El debate de las pensiones y cuándo (y cómo) te podrás jubilar

Por EQUIPO AICTS / 26 de julio 2021

No hay lustro en el que no se aborde la cuestión de las pensiones. Hace unas semanas, el ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, levantó una enorme polémica por la reforma de las mismas que hacían referencia a cuestiones como el retraso en la edad de jubilación, las cuantías, las penalizaciones por jubilaciones anticipadas y las bonificaciones por la demora en la edad de jubilación. Como decíamos, la polémica fue enorme y el ministro tuvo que rectificar sus declaraciones ante la contestación que se sucedió desde los diferentes ámbitos y agentes sociales. Las pensiones siempre están presentes en los debates pero es una de las materias más polémicas y sensibles, más difíciles de abordar, y más en un contexto de cambio y transformación, en todos los ámbitos pero especialmente en el caso del empleo, que estamos viviendo.

No cabe duda que, las pensiones, es uno de esos pilares básicos del Estado de Bienestar, siendo anterior al mismo. Ya en el último tercio del siglo XIX comenzaron a articularse sistemas de protección para los trabajadores cuando se retirasen de su vida activa, también con una intención de evitar el conflicto social. En el caso español, el Instituto Nacional de Previsión de 1908 fue una de las primeras articulaciones de este sistema. A lo largo de las décadas, el sistema de pensiones, dentro de todo el ámbito de la Seguridad Social, se iría ampliando y perfeccionando. Se consideraría un derecho básico y se irían precisando aspectos como el caso de las pensiones no contributivas. No hay que olvidar el carácter contributivo del mismo, es decir, se cotiza en función del tiempo trabajado y las condiciones laborales, el salario, importa y mucho. Los cambios en la estructura social, la demográfica y la productiva han ido condicionando un debate que se ha basado en gran parte en la sostenibilidad del sistema. En el caso español, las generaciones que hemos vivido estas décadas siempre tenemos en mente el Pacto de Toledo de 1995. En definitiva, el sistema de pensiones también hace referencia a dos principios básicos de la cohesión social como son la corresponsabilidad y la solidaridad. 

Pero, cómo hemos señalado, la cuestión de la sostenibilidad es la que marca el debate. En las dos últimas décadas, hemos asistido a un proceso de envejecimiento de la población, comenzando a entrar en la edad de jubilación las generaciones del "baby boom", las primeras. Son generaciones que contaron con empleos más sólidos y estables que las generaciones que ahora están comenzando a cotizar. Y, además, está la cuestión del descenso de la natalidad y todo el escenario que se ha desarrollado en las últimas dos décadas en relación a la estructura demográfica. Igualmente, los cambios en el empleo y en las condiciones laborales y salariales también tienen unas consecuencias directas ya que se cotiza menos, los ingresos se reducen y, estos trabajadores y trabajadoras tendrán menos base de cotización. Hay que añadir que también son generaciones que entran más tarde en el mercado laboral, con menor estabilidad. Y no debemos olvidar un colectivo como el de los autónomos con sus situaciones de cotización. A todo ello, se suma la cuestión de las pensiones privadas y ciertas sombras de mercantilización. En definitiva, un nuevo escenario complejo.

La sostenibilidad de las pensiones va a ser uno de los grandes debates en las próximas dos décadas por el contexto que hemos mostrado. Unas pensiones de calidad contribuyen decisivamente a un buen nivel de vida de las personas mayores que han alcanzado la edad de retiro, hayan cotizado o no. Es una cuestión de cohesión social que no debe olvidarse. Sin embargo, el diagnóstico está claro y los riesgos son cada vez más elevados. Las reformas que deban emprenderse tienen que estar orientadas a una sostenibilidad de calidad y no a que las generaciones que ahora están trabajando o están intentando entrar en el mercado de trabajo tengan claro que se jubilarán más tarde y que sus pensiones serán peores que las actuales. No podemos ni debemos retroceder en estas cuestiones. En España, en la actualidad, la edad de jubilación es de 67 años y de 65 años cuando se acreditan 38 años y seis meses de cotización. Las voces más agoreras, o realistas para otras personas, señalan que la edad de jubilación seguirá creciendo, además de que las condiciones serán peores. Un desafío mayúsculo. 







La clase media sigue en retroceso

Por EQUIPO AICTS / 19 de julio 2021

Una de las cuestiones que más se están analizando, lógicamente por su impacto en el conjunto de la sociedad, es la transformación de la estructura social. La crisis de 2008 reventó algunas costuras que estaban fijadas débilmente, especialmente en los aspectos vinculados a la movilidad social. Es un hecho que esa estructura social basada en las premisas del Estado de Bienestar, en unas políticas públicas que aseguraban unos niveles mínimos y en la ya señalada movilidad social, se había convertido en una premisa del sistema de posguerra tras la Segunda Guerra Mundial. Un modelo que tuvo sus muchas luces y sus sombras, algunas. En el lado positivo de la balanza, esa evolución hacia las clases medias gracias al acceso a la Educación superior, lo que permitía el acceso a mejores empleos. Los hijos e hijas el éxodo rural y de las clases trabajadoras, obreras e industriales, iban alcanzando cotas de bienestar desconocidas, también sustentadas en el trabajo de las generaciones anteriores. Además, se ponía en valor el estatus, como un elemento diferencial, vinculándose la clase media no solo al capital económico sino al social, al cultural y al simbólico. Y, claro, a todo esto habría que incorporar la propia evolución del capitalismo y del consumismo, junto con su relación con la Globalización.

Los críticos de la clase media han centrado buena parte de sus cuestionamientos de la misma en su conservadurismo. Es decir, el Estado de Bienestar, y la clase media vinculado al mismo, habrían sido una estrategia para que buena parte de la población que, en gran medida, podrían tener una sensibilidad política de izquierda fuesen conservadoras. Conservador en el sentido también de mantener lo que se lograba. Es una visión que, en las dos últimas décadas, tiene que matizarse ya que operarán otros procesos que se han extendido al conjunto de las clases sociales. Es decir, ese individualismo y consumismo desbocado que está unido al modelo neoliberal. Sin embargo, dejan de lado esas visiones, y algunas que han surgido en los últimos años, el escenario de la movilidad social, la legitimidad de la misma. Es decir, ¿significa que hay colectivos y grupos que deben permanecer en su "categoría"? En todo caso, la definición de clase media siempre ha sido problemática y ha contado con dificultades operativas, incluso teniendo en cuenta la dimensión subjetiva. Pero, igualmente, y finalizando con este párrafo más teórico, puede que haya fallado, o faltado, cierta pedagogía para poner en valor a las políticas públicas y a las transferencias sociales la cual hubiese podido contrarrestar el crecimiento de los valores neoliberales. 

