Pobreza y exclusión social en España: bases y nuevos escenarios

Por EQUIPO AICTS / 11 de julio de 2020


Han pasado unos meses desde que el relator especial sobre pobreza y derechos humanos de Naciones Unidas. Philip Alston, visitase España. En aquellos tiempos, que parecen tan lejanos pero no lo son, fueron muy comentadas unas imágenes en las que Alston acudía a entornos muy marginales de nuestras grandes ciudades. Por un lado, se señalaba que reflejaban la situación de una parte del país y ciertas deficiencias de los sistemas de protección. Por otro lado, se criticaba que era una visión muy parcial y que se contribuía a no mostrar la realidad en toda su dimensión. El caso es que llego la pandemia de la Covid-19 y de Philip Alston no se acordó nadie. Hasta que, por lo menos en nuestro caso, Ethic recogió en un artículo de Raquel Nogueira el pasado 8 de julio los resultados de su estudio. Dicho artículo llevaba por título "Más de la mitad de los españoles no llega a fin de mes". El informe tiene fecha de 21 de abril y se puede consultar en la ONU. 

Las conclusiones del informe son conocidas. Nogueira destaca que el 26% de la población está en riesgo de exclusión, que el sistema asistencial no funciona, y que los poderes públicos han fallado en ese sentido. Estos indicadores y sus conclusiones aparecen regularmente en estudios de la Fundación Foessa, EAPN, Save the Children, Cruz Roja, etc., y también se pueden ver en no pocos casos en el Instituto Nacional de Estadística. Pero, está bien que retomemos este informe y que el trabajo de Alston no quede en saco roto. Las bases de la desigualdad y la exclusión social en España tienen un componente estructural muy importante, ya antes de la crisis sistémica de 2008 había casi un 20% de la población en exclusión social y la crisis aumentó la precariedad, la vulnerabilidad, el desempleo, etc. Fue un punto de inflexión tan grande que sus consecuencias se siguen notando hasta hoy. Las bases de la desigualdad se reafirmaban y el hecho de que España no hubiese avanzado tanto en protección social en las décadas de construcción del Estado de Bienestar y de crecimiento económico. Pero, como hemos señalado en otras ocasiones, los Servicios Sociales han sido la pata más débil de nuestro Estado de Bienestar. Estos grupos de exclusión social, concentrados en las grandes ciudades, con pocos visos de movilidad social, siguen estando presentes y fueron los primeros afectados por la crisis de 2008, luego vendrían las clases medias.

Marzo de 2020 supone un cambio de escenario total con las consecuencias de la pandemia Covid-19. Se diseña un sistema de protección social porque las consecuencias de la crisis serán tremendas, y las económicas están por ver. Cada mes que se avanza, las previsiones económicas van empeorando a pasos agigantados. Cuando escribimos estas líneas, julio de 2020, hay sectores en una situación complicada, como por ejemplo el turismo entre otros, que son los que cuentan con una buena parte de trabajadores y trabajadoras no cualificados. El impacto de Covid-19 en el riesgo de exclusión social puede ser muy significativo, a la par que se reducen las fuentes de ingresos de las Administraciones Públicas y aumentará la deuda y el déficit público. Los debates en la Unión Europea no auguran unas soluciones que no impliquen en parte repetir errores del pasado, aunque parece que se es más consciente de los riesgos para la cohesión social. Es un momento muy delicado, muy complejo, en el que las tendencias de los años recientes pueden recrudecerse o corregirse. Esperemos que vayamos en la segunda dirección pero nos faltan motivos para el optimismo.






El déficit de la inversión en I+D+i en España

Por EQUIPO AICTS / 25 de mayo de 2020


La Fundación COTEC ha presentado su informe anual sobre la situación de la investigación en España. El Informe COTECsiempre interesante y relevante, cobra más importancia si cabe en un momento como el actual. La pandemia del Covid-19 ha mostrado algunas de las costuras de nuestro país en diferentes escenarios, y el de la inversión en I+D+i no deja de ser uno de ellos. España, que nunca se caracterizó por un importante esfuerzo en el I+D+i, se ha encontrado en un escenario en el que esta es más importante que nunca. Pero no parece que seamos conscientes de esta necesidad, como tampoco se fue en las décadas pasadas. La verdad es que los indicadores no dejan en buen lugar a España en ese sentido. Y eso que en los dos últimos años se ha venido produciendo una recuperación con respecto al pasado. La crisis de 2008 y sus consecuencias dejaron en un escenario muy negativo a la I+D+i. Si en 2008 se invertían 14.701 millones de euros, en 2018 se situaba por primera vez en una década por encima de esa cifra con casi 15.000 millones. Y es que, durante los peores años de la crisis de 2008, los descensos en la inversión en I+D+i habían sido superiores a la reducción del PIB. Uno de los indicadores más demoledores es el del peso de la I+D+i en el PIB. En 2018 es de un 1,24% cuando en 2008 se situaba en el 1,35%. Es decir, a pesar de los incrementos de los dos últimos años, su representación en el PIB sigue siendo menor que en 2018. En la comparación internacional, España queda en un mal lugar en inversión en I+D+i. En el conjunto de la UE28, esta representa el 2,1% del PIB, una brecha que se ha agrandado en los últimos años.

En cuanto al interior de España, las diferencias entre Comunidades Autónomas también son relevantes. Solo cinco están por encima de la media nacional aunque ninguna llega al 2,1% de la UE28. País Vasco, Madrid, Navarra, Cataluña y Castilla y León son las que están por encima del 1,24%. Once regiones están por debajo del 1%, destacando en el final de la lista el 0,41% de Islas Baleares y el 0,47% de Canarias. El Informe COTEC también muestra cómo es la inversión privada la que va recuperándose en mayor medida, mientras que la pública permanece estancada. 

