Educación y Covid-19

Por EQUIPO AICTS / 3 de abril de 2020


Hace ya unas semanas que comenzaron el cierre de los colegios y del conjunto de centros educativos. Primero fueron en Madrid, Vitoria y Labastida, una pequeña población en Rioja Alavesa (Euskadi). Luego llegó La Rioja, apenas cuarenta y ocho horas después. El resto de regiones, fueron en cascada y en muy pocos días el sistema educativo cambiaba el aula presencial por el de la atención on line. De repente, en unas horas, lo adalides de las TICs se lanzaron a pregonar la oportunidad para un sistema que, en no pocas ocasiones, es categorizado como caduco, no ajustado a los tiempos, etc. Algunas de estas críticas, son reales y están justificadas. Pero, cuando comenzó la crisis del Covid-19, muchas personas pusimos el foco en la cuestión de las desigualdades y brechas educativas con las que ya nos encontrábamos. Y es que el sistema educativo no estaba preparado para dar un salto, sin red, a la docencia on line ni para abordar cómo afectaría a las desigualdades sociales y educativas.

Partimos de una base que ya hemos expuesto en este blog en otras ocasiones, y que hemos abordado en investigaciones y artículos. Las desigualdades en educación responden a las que se observan en la sociedad. Y, el sistema educativo, que se basa en la igualdad de oportunidades y la equidad, así como en la no discriminación bajo ningún concepto, tiene como misión el reducirlas, dentro de las políticas públicas del Estado de Bienestar. Sin embargo, esto no siempre es así y, en no pocas ocasiones, el sistema reproduce las desigualdades o las intensifica incluso. Cuestiones como la segregación escolar, el "efecto Mateo", el "efecto compañero", el peso de los costes directos e indirectos, siempre están presentes. La crisis de 2008 intensificó las desigualdades en educación con los recortes y ajustes educativos, dejando de lado algunas medidas que atajaban o mitigaban las mismas. Este hecho también se hizo notar en el ámbito universitario, por ejemplo, a través de aumento de las tasas, por ejemplo. Sin embargo, no es menos cierto que la igualdade de oportunidades y la equidad en el sistema educativo había sido una de las grandes conquistas del Estado de Bienestar a través de la universalización de la educación y del acceso a la Universidad de hijos e hijas de las clases populares. Este proceso fue determinante en la movilidad social hasta comienzos del siglo XXI y es uno de los grandes aciertos del sistema educativo, junto con el éxito de la mujer en el mismo. Pero, todavía quedaban dentro del sistema educativo colectivos en situación de desigualdad, todavía procedentes de clases populares, minorías étnicas como los gitanos y, con la llegada de la inmigración en el siglo XXI, parte de estos colectivos. Es decir, se podría decir que existe una desigualdad en la educación estructural y cronificada. 

Y, en este contexto, llegó el Covid-19. Había en las primeras declaraciones un "optimismo tecnológico", pero las desigualdades estaban ahí. Primero, con la heterogeneidad de escenarios que se iban a producir, no es lo mismo la educación Infantil que la de Secundaria, por no señalar las opciones diferentes tanto a la hora de elaborar materiales como en la cuestión de poder desarrollar vídeoconferencias, y lo mismo vale para el ámbito universitario. También había diferentes tipos de presión, por ejemplo los y las estudiantes de Bachillerato que necesitan de sus notas para el pase a la Universidad. Pero las desigualdades aparecían en otros aspectos. Primero, suponer que todo el mundo tendría acceso a disposotivos móviles, ordenadores, conexión a Internet, etc. Es decir, la infraestructura necesaria para abordar la cuestión. Por otra parte, Fernández - Enguita ha señalado en no pocas ocasiones la brecha de uso en la cuestión de las TICs en vez de la de acceso. En ese sentido, algunas familias no contarían con las herramientas necesarias y no pocos centros lo ha solventado aportando ellos mismos los dispositivos. Pero, en la línea de Fernández Enguita, teniendo las herramientas se daría el caso de que no se supiesen utilizar para esos fines requeridos. Cuando hemos llevado a cabo estudios sobre educación y relación familia - escuela, nos hemos encontrado generalmente el no uso de las plataformas institucionales con los que cuentan los sistemas educativos por los colectivos en situaciones de vulnerabilidad. Y aquí, la solución no es poner un dispositivo. Finalmente, ¿cuántas personas están en la familia y de cuántos ordenadores o dispositivos se disponen?, ¿qué pasa si hay un único o dos ordenadores, por ejemplo, y son utilizados por los padres para hacer teletrabajo?, ¿qué ocurre si hay dos hermanos y tienen que compartir odenador?, porque no es lo mismo seguir una actividad o realizarla en un ordenador, un móvil, una tablet...