Sin embargo, los procesos de deterioro de la clase media, y de la mayor parte de la sociedad, sigue su curso y la pandemia no ha hecho más que acrecentar este proceso. La semana pasada se publicaron los datos de la Encuesta de condiciones de vida del Instituto Nacional de Estadística y los indicadores mantienen esa tendencia, intensificada con las consecuencias de la pandemia de la covid-19. El 20% de los hogares españoles llega con dificultad al final de mes, un 35% no tienen capacidad para hacer frente a gastos imprevistos y un 33% no pueden permitirse irse una semana de vacaciones. Y, cuando en los hogares hay menores, las dificultades se agravan. Son datos que no sorprenden y, obviamente, los colectivos en situacines más vulnerables son las que tienen más dificultades. El deterioro del mercado de trabajo y de las condiciones laborales, el aumento del coste de la vida, la reducción de las ayudas familiares, institución muy tocada desde la crisis de 2008 en el sentido de su capacidad para apoyar a sus integrantes en dificultades, y ahora la crisis de la covid-19, intensifican este escenario que incide en las condiciones materiales. Un proceso que es paulatino y a través del cual, como hemos escrito en algunas ocasiones, "la clase media vuelve a casa". Este escenario intensificará el debate sobre la propia estructura social y, especialmente, sobre las soluciones al deterioro de esas condiciones materiales que son determinantes. 








Algunas cuestiones sobre la Educación Superior

Por EQUIPO AICTS / 05 de julio 2021

Uno de los ámbitos de los que siempre surgen noticias, estudios y debates es el de la Educación. Es lógico. La Educación cubre buena parte de nuestras vidas en diferentes formas. Formamos parte del sistema educativo a lo largo de nuestra infancia y juventud, nos forma, socializa y cada vez cubre más funciones. Una vez superada la educación obligatoria, hay diferentes vías y, en el caso de optar por la más amplia, la universitaria, el proceso se alarga, incorporándose cada vez más másteres y programas de Doctorado por las demandas del mercado educativo. Las mismas, entre otros factores pero siendo determinantes, que hacen que nos encontremos con una creciente educación a lo largo de la vida o también conocida como "Educación de Adultos". Además, si se tienen hijos, se ocupará un nuevo rol en el sistema educativo como padre o madre, lo que te vinculará otras décadas con el mismo. Finalmente, no son pocas las personas que están en el mismo de forma profesional y laboral. En definitiva, un ámbito amplísimo. Igualmente, la Educación es una buena medida de las características de una sociedad, aunque a la par se le suele exigir mucho más de lo que puede dar, demandándole responsabilidades que exceden sus posibilidades, como todas las cuestiones vinculadas a la desigualdad social y más en un contexto tan complejo como el actual y tan sometido al cambio continuo. Sin embargo, el impacto de la Educación queda reflejado en no pocos aspectos, de su papel en procesos redistributivos y equitativos a la movilidad social. Obviamente, y como decíamos, no llega a todo, no puede. Los factores externos al sistema educativo, aunque se encuentra en interrelación con los mismos, tienen un gran peso.

Este párrafo de introducción y de contextualización viene debido a que han surgido dos noticias en las últimas semanas relacionadas con la Educación Superior y su impacto. Hemos abordado cuestiones sobre la misma en no pocas ocasiones en el Blog de AICTS, además de tener en cuenta el peso del origen socioeconómico en el acceso a la Universidad, el papel de las becas y ayudas, etc. Aunque la Educación Superior ha alcanzado un elevado avance en España, accediendo una parte de población para la que era prácticamente inabarcable, debido a los orígenes socioeconómicos, siguen existiendo colectivos que no llegan a la Universidad ni tienen las posibilidades. En un país como España que cuenta con un elevado porcentaje de abandono escolar temprano en comparación con los países vecinos, esos grupos de población están en una clara situación de desventaja. A este hecho hay que añadir que, entre los que llegan, también hay diferencias, desde las territoriales hasta el tipo de estudios, pasando por los estudios de Máster y Doctorado, barrera que, por motivos económicos, no pocos estudiantes se encuentran. En definitiva, un nuevo escenario complejo.

La primera noticia ahonda en estos aspectos. El siempre interesante Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de la Universitat Autónoma de Barcelona ha publicado un nuevo número de su Perspectives Demogràfiques correspondiente a julio de 2021. Bajo el título de "Vivir menos y con peor salud: el peaje de la población menos instruida en España", y firmado por los investigadores Amand Blanes y Sergi Trias-Llimós, aborda a través del cruce de datos el impacto del nivel educativo alcanzado en la esperanza de vida. De esta forma, en España, una persona que cuente con estudios universitarios vive entre tres y cinco años más que la cuenta con primarios. Es un dato revelador que conviene destacar de nuevo. La educación tiene un efecto acumulativo, un impacto en el nivel de vida que las personas pueden alcanzar. Los autores señalan tres penalizaciones del menor nivel de estudios: la propia esperanza de vida; la segunda en la equidad en la supervivencia ya que las personas con menores niveles de estudios cuentan con mayor dispersión en la edad de defunción frente a la mayor homogeneidad en el caso de las que cuentan con estudios superiores; y la tercera incide en una "mayor prevalencia a menor formación de condiciones de mala salud autopercibida y de limitaciones para el desempeño de actividades", lo que implicaría menos años con calidad de vida. Los autores inciden en algunas cuestiones como que los datos se refieren a un periodo concreto, 2017-2019, o la determinación de las condiciones de salud en la Educación, en el caso de algunos individuos, incidiendo en que deben desarrollarse políticas públicas que aborden estas cuestiones, con mayor pertinencia si cabe en tiempos de covid-19. En definitiva, un interesante trabajo que muestra ese valor de la Educación así como la relación con el ámbito de la Salud. 

La segunda noticia también se relaciona con las desigualdades. En este caso, la fuente es el estudio y el ranking que elabora la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE) sobre las universidades españolas. En el mismo, se hace hincapié en que el 13% de las carreras ofertadas por las universidades responden a las demandas digitales del mercado. Este hecho precisaría una reflexión y un debate que no es nuevo, en el sentido de la situación del sistema universitario español y su relación con el mercado laboral, pero se suele echar la culpa de este escenario a la Universidad y no al mercado laboral, que también tendrá su parte de culpa. El dato que nos interesa más desde el punto de vista de las desigualdades hace referencia a que Madrid y Cataluña estarían concentrando el 70% de las consideradas como titulaciones innovadoras, señaladas mayoritariamente como digitales. Esta situación incide en las desigualdades territoriales, en la concentración de algunas posibilidades en algunos lugares concretos, generalmente las grandes ciudades, y en la necesidad de repensar algunos aspectos relacionados con la oferta universitaria. Aunque algunos aspectos de esa concentración son inevitables, en función de las sinergias con otros ámbitos económicos y demás, otros son evitables, pudiendo producirse una especialización de diferentes universidades, mediana y pequeñas en formaciones de las denominadas innovadoras.