Un escenario, en definitiva, desolador pero esperado. No es una novedad que España haya sido un país que ha descuidado el sector del I+D+i. Las bases de esta situación son históricas, vienen de un pasado en el que la Ciencia siempre fue sospechosa. Que una figura de la relevancia y talla intelectual de Miguel de Unamuno fuese capaz de decir una frase tan desafortunada como "¡Que iventen ellos!" deja a las claras lo que se podría esperar de un país que llegó tarde a la modernidad, con una dictadura incluida. España ha apostado por sectores económicos que han dado lugar a un modelo productivo dependiente de actividades que, en cualquier situación de crisis, acaban siendo de las primeras en caer. Pasó con la "burbuja inmobiliaria" y la construcción en 2008, ha ocurrido con el turismo en 2020 y el Covid-19. Cierto que, en ocasiones, ha sido una apuesta interna y decidida, y en otras se produce por la nueva división internacional del trabajo fruto de la Globalización y con la Unión Europea como protagonista en el nuevo reparto de la misma, con un sur de Europa especializado en ámbitos del sector servicios no especializados.

Trabajar en la I+D+i en España ha sido, y lo sigue siendo, un esfuerzo titánico para sus investigadores e investigadoras. Condiciones laborales precarias, dificultad de una carrera profesional, recursos que descienden, convocatorias que menguan, etc. Las numerosas horas que hacen los investigadores e investigadoras llegan a compensar la falta de medios y recursos en ocasiones, pero a costa del sacrificio personal. Y en las Ciencias Sociales el escenario es todavía peor. Muchos profesionales tienen que dejar España para poder desarrollar su carrera en otros países, lo que implica una pérdida de capital humano que difícilmente regresará. 

Covid-19 ha mostrado la necesidad de invertir en I+D+i no únicamente para frenar la pandemia y encontrar soluciones, que también y es algo inexcusable, sino para generar un modelo productivo más diversificado y que cuente con mayores puntos de resistencia ante crisis como las que nos ocupan. Sin más I+D+i, tanto desde el ámbito de lo público como desde el privado, difícilmente podremos salir de la situación. Claro que, eso mismo se dijo en 2008 y todavía estamos invirtiendo menos en relación al PIB que entonces. 






Covid-19, igualdad de oportunidades y equidad, y Educación

Por EQUIPO AICTS / 18 de mayo de 2020


Uno de los ámbitos en el que más nos estamos centrando en esta serie de artículos sobre Covid-19 y sus consecuencias es el educativo. No cabe duda que, cuando comenzó todo, la situación de la educación fue señalada. Centros cerrados, clases on line, brechas digitales y educativas, etc. Fue un momento en el que la comunidad educativa (alumnos, docentes, familias, etc.) tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo para afrontar una situación inesperada. Como señalábamos, la situación de la igualdad de oportunidades y de las desigualdades que se manifestaron, aunque siempre han estado ahí, fue uno de los aspectos claves a los que atender. Había muchos más, algunos tan controvertidos como los relativos a los menús infantiles en la Comunidad de Madrid. Y también en lo relativo a la conciliación de la vida familiar y laboral, tanto en el caso de las personas y famillias que seguían trabajando como en la cuestión de compaginar teletrabajo y tele-educación, de lo que hemos hablado aquí anteriormente. Hace unas semanas, los compañeros y compañeras de RASE. Revista de Sociología de la Educación publicaban un número especial sobre estas cuestiones.

El escenario de futuro de la educación se antoja complicado. Las perspectivas de futuro indican que el curso 2020/21 no comenzará de forma normalizada. Habrá que reducir el número de alumnos por aulas, habrá que mantener la distancia social y tomar en consideración todas las medidas necesarias para garantizar la seguridad. Este hecho no admite discusión, todo el mundo está de acuerdo en ese sentido. Pero, la situación plantea una serie de preguntas vinculadas tanto a la conciliación, de lo que ya hablábamos en un post anterior, como a la cuestión de la igualdad de oportunidades. Héctor G. Barnés publicaba en El Confidencial un artículo en el que incidía en esta cuestión, señalando que si la educación dejaba de ser presencial, el ascensor social se acabaría por frenar. G. Barnés, uno de los periodistas que más se ha implicado en los últimos años en analizar diferentes aspectos del sistema educativo, contaba con el testimonio de varios especialistas del ámbito de la Educación y de la Sociología de la Educación. Esos mismos días, la ministra de Educación y Formación Profesional, Isabel Celaá, incidía en una entrevista en El País en que la educación tenía que ser presencial, que era una cuestión insustituible. 

Que la educación presencial se reduzca, hasta que se cuente con una vacuna o remedio frente a Covid-19, implica un golpe muy duro a la igualdad de oportunidades y la equidad. La educación es una de las principales bases de las transferencias sociales y es determinante en la equidad. Sin una escuela presencial, es prácticamente imposible garantizar la igualdad de oportunidades. Al contrario, como hemos visto estos meses, la educación on line incrementa las desigualdades sociales que ya existen a través de la profundización de la brecha digital. La escuela, además cumple funciones de guardia y custodia que precisan de esa presencialidad. Y, además, garantiza el acceso a determinados bienes y servicios a no pocos colectivos como son unos menús saludables a través del servicio de comedor que, en el caso de familias en riesgo de exclusión social, garantizan una comida equilibrada. Además del comedor, habría que añadir toda una serie de actividades complementarias que vienen determinadas por el hecho de acudir a la escuela, como por ejemplo visitar ciertos lugares como museos, teatros, etc., o hacer ciertas actividades que no podrían hacer en el ámbito familiar. Y sin olvidar el papel de la relación con los compañeros y compañeras. 

En definitiva, una situación de riesgo en la que nos encontramos a corto plazo en relación a la igualdad de oportunidades y la equidad en educación. De las medidas y acciones que se tomen en estos meses, dependerá la capacidad del sistema educativo de que no se profundicen las desigualdades ya existentes y, todo ello, en un escenario más complejo en el que la vulnerabilidad social crecerá por las consecuencias económicas de la pandemia. 






