha contribuido a provocar la situación actual. Estamos en un escenario muy duro y complejo de nuevo, con una ciudadanía muy agotada, con una población que ve cómo sus familiares y personas cercanas enferman y fallecen; con unas incertidumbres de futuro durísimas que afectan a todos los ámbitos de la vida; con un contexto económico que se presenta extremadamente grave en todos los plazos. El reto es mayúsculo, no cabe duda y este mes que entra, noviembre, nos vuelve a poner a prueba en mayor medida. 














Encrucijadas

Por EQUIPO AICTS / 25 de octubre 2020

La realidad se ha impuesto finalmente. La segunda ola de la pandemia COVID-19 no es ya una ola sino un tsunami, por seguir por las metáforas que tanto gustan en estos meses. Ciertamente, no es que no se hubiesen producido los pertinentes avisos sobre los potenciales riesgos a los que nos enfrentábamos. Primero fue España la que, de forma destacada, vio cómo subían sus casos activos y pacientes. La transmisión se destacaba y se entraba en el debate sobre nuestra sociedad y cultura, sobre la confrontación política y otros factores internos tan del uso en cualquier contexto, incluida nuestra propia forma de ser. Pero, en pocas semanas el resto de Europa no ha espacado de esta situación y la expansión de nuevo del virus se muestra imparable.

En todo este contexto, la sombra de los meses de marzo, abril y mayo son muy duras, no solamente por los datos que se manejan y por las medidas que se toman sino por ¿cómo hemos llegado a esta situación? Ciertamente, no cabe duda de que nos encontramos ante un fracaso colectivo en todas las dimensiones. Hay muchos aspectos que abordar y no pocas dudas y debates abiertos. El más importante es el hecho de dónde se pone el foco de la responsabilidad: en los comportamientos individuales y colectivos o en los recursos públicos destinados a atajar la pandemia, o a controlar el golpe. De momento, se ha hablado de los dos, se ha hecho mucho hincapié en los primeros, y menos en el segundo.

En cuanto al comportamiento individual y colectivo, vaya por delante que es complejo e injusto culpabilizar a unos colectivos concretos. Los jóvenes y los universitarios se han convertido en el centro de las acusaciones durante estos dos últimos meses. Pero, ni todos los jóvenes han sido irresponsables, ni mucho menos, ni todos los mayores se han comportado de forma responsable. ¿Ha habido una relajación en los hábitos que son necesarios para contener la pandemia?, sí porque eso se puede observar en la calle, por mucho que nos duela. Además, y lo más importante, hay constancia en los datos que se tienen de los contagios de la procedencia de lo social y lo familiar como orígenes más destacados de los mismos. Entraría aquí el debate sobre nuestras culturas, nuestras formas de vida, el civismo, el individualismo y el egoísmo, así como la sensación de impunidad de ciertos colectivos ante el virus. Y no es que no se tenga información suficiente sobre un virus que lleva casi ocho meses condicionando nuestras vidas. Se podría argumentar en relación a qué ha fallado para que haya ciudadanos que se hayan relajado. Un artículo del filósofo Byung-Chun Hal incidía en el papel de los valores cívicos en la contención del virus en los países asiáticos, en comparación con los imperantes en Occidente.

En segundo lugar, pero igual de importante, está el papel de las administraciones que han tenido en la gestión de la pandemia, en su conjunto. La revista The Lancet insistía hace unos días en una valoración negativa en el caso de España, algo que ha sido también constante estos meses. No cabe duda que la confrontación política, el partidismo y las tensiones territoriales son muy perjudiciales para gestionar la pandemia, y en España no nos hemos bajado de la arena del enfrentamiento, con unos actores políticos muy empeñados en erosionar a unos gobiernos que, no cabe duda, también han cometido errores. Este escenario genera más confusión e incertidumbre en los ciudadanos, a la par que se cuestiona la legitimidad de las instituciones, todo un dislate. Pero, siendo importante este hecho, nos parece más relevante el hecho de que las previsiones de lo que podía venir no parece que hayan sido suficientes para lanzarse a una acción centrada en el refuerzo de la Sanidad pública, de los hospitales, las UCIs y los centros de Atención Primaria. En este sentido, se echa en falta un esfuerzo mayor en un sistema que, además, acabó desbordado y muy exhausto tras la primera ola de la pandemia. Este hecho genera desazón igualmente, aunque por otros motivos. De la misma forma que también habría que reforzar los Servicios Sociales y el ámbito de la Educación, hecho que no se ha producido en la medida de lo necesario. De esta forma, el resto de servicios públicos también se ven desbordados para atender las necesidades crecientes.

En definitiva, nuestras sociedades están en una encrucijada que parece que llevará a nuevas medidas de confinamiento, aunque en este caso no absoluto como en la primavera. Sí que se limitará todo lo relativo al ocio que implica mayores interacciones y menos posibilidad de control, con toques de queda, cierres de bares, etc., pensando que ahí estará una de las claves. Veremos si es así, mientras que el virus sigue comportándose a veces de formas inesperadas, lo que dificulta la gestión de la situación. De momento, seguiremos en esas encrucijadas y viendo cómo se resuelven los medios públicos que deben ponerse para afrontar la situación, a la par que se pone el foco en los comportamientos. ¿Se mejorará la situación de los recursos públicos en Sanidad pero también en Servicios Sociales y Educación?, ¿aumentará la responsabilidad individual y colectiva?, ¿aprenderemos algo para las posibles siguientes olas que vengan mientras esperamos la vacuna o algún remedio?














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