Hemos presentado en este artículo dos noticias vinculadas a la Educación Superior que tienen su relación con las desigualdades. Son procesos que se seguirán dando, en esa interrelación con el entorno, pero a los que debe prestarse atención en un contexto tan difícil como el de la covid-19. Luego, cuando las consecuencias puedan ser inevitables, será necesario no venir lamentándose de no haber afrontando determinadas medidas. 









Lo que nos une

Por EQUIPO AICTS / 21 de junio 2021

Hay un elemento central en todos los estudios acerca de la sociedad, y que no deja de ser determinante: qué nos une. O, dicho de otra forma, en qué se basan los vínculos que conforman una colectividad. Es la gran pregunta y las respuestas se vienen dando desde siempre, desde la Filosofía a las religiones, hasta llegar a los orígenes de la Sociología cuando sus grandes fundadores, como Durkheim y Weber a la cabeza, se centraron en esta cuestión, dentro de la diversidad de sus intereses, danto un papel central a los valores. También, obviamente, Marx se fijó en este hecho. Mención especial merece la diferenciación entre comunidad y sociedad de Tönnies. Y podríamos seguir durante largo tiempo con la cuestión que sigue siendo determinante, afectando a todas las dimensiones de nuestras realidades, relacionándose con los derechos y el concepto de ciudadanía, desde muchísimo tiempo antes obviamente. Qué nos une, cuál es el "pegamento" que nos vincula es uno de los aspectos clave para la conformación de una sociedad y de un tipo u otro. Es un debate central que nunca dejará de estar presente, no se pretende tampoco buscar una solución al mismo.

En todo caso, estos aspectos de los elementos que cohesionan a una sociedad deben también ser compatibles con visiones liberales que ponen el foco en el individuo. Lógicamente, la evolución de nuestras sociedades en relación a la reducción de ciertos lazos que constreñían ese desenvolvimiento individual y restringían la libertad de acción, ha sido positiva. Los seres humanos viven en sociedad y ese hecho lleva a la necesidad de articular esos vínculos que señalábamos anteriormente. Es evidente que no podemos caer en algunos que deben ser superados, en la medida que todavía están presentes en determinadas concepciones políticas, sociales y culturales, como son los relacionados con identidades colectivas excluyentes. Por otra parte, los valores ciudadanos y civiles son fundamentales, aunque se observa cómo, lamentablemente, no son suficientes en no pocas ocasines para cohesionar esas sociedades, estando más presentes los elementos más emotivos y afectivos. Un ejemplo de esta situación es lo ocurrido con la Unión Europea.

Lo que nos une es el formar parte de un conjunto, de unas sociedades, que están interrelacionadadas, en las que existe una corresponsabilidad entre los unos y los otros, siendo clave para la cohesión social, sin olvidar el peso del individuo. Los modelos basados en el Estado de Bienestar, en las políticas públicas que no dejaban en manos del mercado determinados aspectos, han sido claves en este sentido, compaginando, con sus debilidades, estas dos vías. La cohesión social es indisociable de este proceso pero esta se puede ver deteriorada cuando una perte de la sociedad no se encuentra en unas condiciones de vida dignas o las desigualdades son manifiestas, se reproducen constantemente, y no existen posibilidades de generar mecanismos de reducción de las mismas o de equidad. Es un momento en el que seguramente nos encontramos.

Este hecho viene derivado, igualmente, de ciertas políticas y valores neoliberales que han superado ampliamente otros conceptos y que han contribuido a unas sociedades más individualistas. De esta forma, los vínculos de lo común quedan debilitados y la solidaridad orgánica también. Es necesario repensar la cuestión de los vínculos, de lo que nos une, en un momento tan complejo como el que nos encontramos. Si no somos conscientes de este hecho, el riesgo de que otras visiones de la sociedad alcancen un mayor alcance es muy real, y está ocurriendo. Y nos referimos a esas visiones excluyentes en el peor sentido de la identidad, las que utilizan a la nación, la religión, la etnia, etc., para lanzarla contra otros, para marcar una línea entre los "unos" y los "otros" y que emplean a la alteridad como arma arrojadiza. Debemos evitar esos escenarios y ser conscientes de las bases de las sociedades, de las cohesiones sociales, recuperando algunas de las premisas que construyeron unas sociedades más justas e igualitarias. No se trata de negar las complejidades del momento actual, de las nuevas realidades de las dos últimas décadas, del papel de la Globalización, etc., sino que se trata de esa cohesión social. Si lo dejamos todo en manos del mercado, del individualismo basado en el consumismo y del "sálvese el que pueda", estamos perdidos. 













La juventud española

Por EQUIPO AICTS / 07 de junio 2021

Desde el Blog de AICTS, hemos escrito en numerosas ocasiones de los jóvenes en España, entendiendo esta categoría de forma amplia, hasta los 35 años. Lo hemos hecho para referirnos a su situación en general. Lo hemos hecho también por el impacto de escenarios y crisis como la de la covid-19. El diagnóstico es conocido: dificultades para acceder al mercado de trabajo, llegada al mismo en condiciones precarias, barreras para poder conformar un proyecto de vida, emancipación que se alarga en el tiempo, etc. Estos son escenarios que se han recrudecido en las últimas dos décadas y que nos han llevado a una situación que no tendríamos que permitir como sociedad, por numerosos motivos, desde los derechos hasta la cohesión social. Sin embargo, el escenario va lejos de mejorar, al contrario, y ya señalamos en su momento que la crisis de la covid-19 daría lugar a una nueva encrucijada para este grupo de edad. Mientras tanto, desde los diferentes poderes públicos, y desde el conjunto de agentes que conforman la sociedad, poco se ha hecho para evitar este camino. Es cierto que se ha caído en los mantras de rigor, desde "las generaciones mejor formadas", hasta "la fuga de talentos". Pero hay trampa en estas lamentaciones, muchas veces lanzadas desde aquellos grupos que tendrían que trabajar más por la solución. En cuanto a las generaciones mejor formadas, la evolución de la cualificación de la sociedad española ha sido excepcional desde la década de los ochenta, con la llegada a estudios superiores de amplias capas de la población procedentes de las clases trabajadoras y medias. Nuestro Estado de Bienestar, y el sistema educativo, tendrán sus limitaciones y carencias, pero este proceso ha sido un éxito. Además, también hemos transmitido a los individuos que "pueden ser lo que quieran", que desarrollen sus vocaciones pero, cuando lo han hecho, se les lanza el mensaje de que "has estudiado la carrera equivocada". Esto es lamentable porque carga en la responsabilidad individual la situación de una vida, en función de esa decisión, puro neoliberalismo. Evidentemente, hay estudios con más facilidad de acceso al mercado de trabajo que otros, pero ¿no será que falla el sistema y el modelo productivo cuando no es capaz de dar una respuesta a la cualificación que somos capaces de generar como sociedad?, ¿no se cae en una deslegitimación del mismo?, ¿qué mensajes estamos lanzando a los individuos a los que se les dice que se desarrollen como personas y profesionales pero a los que culpabilizamos por elegir esas vías, a través de unos estudios, por ejemplo?