Covid-19 y la conciliación de la vida familiar y laboral

Por EQUIPO AICTS / 15 de mayo de 2020


El impacto de la crisis del Covid-19 en nuestras sociedades está dando lugar a una nueva cotidianidad y a una nueva forma de organización de la vida. Desde el comienzo de la pandemia, cuando el confinamiento fue la única forma de parar el virus, el teletrabajo se impuso en aquellos sectores y actividades en el que es factible. Obviamente, quedadan fuera numerosas actividades esenciales para el mantenimiento de la sociedad y de las que ya hemos hablado aquí. Médicos y personal sanitario en su conjunto por un lado, pero también trabajadores y trabajadoras de supermercados y tiendas de productos de primera necesidad, transportistas, limpiadores y limpiadoras, etc. A este último colectivo, en gran medida marcado por la precariedad, también hemos hecho referencia en este Blog. Y quedaban fuera también del teletrabajo las actividades que tampoco podían realizarse a distancia, con buena parte de sus trabajadores y trabajadoras sometidos a ERTEs.

Por el otro lado, el cierre de los centros educativos mandó a sus domicilios a los estudiantes de todos los niveles. Este hecho era también una necesidad ineludible para impedir la expansión de la pandemia. Con todos los niños y niñas en sus casas, se ponían las bases para un imposible equilibrio entre trabajo y atención a las tareas escolares de la infancia. El sistema educativo reaccionó con rapidez, adaptándose con un esfuerzo por parte de la comunidad educativa, en un sentido amplio, encomiable, pero ya indicamos que había también fallas y riesgos como el de la brecha educativa derivada tanto de la desiguldad de acceso y uso de las TICs y de la posibilidad de los padres y madres de atender a estos niños y niñas por encontrarse trabajando. En este sentido, el sistema educativo tendrá que hacer un esfuerzo por mitigar la situación. 

Los profetas de Internet y el valor de las TICs encontraron dos buenas razones para lanzarse a cantar las bondades de la tele-educación y del teletrabajo. Por un lado, nos decían, el sistema educativo obsoleto tiene que adaptarse a las nuevas realidades. Es una oportunidad, señalaban. Y, con respecto al teletrabajo, una potencialidad. En definitiva, el escenario estaba preparado para el lanzamiento de mensajes sobre un futuro nuevo y luminoso, conectados todos y todas. 

La realidad dista mucho de esa luminosidad. Al contrario. Comenzando porque ninguna pantalla podrá reemplazar el valor de la escuela en sus diferentes funciones, por mucho que la escuela tenga que adaptarse a los nuevos tiempos, y siguiendo por la dificultad de combinar el trabajo en casa con la atención a los hijos e hijas. Además, nuestra sociedad había trasladado a la escuela funciones de guardia y custodia que no implicaban únicamente las horas de clase sino comedor, madrugadores, actividades extraescolares, etc.

Por otra parte, son ya numerosos los estudios y los informes que señalan que el teletrabajo ha supuesto una carga de trabajo mayor, incluso algunos lo cifran en dos horas más de media de trabajo al día. Estamos viviendo un momento en el que la sobrecarga de trabajo ha crecido y la conectividad genera situaciones complejas relacionadas con la disponibilidad y la inmediatez. Cuando se habla con personas que están teletrabajando, no son pocas las que señalan que se sientan a las ocho de la mañana, se levantan para comer, y siguen hasta las nueve de la noche. Los docentes e investigadores universitarios estamos acostumbrados a trabajar en nuestras casas, a largas jornadas nocturnas y de fines de semana escribiendo artículos, corrigiendo trabajos y exámenes, etc., pero es diferente a esta situación.

Y esto se complica mucho más si tienes hijos o hijas, especialmente en edades en las que no son autónomos con Internet y las TICs. Encajar horarios y esfuerzos se convierte en una suerte de misión imposible, además de compartir espacios y dispositivos. Hay hogares en los que es posible que sólo haya un ordenador o dos para trabajar y estudiar. El esfuerzo de supervisión de las tareas escolares exige un apoyo constante y no se soluciona con posiciones bienintencionadas. De esta forma, el estrés sobre las familias aumenta y genera situaciones de ansiedad y frustración. David Brunat, en El Confidencial, reflejaba esta situación

Claro que el escenario a medio plazo se complejiza. Observando que, hasta que no haya una vacuna o un tratamiento eficaz, no se va a poder regresar a una situación de normalidad, ya se han lanzado las primeras previsiones que apuntan que el comienzo de curso en septiembre será diferente, que el regreso a las aulas no contará con todos los alumnos y que habrá que ir generando escenarios que van desde clases de quince personas, para garantizar el distanciamiento social, hasta turnos, etc. Y eso si no ocurre otro rebrote del virus que vuelva a generar un nuevo confinamiento. Esta situación ha levantado todas las alarmas entre las familias y sitúa la conciliación como otro imposible. Además de esa combinación draconiana del teletrabajo y la tele-educación, en el caso de que los alumnos tengan que ir de diferentes formas y días, ¿cómo se van a organizar las familias? Además, no podrán contar con los abuelos y abuelas, el grupo más vulnerable a Covid-19, claves como ayuda a los padres en su organización cotidiana, desde el cuidado de los niños y niñas hasta la llevada y recogida en los colegios. 

En fin, una situación casi imposible y que tendrá que poner en funcionamiento toda la capacidad y creatividad de los responsables educativos y de la sociedad para encajar este puzzle. En caso contrario, las familias se verán sometidas a un estrés todavía mayor, tanto las que teletrabajen como las que no, porque habrá momentos en los que no puedan dejar con nadie a sus hijos; qué pasará si tienes dos hijos y uno va por la tarde y otro por la mañana y los dos progenitores están trabajando; cómo afectará a las familias monoparentales, generalmente encabezadas por mujeres y que ya tienen una situación más complicada...Escenario complejo no, lo siguiente. 






