Lo estructural y lo cotidiano

Por EQUIPO AICTS / 1 de marzo 2021

En las Ciencias Sociales, en general, siempre estamos en una dialéctica que va de lo estructural o contextual a lo particular o individual. Es decir, analizamos esas condiciones que marcan la vida de los individuos, de los colectivos y de las sociedades. Existe una estructura que es analizada por activa y por pasiva, una estructura que nos encuadra. Por otro lado, las personas también hacemos nuestras acciones, tomamos nuestras decisiones y contamos con unas expectativas. La cuestión de cuánto influye esa estructura en la acción individual y cómo ese cúmulo de actuaciones pueden transformar esas estructuras está en la base de las Ciencias Sociales. De esta forma, no son pocas las ocasiones en las que esa dialéctica se plasma en la identificación del peso de unos y otros en la evolución de la vida de los individuos. Los procesos de socialización son claves en todo este proceso y, a la hora de analizar las estructuras sociales y los cambios sociales, son fundamentales esas condiciones que enmarcan.

Viene esta reflexión por el momento en el que nos encontramos y cómo parece que ese marco se hace más inamovible. Siempre ha sido así y es un proceso que se aceleró a partir de la crisis de 2008, con un escenario que se hacía más estructural. La pandemia de la Covid-19 y sus consecuencias, que vivimos en el día a día, parecen incidir más en esa dirección, en la intensificación de los procesos que se venían dando, que es una hipótesis que venimos defendiendo desde hace tiempo. A medida que esa estructura se hace menos permeable, condiciona más las vidas de los individuos y de las sociedades y deja menos margen de acción. En modelos neoliberales, que ponen el foco en el individuo y en sus acciones y capacidades, esta evolución supone una intensificación de la culpabilización de tu propia situación por sus méritos o deméritos. La semana pasada, la consultora 40dB. publicó un interesante informe bajo el título El impacto generacional del coronavirus. El mismo fue realizado para la Fundación de Estudios Progresistas Europeos (FEPS) y la Fundación Felipe González, bajo el apoyo del Parlamento Europeo. Con una muestra de 1.000 encuestas, el estudio no deja lugar a dudas sobre algo que ya se viene advirtiendo desde el comienzo de la pandemia, y que ya ocurría antes, y es cómo son los más jóvenes, los millennials, los que ven cómo sus condiciones de vida y sus perspectivas se ven más afectadas. Por señalar dos indicadores, el 66% de los encuestados de 24 a 39 años señalaron que recibían menor salario desde el comienzo de la crisis y para el 49% se redujo su jornada laboral. 

La sorpresa es ninguna. Responde a los parámetros ya visto en anteriores crisis y, especialmente, en un país como España en el que la juventud, o una buena parte de la misma, lo tiene complicado, dependiendo en mayor medida de las condiciones de partida, de los orígenes familiares. En todo caso, si la pandemia se ha cebado en mayor medida con un sector terciario basado en los servicios no especializados, donde no pocos jóvenes no es que entren al mercado laboral sino que tienen que quedarse en los mismos, y a medida que el nivel de estudios es más bajo la situación se pone muchísimo más complicada, con cierres en hostelería, turismo, etc., es inevitable que sea en esos colectivos en los que el impacto sea mayor. Todo esto, como venimos insistiendo, afecta a los proyectos de vida, a la cohesión social y a la legitimidad del propio sistema.

En el otro lado de la balanza, en diferentes Redes Sociales se hizo viral la foto de un joven rider estudiando en plena noche bajo la luz de una farola, con la foto aparcada a un lado. La imagen llegó a los medios de comunicación y guarda un simbolismo impresionante que nos dice mucho del sistema que hemos construido y que reproducimos. La historia de Carlos Alegre, un joven malagueño de 24 años, muestra ese proceso en el que parte de la juventud está instalada. Ciertamente, no es una novedad, algunos como los que escribimos en este blog pasamos por momentos similares, trabajando y estudiando a la vez, incluso aprovechando horas vacías en las barras de los bares en los trabajábamos para repasar, estudiar, etc., como Carlos Alegre. Lo que pasa es que pensábamos que tendríamos que ser los últimos que íbamos a tener que hacer eso, o al menos que las cosas mejorasen para las siguientes generaciones. Pero no, no ocurre así, las situaciones siguen siendo complicadas y, además, la evolución en estas décadas implica que las desigualdades se transmiten en ocasiones de forma más sutil que directa. Una imagen tremenda, una imagen con todas las interpretaciones y visiones que se quieran poner, desde el tesón de Carlos Alegre, su motivación y ganas, hasta lo que se transmite ya señalado. 















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