Igual de duro es el mensaje de "la fuga de talentos". Fue un mantra con la crisis de 2008 que se vuelve a repetir ahora. Después de haber formado a gente al nivel descrito anteriormente, tienen que irse a buscar trabajo fuera de España porque no hay opciones. Muchos de ellos son personas cualificadas, otras no, pero con la covid-19 ya se ha puesto de manifiesto la precariedad de la Ciencia en España, por ejemplo. El problema es que hay mucho de mitificación en esta visión porque conocemos casos de éxito pero no muchas otras realidades. Al desarraigo, a la emigración, a las dificultades de comenzar en otra sociedad, con otro idioma, etc., se suma el hecho de que nadie te garantiza, ni allí ni aquí, que las cosas vayan a salir bien. Tampoco conocemos datos de esas oficinas de retorno que se "vendieron" como una oportunidad de recuperar talento. Y, además, ¿qué visión dejamos para los que se quedan?, ¿son los que no pudieron, no quisieron, o no valían para irse? Es un mensaje durísimo al que nos hemos acostumbrado y que tiene muchas cargas de profundidad.

El País lanzaba el pasado 6 de junio una serie de reportajes y artículos sobre este hecho. Se incidía en que era el grupo de edad con más pobres, y también se reflexionaba sobre cómo no van a vivir mejor que sus padres. Esta última cuestión es una realidad también conocida, una sociedad como la española se basa también en el apoyo de las redes familiares y, estas, se vieron muy tocadas por la crisis de 2008. Además, las familias siguientes no proceden de esos entornos más seguros y consolidados, precisamente aquellas que crecieron con el Estado de Bienestar. No es una sorpresa que este grupo de edad es el que tenga más pobres, con salarios que no llegan al mileurismo, con condiciones que inciden en una precariedad, con las dificultades ya señaladas para estabilizarse. Con unos precios de al vivienda y de los alquileres que complican la emancipación. Con escenarios como los que se dan en no pocos lugares, pero especialmente en las grandes ciudades, de personas que comparten piso a unas edades en las que ya no tocaría, sin dejar de lado la elección personal. Todo esto, insistimos, se sabía hace tiempo. 

Ha sido un libro, Feria (Corazón de Tiza, 2020) de Ana Irisi Simón y su discurso ante el presidente del Gobierno de España, entre otros, el que ha generado también un debate enorme. El libro de Simón, y su discurso, son altamente recomendables porque se hace unas preguntas que son incómodas, en el sentido de si estamos en esta situación descrita, ¿en qué hemos mejorado? Comparándose con sus padres, Simón observa que a la edad de ella, 32 años, ya le tenían a ella y contaban con una estabilidad laboral y material, sin lujos. Esto ha dado lugar a un debate en el que, desde algunas visiones de la izquierda, se ha querido ver a Simón como una reivindicación nostálgica del pasado y de valores fuertes. Pero, no es eso lo que ocurre. Simón se ha hecho unas preguntas que inciden en algo que se viene también señalando y que a los jóvenes les está afectando: las condiciones materiales de vida. En un mundo de neoliberalismo individualista, estas quedan en un segundo plano, exceptuando para las personas que las tienen cubiertas que, casualmente, son las que preconizan esos valores, desde todos los lados del espectro político. Y, mientras nos perdemos en estos debates, las condiciones de los jóvenes, van empeorando.

Finalmente, los que escribimos este blog tenemos ya una edad. Algunos fuimos jóvenes en la década de los noventa del siglo XX. En aquel periodo, muy basado en una transformación de la sociedad española, los jóvenes, que siempre lo tuvieron difícil en España, no lo tenían tan mal como ahora. Es cierto que ya a comienzos del siglo XXI, Espido Freire acuñó el término de mileurista en su debut literario, como un reflejo de lo que ocurría con una buena parte de la juventud, pero en la década anterior terminar de estudiar, especialmente algunas carreras, suponía tener casi trabajo en muy poco tiempo. También había salarios más altos en comparación relativa con la situación actual, y ocurría en empleos no cualificados. Sin embargo, paradójicamente, parte de esas generaciones han dado la espalda a los jóvenes en la décadas siguientes. En definitiva, es una responsabilidad de todos y no se consigue romper con una dinámica que afectará cada vez más a la cohesión social. Mientras tanto, nos perderemos en el debate de si Ana Irisi Simón es facha o no, que no lo es, en vez de mirar a la pregunta que ella misma se ha hecho, y que seguramente muchos jóvenes se están haciendo, al compararse con la situación de sus padres. 













La lucha contra la segregación escolar

Por EQUIPO AICTS / 30 de mayo 2021

A lo largo de las dos últimas décadas, son numerosas las investigaciones que abordan la situación en España de centros educativos que cuentan con una elevada concentración de alumnado de unas características determinadas socioeconómicas y de origen cultural. En realidad, es una cuestión transversal en Educación y que siempre ha generado un importante consenso en relación a evitar concentraciones y segregaciones, pero que tiene compleja solución. Vaya por delante, la existencia de "centros gueto", como son denominados reciente sobre la cuestión de EsadeEcPol y Save the Children, es un hecho que afecta directamente a la igualdad de oportunidades y a la equidad del sistema educativo. Según este trabajo, siguiendo los datos del estudio TIMSS, España sería el tercer país de la OCDE con centros de este tipo, solo por detrás de Turquía y Lituania. Un dato demoledor que también presenta heterogeneidad en función de las Comunidades Autónomas.