La estructura social, las clases medias y Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 06 de mayo de 2020


A lo largo de los artículos que estamos dedicando al impacto de la pandemia Covid-19, especialmente en las dimensiones vinculadas a las cuestiones sociales, las desigualdades, los colectivos vulnerables, etc., hemos hecho hincapién en cuestiones como la cohesión social, la corresponsabilidad, el valor de las políticas públicas, entre otros ámbitos. Es indudable que el impacto económico de la pandemia comienza a perfilarse cada vez de forma más clara, aunque ya desde el comienzo el escenario se presentaba ampliamente negativo. Tras dos meses de confinamiento y estado de alarma, con numerosas actividades y sectores cerrados, especialmente en sectores como la hostelería, el turismo y el comercio, el aumento del desempleo ya es una realidad constatable. Y, de nuevo, serán las medidas que se tomen desde las Administraciones Públicas, comenzando por la Unión Europea, las que puedan mitigar el escenario que se está generando. Pero, no cabe duda que las consecuencias para la estructura social y su composición serán muy significativas.

En anteriores entradas del blog, hemos indicado que serán de nuevo los colectivos vulnerables, los que ya se encontraban en posiciones de desigualdad, los que sufran en primer lugar y de forma más dura esta nueva crisis. Lo hemos visto incluso en algunas situaciones como los trabajadores y trabajadoras de determinados sectores que están siendo fundamentales en estos meses. Hablamos del personal de supermercados e hipermercados, los encargados de la limpieza, transportistas, etc., empleos que no destacan, en general, por sus condiciones salariales y laborales. Además, estos colectivos también se han mantenido en su puesto de trabajo lo que ha podido tener consecuencias sobre cuestiones como la atención a sus hijos e hijas en un contexto en el que se han cerrado los colegios. 

En una situación también compleja quedan los trabajadores y trabajadoras que han perdido su empleo en estos meses, así como la incertidumbre de los sometidos a un ERTE. Las medidas de distancia social para evitar nuevos brotes va a tener unas consecuencias sobre muchos sectores como los ya mencionados, y ese hecho va a afectar al empleo y las condiciones laborales. Se está observando en estos momentos cuando, ante las primeras fases de la desescalada, muchos establecimientos, en la hostelería y restauración, deciden no abrir porque no compensa. 

Y hay un grupo social que también quedará afectado por la crisis. Es la clase media, en la que la mayor parte de la población se autocategoriza. Sobre el impacto de la crisis de 2008 en la clase media se analizó y escribió desde numerosas dimensiones y aspectos. Ya era difícil conceptualizar un colectivo tan heterogéneo y con una diversidad de situaciones, pero que hacía del estatus un elemento central. Con la crisis de 2008, muchas personas que se pensaban de clase media se vieron expuestas a una movilidad social descendente, regresando a una suerte de casilla de salida. Además, se produjo unn descenso de las transferencias sociales, en cuestiones tan sensibles como la educación y la sanidad, que habían sido claves para ese proceso de movilidad social ascedente. 

Las clases medias no se recuperaron tras la crisis de 2008 aunque, cuando pasó lo peor, buena parte de ellas siguieron manteniendo una posición de estatus. Ahora ha llegado una nueva crisis, y de consecuencias más profundas, que puede dar lugar a una profundización de esa situación. Como para el conjunto de la sociedad, las medidas que se tomen para paliar la situación marcarán el nuevo escenario. Pero, a pesar de estas medidas y por el volumen de la crisis, el escenario se torna muy complejo. De esta forma, las clases medias, buena parte de ellas sostenidas con alfileres en los últimos años, se quedan de nuevo expuestas. Y lo hacen colectivos que pensaban que se estaban recuperando de la crisis de 2008, y lo hacen autónomos y pequeños empresarios, incluidos todos los dueños de comercios, establecimientos públicos, etc. Como ha ocurrido en el pasado en otros países, por ejemplo Francia, la respuesta a esta crisis será fundamental para evitar que estas clases medias depauperadas abracen discursos populistas de extrema derecha. Si antes se hablaba de los "perdedores de la globalización", debemos evitar que se haga ahora con respecto a los "perdedores de la crisis Covid-19", especialmente haciendo referencia a aquellos colectivos más vulnerables. 








La soledad de las personas mayores en tiempos de Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 01 de mayo de 2020


A lo largo de las semanas que llevamos conviviendo y adaptándonos a la pandemia del Covid-19 ha quedado de manifiesto el hecho de que las personas mayores son las más vulnerables al virus. Día a día hemos visto cómo crecían los fallecimientos e infectados en las franjas de edad más altas, con una especial incidencia en las residencias de personas mayores. Estos hechos marcarán un antes y un después en nuestra forma de ver a este colectivo, o al menos debería hacerlo. Ya señalamos en una entrada anterior que, en los inicios de la pandemia y cuando nadie podía intuir que las consecuencias del Covid-19 iban a ser la que han sido, se puso el foco en que esta enfermedad iba a las personas mayores especialmente. Esta argumentación "nos salvaba" al resto de su impacto. Sin embargo, pronto se vio así, la situación se desbordó y la sociedad realizón un esfuerzo ingente para proteger especialmente a este colectivo.

La situación de parte de las residencias merecería un capítulo aparte y un análisis pormenorizado. No se puede generalizar, ni mucho menos, ya que nos encontramos ante un escenario muy heterogéneo, pero la situación tendría que invitar a una reflexión social muy profunda. Primero, en el sentido de qué tipo de sociedad somos que "aparcamos" a muchas personas en estos lugares y en determinadas condiciones. Obviamente, la institucionalización es necesaria y hay situaciones, por depedencia y por decisión personal, que son un hecho. Las residencias de personas mayores y sus trabajadores y trabajadoras son una entidad central y necesaria de nuestras sociedades, y su labor es inconmensurable. Pero hay situaciones que no pueden dejarse de lado, que tienen que ver con la regularización, el estado y las condiciones de algunas residencias que, lamentablemente, ha quedado demostrado en esta crisis. Hay que ponerlas en valor, así como a sus trabajadores y trabajadoras, pero también hay que evitar esos escenarios que se han dado.