Otro aspecto importante es el acompañamiento, especialmente a medida que los estudiantes son más jóvenes. Este modelo de enseñanza implica un acompañamiento por parte de los padres, o de al menos un progenitor. Eso implica dar por supuesto que cuente con un dispositivo, conozca el funcionamiento y tenga conocimientos para hacer las tareas. Estos preceptos no se cumplen en muchos casos. Ya hemos señalado el hecho de no contar con las herramientas necesarias pero, ¿qué ocurre si no hay un acompañamiento porque el padre y la madre están trabajando?, ¿qué ocurre si no cuentan con los conocimientos suficientes para poder ayudar a sus hijos o hijas en las dudas que puedan surgir?, ¿qué ocurre si ese padre o madre ha perdido su trabajo o ha entrado en un ERTE y sus preocupaciones están en otra parte, lógicamente? Sin duda alguna, aquí hay más barreras que surgen y algunas de ellas afectan a los colectivos más vulnerables, otra vez. 

Igualmente, estamos presuponiendo el manejo de los y las estudiantes de estas herramientas al ser parte de la categoría "nativos digitales". Pero no está tan claro, ni mucho menos. Son "nativos digitales" al contar con unas destrezas y herramientas que conocen y controlan para ciertas actividades, por ejemplo jugar a vídeojuegos, pero se complica en el caso de rellenar unas fichas, hacer búsquedas en Internet, etc., en las que necesitan un acompañamiento. Incluso, cuando hablamos de chicos y chicas mayores, incluso universitarios, observamos que tienen habilidades digitales para ciertas cuestiones, manejo del móvil y las Redes Sociales, pero existen dificultades en competencias básicas como hacer un Word o un Excel. Si esto lo vemos en nuestras clases presenciales, en una docencia on line la cuestión se complejiza.

Y todos escenarios se complejizan todavía más en el caso de estudiantes que tienen algún tipo de necesidad educativa, chicos y chicas que cuentan con refuerzos y apoyos, así como aquellos que tienen alguna discapacidad. Aquí, las brechas aumentan.

Presión sobre los alumnos y alumnas; presión sobre padres, madres y familias, pero, ¿qué ocurre con los docentes? Como decíamos, el sistema educativo se lanzó sin red, con una infraestructura que no estaba todavía preparada en la mayor parte de los casos, así como con un déficit de formación. No cabe duda que, como en tantas otras ocasiones, se ha dado un esfuerzo voluntarista por parte de los docentes y equipos directivos para afrontar en el menor espacio de tiempo estas situaciones. El estrés y el impacto que se ha dado en la mayor parte de los profesionales educativos es un hecho. Hay una elevada diversidad de situaciones, pero muchos centros educativos han tenido que adaptarse a toda velocidad, aprender a manejar herramientas como el Teams, editar vídeos, fichas interactivas, etc. 

En definitiva, un escenario nuevo e impredecible, una situación que no debería ser utilizada como banco de pruebas sino como una herramienta de aprendizaje para conocer dónde se producen o se intensifican las desigualdades en educación. Un escenario de gran complejidad y con unos impactos que serán duraderos. Y, todo ello en un contexto más inestable, al menos el que se dibuja. Podremos aprender de esta situación, sin duda alguna, pero esperemos que no se produzca una sacralización de las tecnologías.





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