Hay que comenzar señalando los diferentes matices del fenómeno que nos ocupa. En primer lugar, estos centros aparecen en casi todos los sistemas educativos, a pesar del esfuerzo de muchos de ellos por evitarlos. Es un hecho que la ubicación del centro marca en gran medida la caracterización del alumnado y que, en barrios de colectivos desfavorecidos, o de más concentración de familias inmigrantes, estos colegios e institutos tendrán una configuración diferente a los de clase media-alta, por ejemplo. Obvio. Otra cuestión es si esa concentración puede venir acompañada, o derivar, en políticas de segregación ya que, de esta forma, sí que se produce una separación de unos colectivos y de otros. En segundo lugar, la elección de centro por parte de las familias implica también tener en consideración sus estrategias educativas y el valor otorgado a la Educación. En lugares como Estados Unidos, por ejemplo, la elección de barrio para muchas familias está basada también en los colegios de la zona, de los que se conocen los resultados académicos. En España, la existencia de una red pública y una concertada, que presta un servicio público, ha contribuido a una sobrerrepresentación de centros de estas características en la escuela pública, aunque también hay una diversidad de situaciones. Por otra parte, la elección de las familias también es clave para no caer en visiones paternalistas o reduccionistas, o directamente deterministas.

Partiendo de estas situaciones, el objetivo es evitar la existencia de estos "colegios gueto" que, en términos generales, pueden condicionar también los resultados educativos a través del "efecto compañero" y el "efecto Mateo". La respuesta es complicada y también se ha observado cómo algunas propuestas, como por ejemplo el reparto de estudiantes de estos centros en otros de zonas diferentes de la ciudad, tampoco ha funcionado. Tampoco parece que el necesario fortalecimiento de los recursos en estos centros consiga romper con estas dinámicas. Sin olvidar la necesidad de un trabajo más amplio y comunitario con el entorno. Por otra parte, algunos colegios han entrado en ciertas estigmatizaciones que parecen difíciles de superar. En definitiva, una problemática que, lejos de diluirse se ha intensificado. La Educación, mecanismo clave de las políticas públicas en la igualdad de oportunidades y la equidad, motor de la movilidad social, sigue teniendo un reto en esta situación. Pero haríamos mal haciendo caer al sistema educativo su completa responsabilidad en la misma. Es necesario trabajar para que estos estudiantes tengan las mismas oportunidades y consigan unas trayectorias educativas lo más amplias posibles, y ver qué estrategias se pueden desarrollar con las familias y el entorno. Es una realidad que está ahí pero que cuenta con una difícil solución, que no imposible.  













TIC y desigualdad

Por EQUIPO AICTS / 10 de mayo 2021

Hace ya catorce meses que la pandemia de la covid-19 vino para quedarse durante mucho tiempo, más del que pensábamos. Y en ello estamos. Llevamos más de un año en un proceso en el que estamos viviendo escenarios de todo tipo. Desde la crisis sanitaria, la primera y más urgente, la más dramática por el enorme número de víctimas, hasta la económica, de cuyas consecuencias seguiremos hablando décadas. Por el camino, todo acaba siendo atravesado por la pandemia. Una de las transformaciones más evidentes derivadas de la covid-19 es la relacionada con la digitalización de nuestra realidad. Este era también un poceso muy imparable. Durante las dos últimas décadas, especialmente en la última, su aceleración ha sido una constante. La generalización del uso de las TIC en todos los ámbitos ha sido uno de los grandes cambios de la humanidad a lo largo de su historia. No tenemos que explicar nada más porque lo vivimos cotidianamente. 

A las TIC se les saludó como una oportunidad también en el ámbito de la igualdad ya que, por ejemplo, se pensaba que no haría falta estar en los grandes centros de poder para poder desarrollar una carrera profesional. Se asumían costes que eran evidentes. Obviamente, había un escenario en la digitalización que afectaba directamente a los puestos de trabajo, al perderse los que se automatizaban. Pero se señalaba que surgirían nuevos empleos. Por otra parte, las TIC también serían un campo de oportunidades. Una de sus muestras más evidentes vendría de las llamadas "economías del contenedor" que llegan a su máxima expresión con la "uberización" de actividades y sus numerosas sombras. Pero, además, habría unas brechas digitales.

Las brechas digitales han ocupado una buena parte de los análisis sobre el impacto de las TIC en la desigualdad. Es evidente que, al comienzo de todo el proceso, el acceso a los dispositivos digitales, en cualquiera de los formatos, estaba reservada a los colectivos con rentas más altas. En la década de los ochenta del siglo XX, y hablamos de finales de la misma, para la mayoría un ordenador personal en tu domicilio era Ciencia Ficción. Pero, a medida que se fueron universalizando los dispositivos, expandiéndose y haciéndose más accesibles, y más necesarios en diferentes sentidos, esas brechas de acceso se fueron reduciendo paulatinamente hasta quedar muy relegadas, al menos en teoría. Se hicieron importantes esfuerzos para reducir la misma, con colectivos muy específicos que se consideraba que tendrían más problemas para acceder a las TIC. Ahí surgió una desigualdad mucho más evidente que fue la brecha de uso. Es decir, qué somos capaces de hacer con las TIC y aquí determinados grupos y colectivos sociales, tenían más ventajas que otros. No es lo mismo que yo utilice las TIC para mandar correos y utilizar Redes Sociales que pueda llegar a programar y editar vídeos, por ejemplo. De esta forma, la brecha de uso se vio claramente en primera línea, aunque no tuvo nunca la misma visibilidad que la de acceso. Incluso, en algunos momentos se acuñaron expresiones como "nativos digitales" e "inmigrantes digitales", diferenciación que tienen sus propias limitaciones. 

La pandemia de la covid-19 aceleró la transformación digital pero también mostró sus costuras. Lo hemos escrito en no pocas ocasiones desde entonces, y antes. Cuando se produjo el cierre de los centros educativos en marzo de 2020, muchos discursos políticos y de no pocos agentes se centraron en la oportunidad que suponía para el sistema educativo adaptarse a las nuevas necesidades gracias a las TIC. Desde el minuto uno se observó cómo no iba a ser así, al contrario. Se constataron numerosos alumnos y familias que no solo tenían dificultades de uso sino también de acceso. La reacción a la segunda cuestión fue rápida por parte de las diferentes administraciones educativas, facilitando dispositivos en modo de tablets, ordenadores portátiles. Esta situación se vio desde la educación infantil hasta la universitaria. Sin duda alguna, nos encontramos ante un escenario que tendrá sus consecuencias duraderas como ya muestran algunos artículos y estudios. 