En esta entrada del Blog de AICTS nos vamos a detener en la cuestión de la soledad de las personas mayores en estas semanas. Nos encontramos con una situación que ya era una realidad antes del Covid-19. La importancia de las relaciones interpersonales y del contacto con los familiares y la red social cercana es una necesidad para las personas mayores, que en no pocas ocasiones se encuentran en situaciones soledad, bien por su institucionalización en residencias y por la ausencia de visitas, bien porque viven solos y solas en sus domicilios, en no pocas ocasiones en localidades diferentes a sus hijos e hijas. La soledad es uno de los problemas más importantes de las personas mayores que se ha visto recrudecida en parte de este colectivo durante esta crisis. 

A las personas que ya se encontraban en situaciones de soledad se ha unido el confinamiento que impide, y por razones obvias y justificadas como es la seguridad, el contacto con sus familiares. Muchos artículos han puesto el foco en este aspecto, así como en lo ocurrido en residencias de personas mayores en las que no se podían producir visitas. Todo ello tiene unas consencuencias en el bienestar psicoemocional de las personas mayores que, en no pocos casos por su estado no pueden entender los motivos del cese de las visitas. Es cierto que las tecnologías han podido mitigar en parte esta situación, o que las redes vecinales han ayudado a personas mayores a poder contar con sus alimentos y medicinas al no poder bajar a la calle. Pero son parches.

Covid-19 nos deja un mundo nuevo, unas consecuencias que no alumbramos todavía a observar en muchos ámbitos, pero nos tiene que hacer repensar la atención a nuestros mayores en su conjunto, a ponerlos en valor. Y tenemos que ser también muy conscientes de la situación de la soledad. Si hay rebrotes de la pandemia, algo que no es ni mucho descartable por las previsiones de los expertos, será necesario articular medidas para paliar esos escenarios que puedan incidir negativamente en el bienestar de las personas mayores. 








Sobre la cohesión social y el impacto de la pandemia Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 27 de abril de 2020


A lo largo de las entradas que viene escribiendo el equipo de AICTS en este blog, dedicadas estas semanas y meses al impacto de la pandemia Covid-19 en varias dimensiones, se dan una serie de ideas transversales. Una de ellas no cabe duda que es la cohesión social, como un elemento vector y determinante en la respuesta a las consecuencias del virus. La cohesión social siempre ha sido un concepto fundamental para entender el papel de las políticas públicas y, en la medida que estas han ido en una dirección y otra, han tenido un impacto en dicha cohesión social. La cohesión social nos retrata comos sociedades en el sentido de cómo somos corresponsables los unos de los otros, cómo se articulan los mecanismos para que el conjunto de ciudadanos y ciudadanas se sientan integrantes de una sociedad. Si esa cohesión no se da, el sistema está en riesgo y la conflictividad social aumentaría. Obviamente, la cohesión social va ligada a la igualdad de oportunidades, a la equidad y a la reducción de las desigualdades.

Este hecho lo tuvieron muy claro los definidores de las políticas del Estado de Bienestar. Una sociedad que se base en la desigualdad y en la injusticia, nunca podrá estar cohesionada. T.H. Marshall fue más y lo relacionó con el concepto de ciudadanía y los Derechos Sociales. Y es que, sin estar cubiertas las mínimas condiciones vitales, sería imposible disfrutar de Derechos Civiles y Políticos. Este hecho lo vemos en la actualidad cuando se analiza el voto en función del barrio de residencia y se observa cómo la abstención es mucho mayor en los barrios desfavorecidos.

La cohesión social se basa en una corresponsabilidad. Y esa corresponsabilidad no solo tiene una vinculación con la empatía, sino que se manifiesta en un sistema impositivo. Cuando se pagan impuestos, se financian las políticas públicas que tienen que ir encaminadas a esa cohesión social. Lo estamos viendo estas semanas con las consecuencias de la reducciones presupuestarias en el ámbito sanitario. Por lo tanto, cohesión social no es caridad ni asistencialismo, cohesión social es corresponsabilidad. 

Sin embargo, las últimas dos décadas han tenido unas consecuencias negativas en la cohesión social. Los valores que han impregnado nuestras sociedades con la evolución de un capitalismo neoliberal y globalizado se han basado en el consumismo y el individualismo. Poco espacio queda ahí para la cohesión social. De hecho, una de las tensiones más evidentes se ha manifestado en cómo diferentes grupos sociales, especialmente parte de los que se convirtieron en clases medias gracias a las medidas del Estado de Bienestar, gracias a las políticas públicas basadas en la cohesión social y la corresponsabilidad, reclamaban pagar menos impuestos, junto a clases más altas. Sin embargo, no son pocas las voces que ya hace años que alertaban de la deriva que llevaba el sistema y de cómo podía afectar a su supervivencia, con graves riesgos de aumentar la conflictividad. Lo manifestaron gente tan poco sospechosa como Warren Buffett o, en España, Antonio Garrigues Walker. 

La crisis sistémica de 2008 fue un duro golpe para la cohesión social. En nuestras sociedades, se produjo un aumento de la desigualdad y de la precariedad. Buena parte de los ciudadanos y ciudadanas no se vieron respaldados por un sistema que, en cierto sentido, "les dejó de lado". Fue un punto de inflexión determinante que explica una cierta deslegitimación del sistema que ha sido aprovechada por grupos populistas para crecer. Sin embargo, el error vino desde dentro, de las medidas que se tomaron que, en parte, supusieron un sacrificio de parte de la sociedad.

Las consecuencias económicas de la pandemia Covid-19 tendrán un impacto muy negativo en las condiciones de vida de la gran mayoría de la sociedad, aunque son las personas que ya estaban en desventaja las que sufrirán en gran medida el golpe. Lo estamos viendo ya, aumentan las colas en las entidades del Tercer Sector para solicitar alimentos. Si el sistema responde en la misma línea que en 2008, y parece que no va en esa dirección, la cohesión social se verá muy debilitada y el sistema entrará en una fase de deslegitimación. Tenemos la oportunidad de evitarlo, nadie dijo que será fácil pero, en caso contrario, el mundo que nos espera es mucho peor. 








