La juventud española

Por EQUIPO AICTS / 07 de junio 2021

Desde el Blog de AICTS, hemos escrito en numerosas ocasiones de los jóvenes en España, entendiendo esta categoría de forma amplia, hasta los 35 años. Lo hemos hecho para referirnos a su situación en general. Lo hemos hecho también por el impacto de escenarios y crisis como la de la covid-19. El diagnóstico es conocido: dificultades para acceder al mercado de trabajo, llegada al mismo en condiciones precarias, barreras para poder conformar un proyecto de vida, emancipación que se alarga en el tiempo, etc. Estos son escenarios que se han recrudecido en las últimas dos décadas y que nos han llevado a una situación que no tendríamos que permitir como sociedad, por numerosos motivos, desde los derechos hasta la cohesión social. Sin embargo, el escenario va lejos de mejorar, al contrario, y ya señalamos en su momento que la crisis de la covid-19 daría lugar a una nueva encrucijada para este grupo de edad. Mientras tanto, desde los diferentes poderes públicos, y desde el conjunto de agentes que conforman la sociedad, poco se ha hecho para evitar este camino. Es cierto que se ha caído en los mantras de rigor, desde "las generaciones mejor formadas", hasta "la fuga de talentos". Pero hay trampa en estas lamentaciones, muchas veces lanzadas desde aquellos grupos que tendrían que trabajar más por la solución. En cuanto a las generaciones mejor formadas, la evolución de la cualificación de la sociedad española ha sido excepcional desde la década de los ochenta, con la llegada a estudios superiores de amplias capas de la población procedentes de las clases trabajadoras y medias. Nuestro Estado de Bienestar, y el sistema educativo, tendrán sus limitaciones y carencias, pero este proceso ha sido un éxito. Además, también hemos transmitido a los individuos que "pueden ser lo que quieran", que desarrollen sus vocaciones pero, cuando lo han hecho, se les lanza el mensaje de que "has estudiado la carrera equivocada". Esto es lamentable porque carga en la responsabilidad individual la situación de una vida, en función de esa decisión, puro neoliberalismo. Evidentemente, hay estudios con más facilidad de acceso al mercado de trabajo que otros, pero ¿no será que falla el sistema y el modelo productivo cuando no es capaz de dar una respuesta a la cualificación que somos capaces de generar como sociedad?, ¿no se cae en una deslegitimación del mismo?, ¿qué mensajes estamos lanzando a los individuos a los que se les dice que se desarrollen como personas y profesionales pero a los que culpabilizamos por elegir esas vías, a través de unos estudios, por ejemplo?

Igual de duro es el mensaje de "la fuga de talentos". Fue un mantra con la crisis de 2008 que se vuelve a repetir ahora. Después de haber formado a gente al nivel descrito anteriormente, tienen que irse a buscar trabajo fuera de España porque no hay opciones. Muchos de ellos son personas cualificadas, otras no, pero con la covid-19 ya se ha puesto de manifiesto la precariedad de la Ciencia en España, por ejemplo. El problema es que hay mucho de mitificación en esta visión porque conocemos casos de éxito pero no muchas otras realidades. Al desarraigo, a la emigración, a las dificultades de comenzar en otra sociedad, con otro idioma, etc., se suma el hecho de que nadie te garantiza, ni allí ni aquí, que las cosas vayan a salir bien. Tampoco conocemos datos de esas oficinas de retorno que se "vendieron" como una oportunidad de recuperar talento. Y, además, ¿qué visión dejamos para los que se quedan?, ¿son los que no pudieron, no quisieron, o no valían para irse? Es un mensaje durísimo al que nos hemos acostumbrado y que tiene muchas cargas de profundidad.

El País lanzaba el pasado 6 de junio una serie de reportajes y artículos sobre este hecho. Se incidía en que era el grupo de edad con más pobres, y también se reflexionaba sobre cómo no van a vivir mejor que sus padres. Esta última cuestión es una realidad también conocida, una sociedad como la española se basa también en el apoyo de las redes familiares y, estas, se vieron muy tocadas por la crisis de 2008. Además, las familias siguientes no proceden de esos entornos más seguros y consolidados, precisamente aquellas que crecieron con el Estado de Bienestar. No es una sorpresa que este grupo de edad es el que tenga más pobres, con salarios que no llegan al mileurismo, con condiciones que inciden en una precariedad, con las dificultades ya señaladas para estabilizarse. Con unos precios de al vivienda y de los alquileres que complican la emancipación. Con escenarios como los que se dan en no pocos lugares, pero especialmente en las grandes ciudades, de personas que comparten piso a unas edades en las que ya no tocaría, sin dejar de lado la elección personal. Todo esto, insistimos, se sabía hace tiempo. 

Ha sido un libro, Feria (Corazón de Tiza, 2020) de Ana Irisi Simón y su discurso ante el presidente del Gobierno de España, entre otros, el que ha generado también un debate enorme. El libro de Simón, y su discurso, son altamente recomendables porque se hace unas preguntas que son incómodas, en el sentido de si estamos en esta situación descrita, ¿en qué hemos mejorado? Comparándose con sus padres, Simón observa que a la edad de ella, 32 años, ya le tenían a ella y contaban con una estabilidad laboral y material, sin lujos. Esto ha dado lugar a un debate en el que, desde algunas visiones de la izquierda, se ha querido ver a Simón como una reivindicación nostálgica del pasado y de valores fuertes. Pero, no es eso lo que ocurre. Simón se ha hecho unas preguntas que inciden en algo que se viene también señalando y que a los jóvenes les está afectando: las condiciones materiales de vida. En un mundo de neoliberalismo individualista, estas quedan en un segundo plano, exceptuando para las personas que las tienen cubiertas que, casualmente, son las que preconizan esos valores, desde todos los lados del espectro político. Y, mientras nos perdemos en estos debates, las condiciones de los jóvenes, van empeorando.

Finalmente, los que escribimos este blog tenemos ya una edad. Algunos fuimos jóvenes en la década de los noventa del siglo XX. En aquel periodo, muy basado en una transformación de la sociedad española, los jóvenes, que siempre lo tuvieron difícil en España, no lo tenían tan mal como ahora. Es cierto que ya a comienzos del siglo XXI, Espido Freire acuñó el término de mileurista en su debut literario, como un reflejo de lo que ocurría con una buena parte de la juventud, pero en la década anterior terminar de estudiar, especialmente algunas carreras, suponía tener casi trabajo en muy poco tiempo. También había salarios más altos en comparación relativa con la situación actual, y ocurría en empleos no cualificados. Sin embargo, paradójicamente, parte de esas generaciones han dado la espalda a los jóvenes en la décadas siguientes. En definitiva, es una responsabilidad de todos y no se consigue romper con una dinámica que afectará cada vez más a la cohesión social. Mientras tanto, nos perderemos en el debate de si Ana Irisi Simón es facha o no, que no lo es, en vez de mirar a la pregunta que ella misma se ha hecho, y que seguramente muchos jóvenes se están haciendo, al compararse con la situación de sus padres. 













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