Recientemente, se ha publicado La automatización de la desigualdad de Virginia Eubanks que publica Capitán Swing de Virginia Eubanks que publica Capitán Swing. Es una obra necesaria que incide en cómo la desigualdad también se relaciona con las TIC, hecho claro y comprobado como hemos visto, pero no cabe duda que será un proceso que irá a más. Y es que son las clases más desfavorecidas, las que tienen menores niveles de renta, las que tendrán más dificultades para adaptarse a esa realidad que tiene en las TIC un vector y epicentro. Y será una desigualdad tanto de acceso como también de uso, especialmente de uso. Tiene que ver también con educación, con derechos, etc. Es una desigualdad acumulativa que se suman a las anteriores. Pero se darán también nuevas desigualdades que pueden llegar a ámbitos muy cotidianos. En definitiva, una mirada necesaria como una variable más relacionada con la desigualdad.

Y, mientras tanto, en un contexto como en el que nos encontramos, en el que la digitalización aparece como uno de los ejes centrales de la transformación de la sociedad y la economía, especialmente vinculado a los planes de reconstrucción y los fondos europeos, junto con la sostenibilidad. Pero, cuidado, porque no consiste en las grandes proclamaciones y lemas a los que nos tienen tan acostumbrados sino en fijarse y tener en consideración las caras B de estos procesos. 














Hablemos de Ciencia

Por EQUIPO AICTS / 3 de mayo 2021

La Ciencia española tiene una situación de déficit que podríamos definir como secular. Esta cuestión ya la hemos planteado en alguna ocasión en este Blog. En el último año y pico de pandemia de la covid-19, las fortalezas y debilidades de la Ciencia española han quedado reflejadas. Las fortalezas han venido marcadas no tanto por factores estructurales sino por las motivaciones y la implicación de los profesionales. Las debilidades, enumerables desde la carencia de medios hasta la precariedad de los propios investigadores, especialmente los que se encuentran en formación. Hace unas semanas, el digital Nueva Tribuna recogía la noticia de que España había invertido un 1,25% de su Producto Interior Bruto en Ciencia mientras que la media de la Unión Europea era del 2,13%, siendo superados por primera vez por países como Grecia, Portugal y Polonia. 

Este escenario no es fruto de la casualidad ni del momento actual, sino que tiene unas bases estructurales que tienen que ver con el valor otorgado a la Ciencia en España tradicionalmente. No tenemos que irnos al "¡que inventen ellos!" de Miguel de Unamuno, una expresión sin duda desafortunada de uno de los grandes intelectuales de nuestra Historia. Pero, un país al que le costó entrar en la Revolución Industrial, que arrastró atrasos seculares y que sufrió una Dictadura de casi cuatro décadas, pues tenía pocas herramientas para salir adelante en el plano científico. De esta forma, el páramo científico era comparable al deportivo, considerándose ciertos deportistas que salían en aquellos años y décadas como una explosión de genio que no contaba con las bases estructurales y con las condiciones contextuales para hacerlo. Pues con la Ciencia pasaba lo mismo.

Lo que ocurre es que no podemos echar la culpa permanentemente al pasado, aunque siempre debemos considerar su impacto, porque hemos tenido tiempo y medios para revertir la situación, o al menos para acercarnos más a otros países de nuestro entorno, esos en los que nos miramos y a los que nos queremos parecer. A España le costó mucho pasar de un país que no contaba con las estructuras de un país moderno a otro en las que las mismas ya estuviesen presentes y se fuesen asentando. En las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX, el Estado de Bienestar fue una realidad, con sus características y sus puntos fuertes y débiles, pero cambió la cara de España. Se abrieron numerosas universidades y se aumentó el nivel de cualificación de la población. La Ciencia también avanzó pero no tan rápido como otros ámbitos. En el siglo XXI, las dinámicas fueron otras, primero con esa "bubuja económica", luego la crisis de 2008, su recuperación de aquellas maneras y la pandemia de la covid-19. En los momentos de fortalezas y crecimientos económicos, no se avanzó en materia científica y de investigación tanto como se podría haber hecho. Con las crisis, los recortes económicos hicieron también estragos en la investigación. Se había pasado del I+D al I+D+i pero quedaba mucho por hacer. 

Cuando la pandemia de la covid-19 llegó y se puso en valor a la Ciencia, en todos sus ámbitos y dimensiones, quedaron al descubierto más todavía esas debilidades. Hay que poner en valor el trabajo ingente realizado y que se está haciendo, pero debe darse una vuelta a la situación de la Ciencia que tiene que contar con mayor visibilidad e importancia en un sistema productivo que necesita una transformación, así como socialmente. Mayores inversiones, evitar la precariedad y la alta temporalidad de los científicos, generación de carreras universitarias estables que permita incrementar su número y su importancia cualitativa, son cuestiones que están encima de la mesa. Tenemos que seguir reivindicando el papel de la Ciencia y que consiga tener un mayor peso. Y estamos hablando de políticas públicas. 















Cambios

Por EQUIPO AICTS / 26 de abril 2021

Durante los últimos días se ha producido una noticia de gran impacto que, en un contexto como el actual con la pandemia de la covid-19 y los debates sobre las elecciones en Madrid, puede haber quedado en un segundo plano pero que es determinante para observar la evolución de nuestra sociedad y tiempo. La fusión de CaixaBank y Bankia va a provocar un ERE de más ocho mil empleados y el cierre de más de milquinientas oficinas bancarias. Es un proceso que no es nuevo porque la concentración de entidades bancarias ha sido una constante desde hace décadas, provocando escenarios que afectan tanto a los niveles macro como micro de la economía. Solo darse un paseo por nuestras calles muestra cómo ha cambiado el escenario bancario pero, para ello, hay que contar una breve historia.

La expansión de los bancos, y cajas de ahorro, tuvo su punto de inflexión en España con la burbuja inmobiliaria de finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, que iba a remover los cimientos de nuestros sistemas. Sin olvidar la situación de la economía financiera con las consecuencias conocidas, aquí ya con una dimensión internacional. En el caso de España, como en tantas cuestiones, su sistema tenía sus propias características, con una banca tradicional que iba creciendo hasta convertirse en gigantes internacionales con el tiempo (Santander, BBVA), que había tenido orígenes familiares, regionales y en sectores económicos concretos, y un sistema de cajas de ahorro que cumplían una importante labor social. Las cajas de ahorro, institucionalizadas provincialmente, eran parte determinante de la estructura social de los territorios y parte de sus beneficios revertían en su sociedad. Sin embargo, las desregularizaciones, las fusiones, la interrelación con el ámbito político y la señalada burbuja inmobiliaria supusieron factores de transformación del modelo para siempre. Las consecuencias son conocidas, un rescate sin precedentes, fusiones y desapariciones de entidades. El modelo de cajas de ahorro se vio reducido y transformado en una bancarización, la fusión de Bankia y CaixaBank sería un último ejemplo. 