La estructura territorial y el Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 24 de abril de 2020


Durante prácticamente el último lustro, la despoblación de amplias zonas del interior de España ha ocupado parte de la agenda pública de los medios de comunicación. Se ha producido una reivindicación de estos territorios, una concienciación de su situación, pero la despoblación ha seguido su curso a pesar de las medidas que se han puesto en marcha para frenarla. En paralelo, y con una menor visibilidad social, crecía la preocupación de los territorios intermedios, los que no eran las grandes ciudades, que se estaban quedando en un segundo plano. Este proceso ya se había visto en Francia y se alertaba sobre sus consecuencias. Los indicadores nos mostraban cómo estas ciudades y territorios perdían población y la ganaban las grandes ciudades, donde había más oportunidades laborales. Estas zonas habían perdido la mayor parte de las actividades del sector secundario y se habían terciarizado, convertidas en no pocas ocasiones en un reclamo turístico. Este proceso hay que insertarlo en la Globalización que, obviamente, iba a ser de las grandes ciudades, protagonistas y capitalizadoras de la misma.

Por lo tanto, un problema de dimensiones territoriales que implicaba soluciones muy complejas y una creciente desigualdad. ¿Cómo afecta Covid-19 a este escenario? Seguramente, es demasiado pronto para poder hacer un diagnóstico y una proyección, pero podemos ver qué está ocurriendo en estas zonas y en la dimensión territorial e intuir algunas tendencias. Lo primero, el debate ya se ha centrado en las medidas que se han tomado para combatir la pandemia. No cabe duda que estamos hablando de medidas, de confinamiento, que están pensadas para las grandes ciudades. En este sentido, la queja que se ha lanzado desde diferentes ámbitos de las zonas rurales están fundamentadas. Pero también deberían tenerse en cuenta las circunstancias que caracterizan a estos territorios, con una población envejecida, precisamente el colectivo con mayor riesgo ante el Covid-19. Recordemos el temor en los primeros momentos de la pandemia, cuando existían personas que se iban a las segundas residencias y se alertaba por el riesgo de llevar el virus con ellos. Lo que está claro es que, las medidas de desescalada del confinamiento tendrán que tener en cuenta estos territorios. No es lo mismo Madrid o Barcelona que una pequeña localidad de la sierra de Cuenca, pero tampoco se sabe si las personas que están en ese municipio han pasado el virus o son asintomáticos.

El impacto en el medio rural es muy importante por la situación en la que ya se encontraba. Los sectores económicos del sector primario son claves para el abastecimiento pero hay ya escenarios complejos derivados del hundimiento del mercado, especialmente en la ganadería por el cierre de restaurantes, o la falta de mano de obra para atender las labores agrícolas. Por el otro lado, el que en algunas zonas y municipios tenga un elevado peso el sector turístico supone que parte de la temporada está cerrada. Semana Santa, que era uno de los grandes momentos del medio rural en ese sentido, ya se ha perdido. Pero, puede haber perspectivas de futuro positivas en el sentido de que el turismo de proximidad será importante en los próximos meses. De la misma forma que los productos de los entornos cercanos. 

En cuanto a las ciudades medias, la situación también es compleja. Ha habido algunas de ellas que han padecido el impacto de Covid-19 y la falta de medios por su posición geoestratégica. Los casos de Soria y Segovia son algunos de ellos. Es muy importante incidir, en todos los casos, que estamos hablando de derechos y de recursos. Para las ciudades medias, las consecuencias de Covid-19 vuelven a ser un desafío dentro del contexto en el que se encontraban por lo que, una vez más, el tablero será global. Surgen voces de nuevo que inciden en la posibilidad de recuperación de industrias y sectores que fueron desmantelados y que se han visto tan necesarios en un contexto y escenario como el que nos movemos. Sin embargo, la respuesta es nacional y global.

En definitiva, una dimensión la territorial que no debemos olvidar a la hora de afrontar el mundo durante el Covid-19 y el post Covid-19, sea cuando sea, porque va a obligar a reconfiguraciones. La cuestión es, como hemos comentado en otros artículos, si esa reconfiguración irá en la dirección de corregir las tendencias anteriores o, por el contrario, las desarrollará y las va a exacerbar. Esa esa la gran pregunta. De momento, no se atisba una respuesta clara. 








Covid-19 y jóvenes: ¿más generaciones perdidas?

Por EQUIPO AICTS / 17 de abril de 2020


La situación de los jóvenes siempre ha sido compleja en un país como España. Desde hace décadas, los jóvenes han tenido dificultades para acceder a lo que se denominaba la "vida adulta". Los tránsitos a este escenario estaban marcados y ritualizados a través de una serie de pasos: la formación y los estudios, la entrada en el mercado de trabajo, el acceso a la vivienda y el matrimonio o la vida en pareja para formar una familia. Este esquema funcionaba a duras penas, aunque con diferencias y desigualdades. Pero, en un país con un Estado de Bienestar de carácter familista también la institución familiar contaba con un papel predominante en el sentido de apoyo económico tanto hasta la emancipación como en la ayuda para el acceso a la vivienda. Sí que es cierto que, en el caso español, estos procesos han estado muy marcados por contar con una vivienda en propiedad, en detrimento del alquiler, y en consolidar un puesto de trabajo. 

A comienzos del siglo XXI, el término "mileurista" fue acuñado para identificar a los jóvenes que subsistían con empleos con salarios que rondaban los 1.000 euros, la gran mayoría. No era una novedad, es un ejemplo que los jóvenes y las mujeres han sido dos colectivos que han funcionado en un sentido de "ejército de reserva del capitalismo" con salarios más reducidos, mayor temporalidad, mayor empleo parcial, etc. La excusa para esas condiciones es que los jóvenes no contaban con experiencia y que, por ese motivo, sus salarios y condiciones tenían que ser menores. De hecho, se justificaban situaciones injustas, que no han cesado, como prácticas no remuneradas como proceso de aprendizaje. 

Con todo esto, una situación estructural de la juventud, que podía establecer en parte su emancipación por la ayuda familiar, llegó la crisis de 2008 y los jóvenes se convirtieron en uno de los colectivos más perjudicados. Aquello fue impacto sin precedentes porque se contaba con una base muy endeble. Desempleo por encima del 50%, descenso de los salarios, sobrecualificación en en acceso al empleo, condiciones laborales muy precarias...Se sacrificó una generación y ahí quedan las imágenes de jóvenes cualificados que tenían que salir de España para buscar mejores condiciones de vida y un proyecto. También queda el 11-M de 2011, con una generación reivindicando sus proyectos de vida y un sistema deslegitimado. Pero poco se hablaba de los jóvenes que se quedaban, aquellos que no tenían la oportunidad de salir. Se hablaba de la "generación mejor preparada de la Historia de España", pero también existían jóvenes en situación de vulnerabilidad y exclusión social de antemano. Y la crisis intensificó esa situación. Crear un proyecto de vida basado en la emancipación, obviamente, iba a depender más de los orígenes socioeconómicos y de las redes de contactos para acceder a un empleo de calidad.

En esta década, las condiciones de vida de los jóvenes no han mejorado mucho. Siguen teniendo problemas para emanciparse y su acceso al mercado de trabajo es complejo. Cuando consiguen estabilizarse, han pasado años, y son conscientes de este proceso. Junto a ello, la turistificación de los centros de las ciudades, especialmente de las grandes urbes que es donde hay más oportunidades laborales, especialmente cualificadas, ha disparado el precio de los alquileres que no pueden ser sostenidos por muchos de los sueldos de estos jóvenes. Por lo tanto, el contexto estructural sigue perjudicando a los jóvenes. De esta forma, las consecuencias se observan en cuestiones como la Natalidad y la edad del primer hijo.

Y, ahora, llega la pandemia de Covid-19 y el horizonte de la situación de los jóvenes se complejiza mucho más. Como venimos señalando en estos posts, las crisis y los shocks se ceban en mayor medida con los colectivos más vulnerables y en situación de exclusión social. Covid-19 no va a ser una excepción, en todas sus dimensiones. Los jóvenes ya venían de unas condiciones de vida y laborales que no eran justas, al contrario. Si las medidas políticas y económicas no lo remedian, el impacto de Covid-19 precarizará todavía más las condiciones de vida de este colectivo, su acceso al empleo y la forma de hacerlo. Es necesario un plan centrado en ellos porque no se puede volver a caer en el error de perder más generaciones. Los jóvenes no se merecieron lo que ocurrió con la crisis de 2008, tampoco se puede sacrificar a estos colectivos que son el futuro de la sociedad. Y habrá más motivos para hacerlo en el sentido que las bases de la desigualdad se van a ampliar seguramente. El impacto del Covid-19 en el empleo afectará a unas familias más que otras, y eso también lo hará en sus hijos e hijas. Lo que ocurra en Educación será determinante ya que la brecha digital de estos meses habrá agrandado las desigualdades educativas y sociales. 

Los jóvenes son el futuro de nuestras sociedades, y en este contexto todavía más. Insistimos en la necesidad de evitar que se produzca, o se intensifique, un escenario de precarización de sus condiciones laborales y de vida. Nos jugamos la cohesión social, no lo olvidemos.






Previsiones, desigualdades y vulnerabilidades o el día después de Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 15 de abril de 2020


El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha publicado un informe sobre el impacto económico de la pandemia Covid-19. No por esperado, el impacto del mismo está siendo muy relevante. Desde el comienzo de la crisis derivada del coronavirus, era un hecho que las consecuencias económicas serían históricas. La cuestión era hasta dónde irnos para establecer la comparativa: ¿la crisis financiera de 2008?, ¿la crisis del petróleo de 1973?, ¿la Segunda Guerra Mundial?, ¿la Gran Depresión de 1929? A medida que las previsiones se iban más atras, las consecuencias psicológicas cambiaban. Por un lado, porque algunas de estas crisis habían sido vividas por parte de la sociedad, pero otras muchas no. Por otra parte, porque las medidas para reflotar la situación tras la pandemia serían más globales y drásticas, no tendría que ser como en 2008.

El FMI ha señalado que el Producto Interior Bruto (PIB) caerá un 3% y aumentará el desempleo. Pero será España uno de los países que tenga uno de los peores escenarios. El conjunto de las economías avanzadas van a caer, según la previsión de este organismo, un 6,1%, con casos como los de Italia (9,1%) y España (8%) a la cabeza. En el caso de España, se indica que el desempleo aumentará al 20%, recordemos que en los peores momentos de la crisis de 2008 se alcanzó el 25%. Estos datos son demoledores, muestran una situación de alta complejidad, un reto gigantesco. Por mucho que la recuperación esté prevista en 2021 por encima del 4%, no será suficiente. 

En todo caso, también hay que destacar la incertidumbre ya que, en el caso de España, todavía no está claro cuándo se saldrá del confinamiento. Lo que sí es evidente es que esa salida tendrá una situación muy escalonada, en el sentido que no se recuperará la normalidad hasta que no llegue una vacuna o el virus esté controlado. De esta forma, sectores como el turismo, buena parte del vinculado a la cultura, la hostelería y la restauración, etc., centrales en nuestro país, van a pasar un periodo muy complicado. De hecho, la temporada turística está prácticamente descartada. Estos factores añaden todavía más incertidumbre.