En el nivel más micro, la banca y las cajas de ahorro eran parte determinante de las sociedades, obviamente. Muchos municipios prácticamente, por pequeños que fuesen, contaban con su oficina. La expansión de los noventa y primeros dosmil ocasionó un amplio abanico de entidades que poblaban nuestras calles. Además, la banca y las cajas de ahorro eran una fuente de empleo determinante, tanto para las clases medias altas como para las medias aspiracionales. Tener un trabajo en ese sector parecía para toda la vida por la estabilidad que demostraban. Y, de nuevo, no podemos olvidar la enorme labor que hacían las obras sociales de las cajas de ahorro, ya señalada, tanto en el ámbito de lo propiamente social como de lo cultural. Pero el escenario iba a cambiar, y de qué manera.

La crisis de 2008 supuso el primer golpe potente y poderoso al modelo. Una crisis que evidenció algunos de los peores vicios del mismo, la codicia. Despidos, concentraciones, fusiones, etc., precedieron a otro fenómeno interrelacionado y que aprovecharía el momento como fue el de la digitalización de los servicios bancarios. De repente, lo que había sido una constante, esas oficinas que no dejaban de crecer, se iban cerrando. Por otro lado, los recortes acababan con la mayor parte de esas obras sociales. Y, además, la atención al público cambiaba directamente ya que iba ganando presencia Internet y la banca electrónica. Muchos municipios veían el cierre de sus oficinas bancarias como un indicador de despoblación. También era frecuente, es, ver cómo los horarios de atención al público para gestiones rutinarias se reducían y la imagen de colas y de personas "pegándose" con el cajero, especialmente personas mayores, son constantes. Además, todo el escándalo de las preferentes supuso un impacto en la confianza de un sistema que, cada vez, se iba haciendo más lejano y distante a un ciudadano que, en el pasado, confiaba en su caja de ahorros o su banco.

Como podemos observar, lo macro y lo micro se ven interrelacionados. En definitiva, el cambio en la banca supone un indicador de unas transformaciones en la sociedad que van más allá de la tremenda pérdida de empleos con sus consecuencias en personas y familias. Concentraciones e impersonalidad de un sector que nos muestra el camino de las dos últimas décadas que ha llevado a cabo el capitalismo. Nos hemos adaptado a la banca electrónica y a la digitalización, obviamente, con las ventajas que tiene. Pero, no cabe duda que debemos mirar a las señales que se transmiten desde sectores como la banca, que no es el único. La cuestión no es si no deben darse cambios y transformaciones, que es lógico que se produzcan, sino qué respuestas se dan para evitar consecuencias negativas de los mismos, y más en un contexto como el actual. No, no es una mirada nostálgica hacia la banca o caja de ahorro a la que ibas con tu cartilla a sacar dinero, pero no deja de ser relevante lo que refleja. 
















Sobre becas

Por EQUIPO AICTS / 19 de abril 2021

En las últimas semanas han surgido algunas noticias en relación a las ayudas al estudio y a las becas universitarias. Se incide en aspectos como las cuantías, el descenso de la nota media de 6,5 a 5 en los máster habilitantes, y en el aumento de los universitarios con becas completas, de 90.000 a 215.000 en tres años. Es importante pararse a reflexionar en el papel de estas ayudas y becas, especialmente en unos contextos como los actuales. Recordemos que, dentro de las políticas de igualdad de oportunidades y equidad vinculadas al Estado de Bienestar, las becas y ayudas al estudio han sido determinantes en el aumento de la formación y la cualificación de la sociedad. Si la universalización y la gratuidad de la educación obligatoria fue un avance clave, no lo fue menos el hecho de que muchas personas de orígenes de clases trabajadoras y de clases medias pudiesen acceder a los estudios universitarios gracias a las becas. Además de las elecciones personales, los esfuerzos personales y familiares, las becas eran claves y, en no pocas ocasiones, podían determinar la balanza entre seguir estudiando o no, como ahora. En la década de los ochenta y de los noventa del siglo XX, muchas personas pudieron ir a universidades, tanto en sus localidades como en otras ciudades, a cursar sus estudios lo que tuvo su incidencia en una estructura social que se configuraba de clases medias. Las becas universitarias fueron en gran medida exitosas, aunque no es menos cierto que había colectivos que se quedaban fuera del sistema porque ni se planteaban que podían acudir a la Universidad. Los hijos e hijas, nietos y nietas, del éxodo rural, de los barrios de clase trabajadora, vivían el ascensor social y la movilidad gracias en gran medida a este proceso. 

El aumento de universitarios y universitarias en España ha sido uno de los grandes logros del Estado de Bienestar, un hecho que gracias a las becas permitía que el origen socioeconómico tuviese un peso menor, aunque seguía estando ahí. Sin embargo, el siglo XXI, y especialmente las políticas de recortes de gasto público y de corte neoliberal, vieron una transformación de los sistemas de becas. Sí, es cierto que había más estudiantes con becas pero no es menos cierto que los importes cada vez cubrían menos gastos. Unos gastos que también se incrementaban con el aumento del coste de la vida y de las tasas universitarias, además de las dificultades para poder acceder a viviendas de alquiler accesibles especialmente en las grandes ciudades, Madrid y Barcelona, pero también en el resto. De esta forma, el sistema seguía manteniendo una cierta sensación de equidad pero otros factores estaban operando en su contra, más sutiles e indirectos. Un proceso que también se daba en la sociedad y en su transformación, especialmente con la crisis sistémica de 2008.