Cuando comenzó la crisis de Covid-19, ya señalamos que el impacto iba a ser global pero que, como en todas las crisis, no todo el mundo está en la misma situación para afrontarlo. Uno de los aspectos más evidentes es cómo se produce el confinamiento, con situaciones de vulnerabilidad que afectan a las condiciones de habitabilidad, pequeñas viviendas que concentran amplias familias, colectivos cuyas condiciones de vida son muy precarias. Personas que estaban sin empleo, en la economía sumergida, trabajas precarios sometidos ya a ERTEs. Tendremos tiempo de volver a la cuestión de la Educación y la brecha digital y educativa. En definitiva, aquello que en su día llamábamos "tormenta perfecta". La desigualdad reproduce a la desigualdad y Covid-19 va a intensificar esas medidas. En ese sentido, las voces de los protagonistas ya apuntan a esa dirección. Las expectativas y perspectivas son negativas y pesimistas y es lógico. En estos momentos, tras más de un mes de confinamiento, el Tercer Sector ya avanza un importante aumento de las peticiones de ayudas tanto en el ámbito alimentario como para el pago del alquiler.

Pero, en definitiva, la forma de afrontar y de paliar esta situación, porque las consecuencias están ahí y esas son inevitables, depende en gran medida de las medidas políticas que se tomen en las próximas semanas y meses. Porque es un hecho que es necesario regresar a políticas del Estado de Bienestar que retomen el valor de lo público, de la solidaridad y de la cohesión social a través de la corresponsabilidad. Esa es la primera fase, la que se atiende en los debates nacionales y europeos, porque el terreno de juego es global. En esas medidas es cómo nos jugamos cómo quede nuestra sociedad y cómo va a impactar el proceso en las desigualdades. La segunda fase, será pensar nuestros modelos productivos y nuestra estructura económica, en un país que se ha centrado en una economía en parte basada en un sector servicios precarizado. Volveremos sobre ello más adelante.



La vulnerabilidad de las personas mayores y el Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 10 de abril de 2020


El impacto de la pandemia del Covid-19 ha cambiado nuestras vidas y el escenario de futuro que se presenta no ya a medio y largo plazo, sino a corto, es un desafío mayúsculo. No sólo en el sentido de las consecuencias sanitarias de la pandemia, miles de fallecidos y de infectados, y de las económicas con una recesión sin precedentes en muchas décadas. La pandemia del Covid-19 también nos ha mostrado las contradicciones de la globalización neoliberal, de la que hablaremos en otro artículo; del valor de los servicios públicos y de la importancia del Estado de Bienestar; o la necesidad de no desprestigiar ni olvidar muchos sectores y trabajadores y trabajadoras que están haciendo una labor ingente en numerosos ámbitos. Pero, una de las reflexiones que también es necesario abordar es la situación de las personas mayores y su vulnerabilidad en relación al Covid-19.

Hay que partir del hecho de que el escenario que se generó en relación al Covid-19 y las personas mayores tuvo ciertas connotaciones negativas. En primer lugar, se insistió mucho en que el virus sólo afectaba a personas mayores y con patologías previas. En cierto sentido, se transmitía la idea de que el resto de la población estaba protegida frente a la amenaza. Sin duda alguna, este hecho también nos muestra una forma de valorar la situación de las personas mayores. Incluso, desde algunas voces se ha apuntado un cierto "edadismo" o discriminación por cuestión de edad. Sin embargo, hay que reseñar que la sociedad ha respondido cuando se han tomado las medidas de aislamiento y confinamiento para salvaguardar la integridad del colectivo más vulnerable a este virus, en este caso las personas mayores.

Es un hecho que el Covid-19 ha impactado de forma mucho más evidente en las personas mayores y con patologías previas. En el momento en el que estamos escribiendo el presente artículo, 10 de abril de 2020, España había registrado más de 52.000 hospitalizaciones por Covid-19 y, de ellos, el 48,3% superaban los 70 años y el 20,2% se situaban entre 60 y 69 años. En cuanto a los fallecidos, de las 15.843 personas que habían perdido la vida en estas semanas, prácticamente el 90% superaban los 70 años, según los datos del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad.

Estos datos, con todas las vidas e historias detrás, muestran una tragedia sin paliativos. La vulnerabilidad de este colectivo se ha puesto de manifiesto en un país como España caracterizado por el envejecimiento de la población. De hecho, este proceso y el impacto del virus en las residencias de personas mayores ha sido señalado como dos de los factores claves en las consecuencias del Covid-19 en nuestro país. De la misma forma, algunos estudios indican que las medidas que se han tomado en España han evitado el fallecimiento de 16.000 personas

El impacto del Covid-19 en el colectivo de personas mayores será una de las tragedias más importantes de nuestro tiempo. De la misma forma, hay que extraer una serie de conclusiones para evitar que estas situaciones vuelvan a ocurrir. La primera, evitar caer en el aspecto que decíamos al comienzo del artículo, lo que implicar contar con otra mirada sobre las personas mayores. En segundo lugar, se conscientes de nuestra estructura poblacional, con ese envejecimiento ya indicado, lo que tiene que llevar a mejorar los sistemas de protección para reducir la vulnerabilidad de este grupo de población, especialmente ante escenarios como el que estamos viviendo en la actualidad. La tercera, vinculada a la situación de las residencias de personas mayores, un ámbito muy heterogéneo y diverso en el que el Covid-19 ha impactado con crudeza. Hay que aportar una mirada también más profunda, ser conscientes de su realidad, de la los residentes y las personas que trabajan con ellos, no pueden ser consideradas como un lugar en el que dejar a las personas mayores. E, insistimos en que es un ámbito muy diverso y heterogéneo, no se puede tampoco estigmatizar al conjunto de las mismas, al contrario.

Las personas mayores están siendo las principales víctimas del Covid-19, son el colectivo más vulnerable ante la pandemia y precisan toda nuestra protección y atención. Pero también debemos contar con una mirada más integral, solidaria y corresponsable con nuestras personas mayores. Generaciones y generaciones sin las cuales no estaríamos aquí ahora. En una sociedad que ha sacralizado la juventud y el "peterpanismo", no estaría demás ser conscientes del valor de los mayores. 



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