En algunas investigaciones que han realizado integrantes de AICTS, todavía pendientes de publicación y difusión, hemos constatado algunos aspectos claves sobre estos procesos. Por una parte, en un estudio sobre desigualdades en educación, en la fase cualitativa con estudiantes procedentes de entornos con dificultades económicas, se constató en sus relatos que no percibían la desigualdad en las etapas obligatorias, ya que la gratuidad de la educación, el acceso a los libros y materiales, y el apoyo del sistema (formal e informalmente), hacía que esas desigualdades no fuesen tan evidentes. Sin embargo, cuando llegaban a los niveles superiores, especialmente los universitarios, sí que constababan claramente que se encontraban en posición de desventaja con respecto a sus compañeros y compañeras de otros orígenes socioeconómicos. El impacto en la elección de estudios, no poder elegir una carrera en otra localidad diferente a la suya por ejemplo; en el acceso a libros y recursos; en tener que trabajar y estudiar a la vez, etc., eran aspectos frecuentes en estos perfiles. Las becas desempeñan un papel central para ellos pero sus cuantías no cubren todas las necesidades, además de las exigencias en nota para conseguirlas y el retraso en sus pagos. Estos aspectos se vieron refrendados en otro estudio cuantitativo con universitarios y cualitativo con especialistas y expertos del mundo universitario. Las becas eran fundamentales para unos colectivos que, sin ellas, tendrían difícil acceder a los estudios superiores pero sus importes no eran suficientes y los requisitos de nota eran muy duros. Hecho que se complicaba en los ya señalados másters habilitantes.

Como venimos señalando desde hace más de un año, la crisis derivada de la pandemia covid-19 va a tener un impacto sobresaliente en estos procesos. La educación ya estaba en crisis desde antes, en el sentido de que se dan mecanismos de reproducción de desigualdades sociales que operan de diferentes maneras, a pesar del enorme esfuerzo del sistema educativo que, obviamente, no tiene la culpa de toda esta situación, ni mucho menos. Al contrario, en no pocas ocasiones olvidamos las potencialidades y éxitos del mismo. Pero, con lo ocurrido desde 2008, con sus bases en la década anterior, la ruptura de la movilidad y del ascensor social, el cuestionamiento de la meritocracia, también la infravalorización de la propia Universidad (en no pocas ocasiones por motivos ideológicos y por intereses contrarios a sistemas cohesionados socialmente), y la precariedad del mercado de trabajo, se ha producido una especie de "tormenta perfecta". Bienvenidos sean todos los cambios a favor de las becas y ayudas, tanto de forma cuantitativa como cualitativa, pero seguramente sean insuficientes y no cubran todas las necesidades presentes y futuras que, lamentablemente, serán más amplias. No podemos hacer maquillajes de la situación, no se pueden poner parches, sino revisar un sistema que debe ser clave en la igualdad de oportunidades y la equidad. 















El mundo del trabajo

Por EQUIPO AICTS / 12 de abril 2021

Uno de los ámbitos de análisis más importantes, en todos los sentidos, es el del mundo del trabajo. No pretendemos hacer aquí un análisis de todo este proceso pero no cabe duda que, a lo largo de las últimas décadas, asistimos a una nueva reconceptualización de los conceptos del trabajo y del empleo. La posmodernidad trajo como una de sus claves la liberación del individuo de ciertas "ataduras", una de ellas la del trabajo, como un factor alienante y deshumanizante. Obviamente, este hecho está muy resumido y precisaría de mayores contextualizaciones. Por otra parte, el contar con un trabajo sigue siendo un aspecto determinante en la inclusión social de los individuos y tiene un impacto determinante en la identidad personal y colectiva. De esta forma, esos procesos de transformación del trabajo también chocan con esa realidad. En las décadas centrales del siglo XX, el trabajo se vinculó directamente también con la vocación y el contar con un empleo en el que uno estuviese a gusto. Tampoco hay que olvidar cómo, en sociedades basadas en modelos de Estado de Bienestar, acceder a un empleo también es contar con el acceso a una serie de derechos y de prestraciones contributivas. Sin embargo, la década de los noventa del siglo XX y las dos primeras del siglo XXI han supuesto transformaciones sin precedentes. Como en otros fenómenos, en la final del siglo XX se daban esos cambios más sutiles y en el siglo XXI se aceleran. 

La última década ha mostrado una serie de cambios que se han intensificado, pero no porque no estuviesen ya presentes. El más obvio es el de la digitalización de la economía, lo que también ha dado lugar a transformaciones en la automatización de actividades. En este sentido, el debate sobre los sectores que han ido desapareciendo y cómo van a ser sustituidos por otros, que generarían nuevos trabajos, es una constante aunque no está claro que ese cambio se vaya a producir. Es decir, los trabajos que desaparecen con la automatización y la digitalización no cuentan con sus sustitutos. La deseabilidad y el optimismo tecnológico en relación a la automatización y la digitalización también se observa en la cuestión de la "Economía verde". La sostenibilidad es el nuevo marco de referencia que incide en las posibilidades de otros empleos que sustituyan a los actuales. Pero, otra vez, nos encontramos con evidencias débiles sobre las opciones de la sostenibilidad y la "Economía verde".+

En el otro lado, un concepto clave es la transformación del mundo del trabajo a través de la combinación de los procesos de digitalización y los efectos de la "economía del contenedor". Esta "uberización" del trabajo también es una constante que está intensificándose y que implica cambios clave en conceptos vinculados a las condiciones de trabajo, los derechos laborales y esas cuestiones tan importantes y relacionadas también con el propio Estado de Bienestar como es el papel de la negociación colectiva y de sus actores. El proceso de "uberización" incide en esa individualidad de las relaciones laborales y en el papel de los algoritmos en el mundo del trabajo a través del control de plataformas que, en definitiva, son intermediarias. Se ha maquillado a este proceso a través de mensajes sobre la autonomía individual, la capacidad de elección del sujeto, etc., pero no es cierto. Además, con la pandemia Covid-19 se ha intensificado el uso del teletrabajo lo que implica también no pocas dudas y consecuencias en los marcos que estamos señalando.

El mundo del trabajo, como todos, se encuentran en una transformación continua, pero en las últimas décadas ha sido cada vez más intensa. Asistimos a unos cambios que inciden, en grandes rasgos, en una precarización de sus condiciones y en una dualidad cada vez más extendida. Por una parte, buenos empleos, cada vez menos frecuentes que parecen cada vez más reservados a ciertos grupos sociales, precisamente los que se encuentran en una situación más favorable dentro de la estructura social. Por otra parte, empleos cada vez más precarios e inestables en los que van entrando colectivos más amplios. De esta forma, el escenario se complejiza ya que también se dan disonancias entre los deseos y expectativas de las personas y la correspondencia entre su formación y el empleo al que acceden, dándose en muchas ocasiones procrastinaciones. En definitiva, que aquella pregunta "¿qué quieres ser de mayor?", tiene ahora respuestas más difíciles. El mundo del trabajo es complejo y los cambios señalados son una realidad, pero no debemos desestimar su valor y su importancia en aras de ciertos optimismos y determinismos que no se cumplen. Y sin olvidar el papel que el trabajo sigue teniendo en el acceso a ciertos derechos y prestraciones contributivas. 
















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